miércoles, 28 de enero de 2009

Superhéroes de andar por casa



Una noticia del Semanario Alba, de donde por cierto,

he extraído el chiste- ilustración de este post, me ha dado pie

a algo en lo que quisiera ahondar:

Los superhéroes normales, los de andar por casa,

esos con los que nos cruzamos en el ascensor, o en el autobús,

y que son más de los que nos imaginamos.

A ellos va dedicado este post.


Sin más preámbulos, traigo aquí el caso de mi vecina Lola,

la que nos compró nuestra anterior casa.

Mujer robusta y guapa, pero sobre todo, con corazón.

Fue novicia en un convento, y se salió porque “le tiraba el mundo”, me dijo.

Lola tiene esa fe vasta, enraizada en la lucha diaria, lo que se suele llamar,

la fe del carbonero, dicho sea con todos mis respetos.


Y cuando hablábamos -ahora vive fuera, y ya no la veo-, casi invariablemente,

a lo largo de la conversación surgía el tema "Dios",

entonces, con esa fuerza interior de la que hace gala, me decía:

“Yo, al principio del día, le digo a Dios:

Todo, lo bueno y lo malo, para arriba te lo mando”.

Y así daba por zanjado el asunto.


Lola tiene siete hijos ya mayores, y tuvo un marido alcohólico

que se quedaba sentado en la escalera,sin rechistar,

esperando a que su mujer fuera a por él.


Ella me confesó un día, que le limpiaba de arriba abajo,

cuando subía bebido a casa, porque ya su mente no controlaba

sus reacciones fisiológicas.


Este hombre era educado y amable en el trato, y había sido

profesor de universidad. Ahora, convertido en guiñapo,

su mujer lo cuidaba con un cariño estremecedor.


Murió de cirrosis hace ya unos cuantos años, pero a Lola jamás le oí una queja.

Esta misma mujer, tras morir su marido, acogió en su casa

durante unos dos meses, a unos emigrantes que dormían en la calle,

y que se sentaban en un banco, delante de nuestro portal.

“Me dieron pena”, fue su somera explicación.


¿De dónde le venía la fuerza?

La fuerza le venía de Dios.


Lola sonreía mucho, y sus ojos declaraban que estaba viva.


Como ella, he conocido y conozco a otras personas sorprendentes,

como Carmen Ayuso, que debe rondar ya los noventa años,

y sigue yendo a la parroquia apoyada en su bastón… con una beatitud…

el Espíritu Santo le sale por la cara.


Si hay una demostración palpable de que el espíritu de Dios,

existe, está en ella.

Irradia paz. Tiene, además, entre otros dones, el del consejo y la sabiduría.


Mi hermana, que conoce bien a Carmen, porque ha estado

en el grupo de teatro que ella dirige, me dice a menudo:

"Esta mujer es sabia".


Cuando me la encuentro por la calle, más tarde o más temprano,

me da una Palabra.

Es como si cogiera mis preocupaciones, y a renglón seguido,

les colocara al lado un pasaje del evangelio. Y todo esto,

lo aterrizara en cosas concretas.


Un día le conté que pasábamos mi marido y yo por una mala racha,

que no me sentía querida, que nuestra relación era fría…

Ella me dijo: “Ten detalles de amor con él. Cuando llegue tu marido a casa,

sal a la puerta a recibirle… dale un beso. Tenle preparada una sonrisa.

Y hablad, hablad mucho…”


Carmen ha tenido once hijos, “dos ya están en el cielo”, me comentó una vez.

No ha trabajado nunca fuera de casa, pero ha sabido hacer fructífera su vida.

Su casa siempre ha estado abierta a todo aquel que la ha necesitado.


Carmen es como el árbol plantado junto a corrientes de agua, que está lozano

y frondoso, a pesar de los años.


"Y vienen los pájaros a anidar en él".

Cuando rezo este salmo,

muchas veces me acuerdo de ella.


Además del grupo de teatro, dirige los cursillos

prematrimoniales, y a los novios les

dice, entre otras cosas:

“Amaos mucho, y sobre todo,

poned a Cristo en el centro de vuestras vidas”.


Al sacerdote del equipo de cursillos, no le duelen prendas, a la

hora de hablar de esta mujer.

“Acercaos a Carmen. No perdáis ni una palabra. Pedidle consejo,

abridle vuestro corazón”


-¿Por qué?- decían los novios.


“Porque es una santa”, palabras textuales.

"No sé ni cómo se sostiene. Tiene unos dolores fortísimos,

y aquí está, dando el cursillo".


Fue en esta ocasión cuando me enteré que Carmen sufre

unos dolores terribles por todo el cuerpo, ahora mismo no sé

decir exactamente qué es lo que le pasa, pero…

ahí está, llevando la cruz con paz.

Dándole un sentido trascendente.


Y sin “pasar los papeles”, asumiendo que la

vida merece ser vivida en todas sus facetas.


Y dándose hasta la última gota de sangre…


-Igual que Juan Pablo II, al que acabo de recordar ahora mismo-.


El marido de Carmen murió hace un par de

años, y un día, al preguntarle por la calle, que

cómo estaba ella, me comentó lo siguiente:


"Ni siquiera la barrera de la muerte ha podido

con el amor que nos tenemos”.


Podría hablar de otras personas, aquí, de Juan Carlos y Toñi,

de Diego, de Joaquín, de Elvira y Jaime, de Lourdes, de Conchita...

la lista es interminable.

Son personas que han cogido su vida en peso,

y han hecho de ella una historia de alabanza.

Pero no os quiero cansar más. Será en otra ocasión.



jueves, 22 de enero de 2009

La casa del Miedo



Cada vez me asombro más sobre cómo vive mucha gente. Muertos de miedo.

Ese miedo agarrota, e impide hacer lo que uno quisiera, y cree justo.


Miedo a no poder pagar la hipoteca, miedo a tener otro hijo y no poder mantenerlo,

miedo a quedarme sin trabajo, miedo a que no me quieran o me rechacen,

miedo a no aprobar los exámenes, miedo, miedo, miedo…

Hay veces que cuando cuento lo de nuestros nueve hijos, la respuesta inmediata es:

“Qué valiente,yo podría haber tenido algún hijo más, pero no me atreví…”.


Pero si Dios Padre está conmigo, ¿de qué tengo miedo?.


Detrás del miedo está el Príncipe de la Mentira, Satanás.


Hace poco leí un libro que hablaba sobre la Casa del Amor y la Casa del miedo.

Decía el autor (Henry J. M. Nowmen, Signos de Vida, Edit. PPC) que vivimos

permanentemente en la casa del miedo.

Todo son temores, incluso por cosas que ni siquiera han pasado en nuestra vida.

Y que quizás no lleguen a pasar nunca. Pero que condicionan nuestras decisiones.


Buscad el Reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura, dice Cristo.

¿Y qué hago yo? Parapetarme en mis seguridades y tratar de solventar mi vida

en mis únicas y exclusivas fuerzas. Cerrándome el cielo.


Tememos porque no tenemos fe, porque no confiamos,

porque nos da miedo hasta respirar a pleno pulmón.


Y así, vivimos aprisionados, esclavizados por las cosas,

a veces esclavizados por relaciones humanas destructoras,

protegiéndonos de todo y de todos,

sin arriesgar nada y sin Vivir realmente,

acogotados por sufrimientos reales e imaginarios.


Una pena.


Y el Señor viene a quitar esos miedos. Los miedos no son de Dios.

Me acuerdo ahora de un viernes santo, hace unos años, donde vi realmente

la providencia de Dios. En una cosa concreta, sencilla,

pero que para mí supuso un signo evidente de que Dios me ama,

y se ocupa de mí (y de mi familia).


Como decía, era viernes santo, y la nevera vacía, yo diría que hasta "con telarañas".

Casi a fin de mes, tirábamos ya de las últimas existencias, esto, unido a la falta de previsión

que nos suele caracterizar a José Manuel y a mí misma, supuso encontrarnos

a la hora de la merienda, con siete niños, y dos cartones de leche.

Ni más ni menos.

Las tiendas, cerradas.

Estaba yo dándole vueltas a esta situación, intranquila ya,

cuando llaman a la puerta.

Abro, y veo a un vecino de la casa

(al que conocía de decirle "hola" y "adiós" en la escalera,

después supe que se llamaba Juan), con una bolsa grande de El Corte Inglés.


"Les he hecho un bizcocho a los niños", me dijo,

"para que merienden".


Sorprendente.


Naturalmente le di las gracias.

Y cuando se fue, sentí un gozo enorme, una alegría indescriptible,

porque había visto palpablemente, que el Señor se ocupa de nosotros,

hasta en estos detalles.



El miedo no es de Dios.

De Dios es la alegría, y la Paz,

y la certeza de que todo está en su sitio, que todo está bien hecho.


Incluso los sufrimientos tienen su sentido, si los ponemos bajo la lente de Dios,

que permite el mal, intencionado o no, para mi conversión y la tuya. La vuelta al Padre.

El dolor me hace reconocerme frágil, y necesitado.

Yo no soy Dios.

Tú eres el Dador de Vida.


"Mirad los lirios del campo... cómo crecen; no se fatigan, ni hilan.

Pero yo os digo: Ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.

Pues si mi Padre viste así a lo que hoy es, y mañana no es,

¿qué no hará por vosotros, hombres de poca fe?"


Por eso arriesgar, fiarse

-claro está, después de saber qué es lo que Dios quiere de ti,

y eso sólo se sabe con oración-

abandonarse en Su voluntad,

es elemento necesario para que nuestras vidas,

mi vida en concreto, cambie.


Sólo así pasaré de la casa del miedo,

a la casa de mi Padre.