lunes, 27 de abril de 2009

El flautista de Pekín (última entrega)





Al día siguiente los niños mayores de ambas familias organizaron una excursión a un riachuelo cercano. Como el día anterior había llovido, y habría fango, Giovanni dejó a José y Miguel dos pares de botas de agua viejas, que

guardaba en su armario. Y un par de plásticos con un agujero para meter la cabeza.

--Chicos, mirad por donde pisáis, no os resbaléis, les dijo Carlo en un español bastante decente. José y Miguel parecían los fantasmas de aquel río chino. Con sus capas transparentes, a punto de echar a volar.

--Aquí hay mucho bambú, les comentó Carlo. Podemos hacer unas cañas para pescar.

Miguel enseguida encontró la apropiada, y atándole una cuerda que, previsor, había traído de la casa, se sentó en una roca ¡a esperar!. Al cabo de un rato se dio cuenta de que, sin cebo, estaba perdido. Así que se dispuso a buscar algo apetecible para aquellos pececillos chinos.

--¿Los peces chinos comen lo mismo que los peces españoles?, le preguntó a Finito, el tercer hijo de Fino y Tina, quien, disimulando la risa, le contestó:

--Sí. Busca alguna mosca, o algún bichillo.

Miguel se levantó de la roca y al mover la piedra vio cómo, sin querer, había matado una lagartija que dormitaba allí abajo. La había partido en dos. Miguel

lo sintió con todo su corazón. A la lagartija todavía se le revolvía la cola en el suelo. Al rato, se paró.

--Bueno. Ya no puedo hacer nada por ella, pensó. Pondré la colita como cebo,

a ver si pica algún pez.

Mientras tanto, José había sacado su navaja del profesor Gadchet (la llamaba así porque era multiusos) del bolsillo del pantalón, y, disciplinado, comenzó a cortar una caña para fabricarse una flauta. Lao, que estaba sentado a su lado, le miraba estupefacto.

--Mira, Lao, se hace así, le comentó condescendiente. Ahora tú.

Lao cogió la navaja, y en cinco minutos tenía modelada una flauta perfecta, con sus agujeritos y todo.

--Vaya, creo que te he minusvalorado, le dijo José sonriendo. Está bien, ahora haré yo la mía.

--¡Eh, ha picado uno, ha picado uno! Gritó Miguel, mientras sostenía con fuerza la caña. Al alzarla, salió un pez de al menos, ¡medio kilo!. Impresionante. Miguel casi no podía con él.

--¡Espera, que te ayudo! Exclamó Giovanni, mientras corría a su lado. En un pis pas, el pez ya estaba en el cesto.

Después vino el segundo, y el tercero. Y el cuarto. Aquel río manaba peces. Para Miguel y sus nuevos amigos fue un gran día.

José y Lao, entretenidos con sus flautas, los miraban de vez en cuando, pero no movían ni un meñique para ayudar en la recogida de la pesca “milagrosa”.

Al llegar a casa, Tina cogió el cesto y se dispuso a cocinar tan suculentos manjares. Mientras, los pequeños gritaban en el comedor; Teresa se pegaba con Victorita, e Inés lloraba desconsolada, pues le tocaba mamar y su madre andaba ayudando a Tina con el pescado.

--¡Que la bebé no se meta el dedo en la boca!, ¡Que ya somos cuatro niñas con este problema! Dijo concienciada Cristina. ¡Hay que ponerle el chupe!, sentenció la mayor de los siete,

quien, a su edad, todavía se colocaba el meñique de la mano izquierda en la boca

cuando quería dormir.

José tocó la flauta. Bastaron dos minutos para que la paz volviese a aquella casa. Los niños, atraídos por la música angelical, dejaron de pelearse. Fueron adonde estaba José y se sentaron a sus pies. Inés también se calló, y se durmió. José, el flautista de Pekín,

acababa de ganarse a pulso el título de

“Tranquilizador oficial de niños díscolos”.

El papá de los siete, que lo había presenciado todo, se lo había otorgado, a perpetuidad.


Tocando una campanilla que había en la entrada de la casa, la mamá de los siete llamó a comer: “¡Todos a la mesa, el pescado está servido!”. La marabunta de niños tomó posiciones. La mesa, tan larga, parecía haber encogido varios metros. Apretados, pero contentos, después de bendecir la mesa, hincaron el diente al pescado. Cristina notó que algo duro la impedía masticar. Lo sacó de la boca. Parecía un granito de tierra amarilla.

--¡Mamá! Qué cosa tan rara, este pez se ha tragado una piedrecita amarilla.

--A ver, déjame ver... Fino, ¿Por aquí cerca hay alguna mina?. Esta piedrecita parece de oro.

Los niños no perdían detalle de la conversación. Movían sus cabezas, de Isabel a Fino, de Fino a Isabel. El silencio sobrevoló la estancia.

--Sí, a tres kilómetros de aquí hay una mina abandonada, dijo mientras inspeccionaba la piedra. No es extraño que durante la última inundación, las aguas removieran la tierra cercana a la mina, y la corriente del río, que ha arrastrado todo tipo de piedras, haya arrastrado incluso piedras preciosas, como ésta.

--Qué emocionante! ¡Qué guay! Exclamaron algunas voces juveniles.

--¿Podremos volver al río a investigar? Preguntó José, que no cabía en sí de gozo.

--Está bien, pescaremos y buscaremos oro. Pero primero, terminad de comer; comed con cuidado, no os vayáis a tragar alguna piedra, y tengamos un disgusto, concluyó Tina.

Los niños desmenuzaron sus raciones de pescado; entusiasmados, querían encontrar más piedras preciosas. Ya se veían como los colonos americanos, cribando la tierra del río, para hallar pepitas de oro.

José y Giovanni organizaron la expedición. Rastrearían el río, si pudiera ser, desde su nacimiento y con tela de saco, cribarían el agua. Todos los niños se apuntaron, incluso los pequeños.

Tao, la nueva hermanita china, también se apuntó a la marcha, a pesar de que todavía no acababa de integrarse en el grupo de los siete. Echaba mucho de menos a sus padres, y era usual encontrarla llorando por las esquinas de la casa.

Cuando papá, mamá y los siete llegaron a Pekín, Isabel regaló a Tao un vestido nuevo,

azul cielo, de tirantes, con flores rojas por el borde de la falda.

Pero sobre todo, lo que había emocionado a la niña, es que Isabel le había comprado un marco para que pusiese la foto de sus padres al lado de su cama. Hasta entonces Tao la guardaba debajo del colchón, como un tesoro escondido.

Ahora, cualquiera que entrara en su dormitorio podía verla. Y ella les decía:

“My mother and my father”, en ingles; porque los siete, de comprender el chino mandarín,

nada de nada. El profesor Ah Chu había fracasado, con los niños, estrepitosamente.

--¡Vamos, ven por aquí, dame la mano! Tao se quitó los zapatos para pisar bien las rocas que cruzaban el riachuelo, y dejó al aire sus pies desnudos.

María los miró detenidamente, y cuando estuvo a solas con su madre, le preguntó inquieta: “¿Mamá, porqué Tao tiene los pies tan pequeños?

--Es una tradición china, María. Afortunadamente, cada vez ocurre menos. Los chinos piensan que los pies son la parte más fea del cuerpo de la mujer... por eso, antiguamente, y hoy todavía en algunos lugares, las madres vendan los pies a sus hijas para que no les crezcan.

--¿Y eso duele?

--Sí, duele, porque impide que el pie crezca.

--¡Pobrecita, Tao! Se lamentó María.

--No te preocupes, cariño. Tao ha visto que todas sus amiguitas tienen los pies pequeños, y ella lo ha asumido como algo normal. Tú no le des importancia, y ya está.

Giovanni, Carlo, Finito, Lao, José y Miguel se habían remangado los pantalones y con el agua hasta las rodillas estaban cribando la tierra del riachuelo. Habían hecho unos coladores artesanos con tela de saco, y la cosa funcionaba.

--¡Papá! ¡Hay pepitas de oro! ¡Hay pepitas de oro! Gritó Miguel mientras repasaba con

sus dedos los restos de tierra que habían quedado en la arpillera.

--No grites, que espantas a los peces, dijo Andrés a su hijo, mientras echaba de nuevo la caña de pescar al agua.

--Juntadlas todas en un saquito, añadió Fino, quien acababa de pescar un pez con su caña de bambú especial, mucho más larga y flexible que cualquiera de las de por allí.

Al terminar el día los niños habían llenado una bolsita con pepitas de oro. Ahora, querían ir a la ciudad para pesar el oro, y cambiarlo por yuans, la moneda china. Si tenían suficiente, comprarían un par de bicicletas de doble asiento, para hacer excursiones.


La gran muralla

--¿Sabéis una cosa? La Gran Muralla es la única construcción humana que se puede

ver desde la luna, les dijo Fino a los niños.

La familia de los misioneros italianos y la familia de los siete, ahora nueve, habían ido

a Pekín de visita turística. De paso, se acercarían a alguna tienda de antigüedades,

para cambiar la bolsita de oro por dinero contante y sonante. Lo primero que quisieron

ver fue la Gran Muralla China, una construcción defensiva de seis mil kilómetros de

largo, muy ancha y muy alta.

--La civilización china es una de las más antiguas y ricas del mundo. Hemos sido

los inventores de dos cosas que han cambiado la historia de la humanidad:

El papel y la pólvora, dijo el guía chino, en español, a sus oyentes.

El guía se llamaba Oh Si La, y sabía hablar cuatro idiomas: el chino mandarín más

sus dialectos, el inglés, el español y el francés. Ejercía esta profesión por tradición

familiar, su padre y su abuelo también habían enseñado la muralla a los extranjeros.

Oh Si La estaba encantado de poder ilustrar con su saber a diecinueve niños y

cuatro adultos.

--¿De qué siglo es la muralla? Inquirió la mamá de los siete.

--Del siglo II antes de Cristo, respondió el guía.

--Hablar chino es muy difícil, le comentó José, pensativo, además todos los chinos

no habláis igual.

--Sí, tienes razón. No todos los chinos hablan chino, que para ser exactos tendríamos

que llamar mandarín. Sin embargo, aunque no hablemos el mismo idioma, sí podemos

leer los mismos libros, porque nuestra escritura transcribe ideas. Por ejemplo, dijo el guía,

un símbolo que signifique “muralla” puede ser leído tanto por un chino del norte, como

por otro del sur, aunque empleen palabras distintas para referirse a “muralla”.

Recorrieron la Gran Muralla durante un buen trecho, los pequeños iban delante, jugando y saltando, y los adultos, más sosegados, detrás. Teresa y Victorita andaban, de la mano,

todo el rato mirando al cielo, tanto es así que cada dos por tres tropezaban con alguna piedra.

--¿Qué hacéis mirando hacia arriba? Les preguntó Isabel.

--Queremossss que nos hagan una foto desde la luna; José nos ha dicho que hay un

aparato que se llama satélite, que hace fotos a la muralla, y que después sale en

los librossss del cole.

--¿Y vosotras queréis salir? Sí, yo le voy e enseñar mi foto en la muralla a Emmanuel,

mi novio, dijo Teresa, sin dejar de mirar hacia arriba. Victorita tampoco perdía comba,

con su cabeza estirada hacia atrás, y su barbilla levantada.

--Bueno, dejadlo ya, seguro que el señor del satélite ya os ha hecho la foto, les respondió

la mamá de los siete.

De repente María vio un chicle en el suelo. Con su papelito y todo. No lo dudó una décima de segundo. Lo cogió, le quitó el papel y disimuladamente se lo metió en la boca.

--¡María! ¡Qué tienes en la boca! ¡Tira ese chicle del suelo inmediatamente! Le gritó su madre, quien lo había visto todo a distancia.

--¡No quiero! ¡Es un chicle muy antiguo, del siglo segundo!, respondió con desparpajo.

Evidentemente, a María no le quedó más remedio que sacarse, a regañadientes,

el chicle de la boca.

--¡Pues sí que han aprendido bien la lección!, comentó Tina, entre risas. Una sabe que

la muralla se ve desde la luna, y la otra, que se construyó en el siglo II.

Más tarde, cuando los pequeños comenzaron a quejarse, decidieron visitar el parque zoológico. Allí comerían y descansarían un rato.

--Niños, de la mano, no os perdáis, indicó Tina, a sus hijos pequeños. La mamá de los siete, ahora nueve, había conseguido que todos sus hijos, los nueve, fueran al mismo paso, sin desperdigarse.

--Papá, nos hacen más fotos a nosotros que a los animales del zoo, le dijo Cristina a su papá. Nos hacen fotos a escondidas.

--Anda ya, Cristina, tú estás soñando, le respondió Andrés, que se hallaba entretenido viendo a los gorilas.

--Perdone, ¿les puedo hacer una foto?, preguntó un turista chino al papá de los siete.

--¿Para qué?

--No se moleste, señor. Es que en nuestro país es rarísimo hallar una familia numerosa, y además, con seis niñas. Como sabe, nuestro gobierno desprecia a las féminas. Pero yo no comparto esta política familiar, evidentemente.

--Pues detrás nuestra, a unos metros, viene otra familia, con siete niñas y tres niños.

--¡Qué emocionante! ¡También les haré una foto, no lo dude!

Así que, la familia al completo, Lao y Tao incluidos, posaron para el turista chino. Ya tenían otra anécdota que contar cuando volvieran a España.

El anticuario

Mientras los niños pequeños descansaban en el zoológico, tendidos en la hierbay vigilados por sus madres,Fino y Andrés decidieron dar una vuelta por Pekín. Los niños mayores no se despegaron de ellos ni un ápice. Querían cambiar la bolsita de oro, a toda costa.




Era una tienda oscura, un tanto siniestra, parecía salida de un cuento de Harry Potter.

Los niños abrieron los ojos tanto, que casi se les salen de sus cuencas. Allí había animales disecados, un cuervo, un búho, varios reptiles de gran tamaño... varias esculturas antiguas, de bronce, y cuadros, infinidad de cuadros. Además, lámparas de latón, alfombras, litografías... Detrás del mostrador, agazapado en una silla, se encontraba el anticuario.

--¿Qué desean?, preguntó en un inglés macarrónico.

--Quisiéramos venderle oro. Son pepitas de oro, dijo Fino, en un correcto inglés.

Miguel sacó la bolsita y desparramó su contenido encima del mostrador. Las piedras,

a pesar de la oscuridad reinante, emitían destellos dorados.

--Vaya, vaya... dijo el anticuario, susurrando.

--¿Cuánto dinero nos puede dar por este oro? Insistió Miguel.

--Voy a pesarlo.

El anticuario se metió en el interior de la tienda y salió con un peso antiguo, con platillos.

Colocó a un lado las piedrecitas, y al otro, las pesas.

--Hay trescientos gramos, dijo. Les puedo dar trescientos dólares, por este oro.

Miguel le dio un pisotón disimuladamente a su padre. Éste volvió la cabeza y Miguel, bajito,

le dijo: “Yo he pesado el oro en casa, y hay 500 gramos. Este señor, o tiene el peso

estropeado, o nos quiere engañar”.

--Mire, déjelo, iremos a otro sitio, dijo Andrés.

El anticuario, viendo que el negocio se le iba de las manos, recapacitó:

--Esperen, por favor. Creo que he puesto una pesa equivocada. Dejenme pesarlo de nuevo.

José miró a su padre, y éste asintió con la cabeza. El niño entregó las pepitas al usurero.

--Perdónenme, de veras lo siento. Efectivamente, hay seiscientos gramos de oro.

Por él les puedo dar seiscientos dólares.

¡Bien! Pensaron todos para sus adentros. Disimulando la alegría, terminaron el canje.

Ya fuera, los padres y los niños prorrumpieron en una sonora carcajada.

Rápidamente se dirigieron a una tienda de bicis y compraron tres con doble asiento cada una. Aún les sobraron cuatrocientos cincuenta dólares, así que los niños decidieron donarlos a la Fundación de Ayudas de Emergencia, que los misioneros Fino y Tina habían creado.

--Estos cuatrocientos cincuenta dólares, para reparar las casas destrozadas, y ayudar a las familias en apuros, dijo José solemne, entregando el dinero a su padre.

La vuelta a casa

Los meses pasaban con rapidez. Lao y Tao ya eran dos más en la familia. Los trámites para la adopción estaban casi finalizando, así que, cuando apenas faltaba un mes para volver a España, la mamá y el papá de los nueve decidieron visitar a la madre y los hermanos del profesor chino. Aún tenían el paquetón de viandas en la casa, así que, Fino, Andrés e Isabel cogieron el coche y se dirigieron a un barrio de las afueras de Pekín.

La madre de Ah Chu no daba crédito a lo que veía. Empezó a sacar las latas de leche, los chorizos, el jamón, los quesos... cada vez que sacaba algo nuevo de la caja, el rostro se le iluminaba. Estaba exultante.

La madre y los hermanos del profesor chino eran de origen humilde, vivían en una casa pequeña, sin comodidades, e incluso había días en que sólo tomaban un caldito de gallina y un trozo de pan. Aquello, para ellos, era un verdadero regalo del cielo.

No sabían cómo agradecerlo. Bueno, Mil Fu, la madre del profesor chino, sí sabía cómo. Se dirigió a la cocina, y cogió una jaula. En su interior había un conejo blanco, de ojos morados, que le habían regalado hacía unos días.

--Por favor, dijo, acepten este presente en agradecimiento.

Al papá y la mamá de los nueve aquel conejito les pareció el mejor regalo del mundo. Estaba muy gordito, y era blanco, blanco, blanco, igual que el conejito que tuvieron en España.

--¡Mirad lo que traemos! Exclamaron al entrar en la casa. Los niños se agolparon alrededor de ellos.

--¡Un conejito blanco, chino! Gritó María.

--Le llamaremos Chinito, dijo Miguel.

--No, se llamará Blanquito, sentenció María.

Al final, se llamó Chinito Blanquito, nombre y apellido, para que no hubiera peleas.

El día en que embarcaron para España, Miguel llevaba en sus manos la jaula del conejo, y María, en una caja con agujeritos en la tapa, dos patitos que les habían regalado Fino y Tina.

Cuando llegaron a casa, ya en Madrid, Miguel destapó la jaula, que había estado cubierta, durante todo el viaje, por un paño negro.

--¡No lo puedo creer! Gritó. ¡Venid, venid al comedor! ¡Por eso estaba tan gordito! ¡Era una coneja, no un conejo!

¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...
Tenemos nueve conejitos!
Cuento: Los siete viajan a China(VI) Autor: Victoria Luque


domingo, 26 de abril de 2009

El Milagro









A las dos de la tarde del día de Reyes, sonó el teléfono:



-¿Es usted el padre de José y Miguel Poveda?



--Sí, así es.



--Mire, tenemos aquí, en la recepción del programa Los pequesabios, de Torre España, varios sobres a su nombre. Los han traído distintas personas en estos últimos quince días, y nos ha extrañado que nadie haya venido a recogerlos. En cada sobre está escrito “Entregar a los padres de José y Miguel Poveda”. Hemos creído que teníamos la obligación de llamarle por teléfono, y hacérselo saber.







--Muchas gracias, iré a por esos sobres ahora mismo, dijo el papá de los siete. Y tras despedirse de su mujer y de la chiquillería, con un “hasta luego, ahora vuelvo”, salió de la casa apresuradamente.







Cuando llegó a Torre España, Andrés estaba excitado. Sabía que algo imprevisible iba a ocurrir. Preguntó en recepción, subió a la 5ª planta, y allí le entregaron los sobres.




Eran cinco sobres blancos, sin remitente, y la letra de cada uno de ellos marcadamente distinta. Los abrió. El primero contenía 300 euros, y una nota:




“Para el viaje y la estancia en China. Me han impresionado sus hijos. Enhorabuena”.




El segundo, el tercero y el cuarto, no traían mensaje, sólo dinero: 500, 1000 y 2000 euros respectivamente.




El último sobre albergaba en su interior ¡4000 euros! y una carta que decía:




“Querida familia, no os conozco pero ya os llevo en mi corazón.




Soy una mujer de 35 años, huérfana de padre y madre desde los ocho,




que se ha emocionado al ver cómo hacíais vuestras las necesidades de




dos niños chinos, y cómo batallabais para darles un futuro digno.




A pesar de que vuestra familia, es ya, de por sí, numerosísima.




Yo, Gracias a Dios, también tuve unos padres adoptivos que cuidaron de mí,




pero sé lo que se siente al encontrarse uno solo en medio del mundo.




Sin ninguna protección. Por eso os apoyo y os envío este dinero.




Haced felices a esos niños. Firmado, María”.




Andrés tuvo que respirar profundamente para no caerse al suelo. Verdaderamente, la bondad de la gente es algo maravilloso, pensó. Y tras guardar los sobres en un bolsillo interior de su chaqueta, salió del edificio sonriendo a todo el que se encontraba en su camino.




Realmente los problemas se solucionaban solos.

EL 20 “E”

Y llegó el gran día. Hoy es el día “20 E”, para José, Miguel y demás tropa. Lo han estado esperando durante varios meses y por fin ya está aquí. El 20 de Enero a las doce de la mañana embarcarán en avión hacia China. Esta noche no han pegado ojo. Especialmente, Miguel. Cuando se ha levantado de la cama lucía dos enormes ojeras y se quejaba de dolor de espalda.



-No me extraña, comenta su madre, has pasado toda la noche dando brincos. Parecía que tuvieras el colchón repleto de alfileres.

Ahora, Miguel va arrastrándose del sofá a la silla, y de la silla al sofá.

-Menos mal que el viaje es largo, y podrá dormir en el asiento del avión todo lo que quiera, comenta su padre.

Desde las cinco de la mañana la casa es un polvorín. Gritos, carreras, risas, llantos... no hay quien se entienda. Mamá recoge los abrigos de los niños y se los pone, mientras papá cierra las maletas sentando a Teresa y Victoria encima de ellas. Llevan mucho equipaje.

-Quizás tengamos problemas en la aduana, piensa Andrés, pero enseguida olvida esa preocupación, porque llaman a la puerta. Son los abuelos que vienen a acompañarlos al aeropuerto.




-Vamos, vamos, no os entretengáis que puede haber atasco en la carretera, dice abuelo Juan frotándose las manos. Está lloviendo a mares, y hace mucho frío,

así que abrigad bien a los niños.

-Adióssss, abuela Carmen, no llores, que nos vamos a buscar al conejo,

se oye decir a Teresita por el teléfono del salón.

La furgoneta va a tope. Papá coloca unas cuantas bolsas a los pies de los niños. Detrás, en una esquina, el cochecito de la bebé; al lado, las maletas, y arriba de éstas el paquete del profesor chino.

-Llevamos lo indispensable, se justifica mamá. Es que somos muchos.



Isabel, la mamá de los siete, se coloca el cinturón de seguridad y pone en marcha el coche. Ella es la que conduce. A Andrés nunca le ha llamado la atención eso de coger el volante. Así que, incluso durante los embarazos, Isabel ha llevado el coche de acá para allá.



-Tiene su parte positiva, comenta ella a quien la quiera oír: Conduciendo, no me mareo. Si estuviera de copiloto, o atrás, con los niños, me pasaría los viajes vomitando.



--A la vuelta de la esquina –canta María, animando a sus hermanos a seguirla- viene Diego rumbeaaando... Diego tiene chulería y ese punto de alegría raftajari, afrogitano...



En un abrir y cerrar de ojos el coche se convierte en una discoteca ambulante. Cristina canta a grito pelado, gesticulando exageradamente. José no se queda atrás, María acompaña la canción con golpes en el suelo y las pequeñas farfullan la letra y dan palmas. Miguel duerme plácidamente.



-“Aserejé, a dejé, dejeve tu dejeve de seui nomba, a javi an de bugui,

an de bugui di mí....

-Aserejé, a dejé, dejeve tu dejeve...



Mamá mira por el retrovisor y da un codazo a papá, para que vuelva la cabeza:
Los niños están con las manos en alto, moviéndolas al ritmo del Aserejé,
la canción del verano. El espejo retrovisor se ha transformado en diez pequeñas manos móviles, que parece quisieran asir el aire del techo.



El abuelo Juan ríe sin parar, y mientras la abuela se seca una lágrima, él,

cómplice de sus nietos, eleva también sus manos al cielo.



LA ADUANA


--Señor, su equipaje pesa mucho. Sólo se admite 20 kilos de peso por adulto. Tendrá que dejar aquí, en el aeropuerto, lo que no necesite urgentemente, comenta el empleado del Departamento de Facturación al padre de los siete. Andrés mira a su mujer con esa mirada que significa “Ya lo decía yo...”, y resuelto, dice bromeando: --¿Qué tal si le dejo siete niños en depósito?.



Con la sonrisa en la boca, y mirando a los pequeños, el empleado de Barajas

le sigue el juego:



--Bueno, podría ser. Tengo que consultarlo. A ver, de momento, podría quedarme con esta niña que se mete el dedo en la boca, ésta, la que tiene esos ojazos negros... dice señalando a Teresa, quien, rápidamente, se saca el dedo y se esconde detrás de su madre.

--¡No! ¡No! ¡No queremos quedarnos aquí! ¡Mamá, no dejes que nos secuestren! Grita María, quien no da crédito a tanta osadía.

--Está bien. No pasa nada. Vamos a buscar otra solución. ¿Y si dejamos algunas bolsas, y el paquete del profesor chino?




El empleado, diligente, comienza a pesar las bolsas, y el paquete de viandas
de Ah Chu:


--Si dejan estas bolsas, y alguna cosa de ese paquetón, ya podrían embarcar

con el resto del equipaje.



--¡Vamos a comer el chocolate, chicos! Dice Andrés desatando la cuerda

del paquete que, con tanta laboriosidad, había enlazado el profesor chino.



En un instante, el Departamento de Facturación se convierte en una tienda de embutidos: Cinco chorizos de Cantimpalo, dos quesos Gran Capitán, un jamón ibérico, diez latas de leche en polvo, diez tabletas de chocolate... Los niños se lanzan a por el chocolate, e Isabel, la madre, no sabe adonde mirar... iba de uno en uno limpiándoles las manos y la cara con las toallitas de la bebé.




--Hija, dice la abuela Isabel, se van a estreñir. No es bueno que coman

tanto chocolate.

--Bueno, mamá, algo hay que hacer. Había que aligerar peso, y el chocolate

los niños lo comen muy bien.




Lo cierto es que la abuela tenía razón. Todos intentaron hacer de vientre en los servicios del aeropuerto, pero no pudieron. Y así, estreñidos, tras despedirse

de sus abuelos, embarcaron rumbo a China.

EL VIAJE EN AVIÓN

--¡Mamá, mira, nos movemos! El avión era un boeing 747 de la Compañía Iberia, y los asientos estaban colocados en filas de diez, así que los niños y sus padres se acomodaron en una sola fila.

A Inés la sentaron en su sillita de viaje, atada al asiento del avión. De pronto, aparecieron varias azafatas haciendo gestos en cada uno de los pasillos; los niños no entendían nada, porque la voz que sonaba de fondo hablaba en inglés, y en francés. Después, sí. Se abrocharon los cinturones, y se agarraron fuerte,

¡aquello empezaba a correr, y se ponía de pie!

--¡Cómo mola! Decía José, mientras Miguel, cosa rara, abría un ojo para mirar

por la ventanilla. Al cabo de cinco segundos, lo volvió a cerrar. Para él era más importante, ahora, seguir durmiendo.

--¡Es algodón! ¡Mamá, yo quiero salir y saltar encima de las nubessss!

Decía Teresa, apoyando su cuerpo sobre el asiento de su madre.

--No, que te caes. No es algodón. Es aire. Y si sales fuera,

te caes por un precipicio... le respondió María, con autosuficiencia.

El pasajero que estaba a su lado, soltó una carcajada.

E Isabel, la madre de los siete, le sonrió.

--¿Son todos suyos?, preguntó extrañado.

--Sí, del primero hasta el último.

--¡Qué maravilla! Ya no se ven familias así. Nosotros hemos sido diez hermanos,

y en casa siempre ha habido mucha alegría. Enhorabuena.

La mamá de los siete agradeció el comentario con otra sonrisa, y cerró los ojos. Habían sido muchas emociones y estaba algo cansada.

-¡Mamá, quiero hacer caca! Gritó Teresa. ¡Mamá, que me hago caca!

--Está bien. Deja a tu madre tranquila. Ven, yo te llevo, dijo Andrés, quien

cogiendo a Teresita de la mano, se dirigió hacia el lavabo de señoras.

Allí estuvo Teresa, sentada en el inodoro, más de veinte minutos.

--¡Papá, no sale! ¡Papá, me duele! ¡Papá, no sale!

Al final, Teresita volvió a su asiento igual que se había ido. El chocolate seguía haciendo de las suyas. Apenas habían pasado un par de horas del despegue,

cuando las cuatro niñas dormían en los brazos de Morfeo. Miguel ya se había espabilado, y acribillaba a su padre con preguntas de este tenor:

--Papá, ¿Cuántos chinos viven en China?

--Mil doscientos millones.

--¿Y caben todos en su país? -

-Sí, porque es muy grande.

--¿Y en qué trabajan en China?

--En muchas cosas. Adonde nosotros vamos, sobre todo cultivan el campo, siembran algodón y maíz. También tienen minas de carbón y refinerías de petróleo.

--Y adonde nosotros vamos, ¿cómo se llama?

--Nosotros nos dirigimos a Pekín. Fino y Tina viven en las afueras de esta ciudad, en una casa grande, de ladrillo, con cubiertas de teja. Fino me ha comentado que tienen pocos muebles, pero que no necesitan mucho más. Allí estaremos muy a gusto.

--¿Y veremos animales?

--Claro que sí. Al lado de su casa tienen un establo con ovejas, cerdos, bueyes, algunas gallinas e incluso puede que tengan patos.

A Miguel le brillaban los ojos. ¡Patos! ¡Si no conseguía encontrar al conejito,

se traería a casa un par de patos!

--¿Y no cultivan arroz? Preguntó José, albergando una pizca de esperanza.

--Hay más algodón y maíz, que arroz.

--¡Bien! ¡Entonces quizás me libre de comerlo!.

Aunque, a renglón seguido, José cayó en la cuenta: Entonces, ¿para qué había estado comiéndolo dos veces a la semana? Y a medida que lo pensaba, la rabia se iba apoderando de él.

De repente, Teresa vio que todos los pasajeros -unos trescientos, más o menos- se levantaban uno detrás de otro, y se ponían en fila para entrar en el servicio. La fila daba varias vueltas en el interior del avión, y todos juntaban las piernas muchísimo, y se encogían para que no se les saliese nada. Teresita miró por la ventanilla y vio una estela de cacas, todas seguidas, dibujando un caminito.

¡El avión estaba haciendo de vientre!.

Además, allí abajo, en la tierra, la gente había sacado los paraguas, porque les estaba lloviendo la mierda que salía por el agujerito del avión .

--¡Qué assssco! Pensó Teresa. Cuando bajemos va a oler todo fatal.

Y se tapó la nariz con sus deditos, por si acaso llegaba algo de olor hasta allí arriba.

--Teresita, ¿Qué haces tapándote la nariz?, oyó que le decía una voz a su lado.

Teresa abrió los ojos y vio que todo estaba normal. Que no había fila de gente. Y que el cielo estaba blanco. La gente con paraguas también había desaparecido.

--¡Menos mal! ¡Qué sueño más assssqueroso!, musitó. Y volvió a dormirse.

LAO Y TAO

Cuando bajaron del avión el cielo estaba encapotado, amenazaba tormenta, y los siete, más papá y mamá, entraron presurosos en el autobús que les esperaba en la pista de aterrizaje. En cinco minutos se encontraban ya en el interior del aeropuerto, aguardando las maletas. Después, buscaron a Fino y Tina.

--¡Eh, estamos aquí! ¡Bambinos! Gritó Tina, moviendo los brazos. Junto a la misionera italiana se hallaban su marido y dos niños chinos, uno de unos nueve años, delgado, de tez mortecina, y grandes ojos ¡azules! y otra, de unos siete años, cabello largo y negro, y ojos ¡también azules!. Ambos parecían inquietos, miraban al suelo, y rara vez osaban alzar la vista.

--¡Qué alegría! ¿Qué tal estáis? Dijo Andrés dirigiéndose a los misioneros con los brazos abiertos. Fino y el papá de los siete se fundieron en un fuerte abrazo.

Isabel y Tina hicieron lo mismo.

Después de los saludos, Tina les presentó a Lao y Tao. José, enseguida se adelantó a sus hermanos y dijo, entrecortadamente:

--Hola, soy José, el mayor... somos siete hermanos... pero con vosotros, si queréis, seremos nueve...

Y le dio la mano a Lao. Éste, cabizbajo, la apretó un instante, pero fue suficiente. Desde ese momento Lao se sintió aceptado y querido por aquella familia.

--¿Te gustan las Barbis? Preguntó Cristina a Tao. Y metiendo la mano en su mochila, sacó una de cabello rubio, piernas larguísimas y vestido de noche rojo.

“Toma, te la presto”, le dijo resuelta. La niña china cogió la muñeca, la miró y remiró, y sin alzar la cabeza, la metió en el bolsillo de su vestido.

--¡Está lloviendo, subid rápido al coche, niños! Dijo Tina, mientras explicaba que aquello no era normal en aquella época del año. La casa de Fino y Tina estaba situada en medio de un campo de sorgo. Allí les esperaban los diez hijos de éstos. El guirigay que se montó fue impresionante. Todos hablaban a la vez. Los chicos mayores enseñaron sus habitaciones a los siete.

--José y Miguel, dormirán aquí, en la habitación de los chicos, dijo Giovanni, el hijo mayor de Fino y Tina, mostrando un dormitorio con siete colchones a ras de suelo. Giovanni hablaba perfectamente el español, al igual que casi todos sus hermanos, pues antes de vivir en China, habían residido cinco años en España. Giovanni, de quince años, aparentaba al menos veinte. Era fuerte, atlético, y le apasionaba el fútbol.

--No tenemos luz eléctrica -continuó diciendo-; un generador nos proporciona electricidad cuando oscurece. Para ahorrar, aprovechamos la luz del sol y apenas anochece, todos a la cama. A las niñas las acomodaron con Clara y Andrea, las dos hijas mayores de los italianos.

--Essssta casa no se acaba nunca, decía Teresa.

Y era casi cierto. Un gran vestíbulo servía de lugar de acogida para los invitados. Luego, la cocina y el comedor en una sola estancia, en la que destacaba la mesa, larga como un día sin pan. Y después, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho dormitorios. Tenían espacio, pero el mobiliario casi brillaba por su ausencia. Para asearse existían tres servicios, sin agua corriente, fuera de la casa.

--¡Mamá! ¡No hay water! ¡Solo hay un agujero en el suelo!

--Te tienes que poner en cuclillas, cariño. Mira, después en esta pila te lavas las manos, y con esta toalla te secas, dijo la mamá de los siete a María.

--¿Y el papel higiénico? Preguntó la niña, angustiada.

--No hay. Usa esta esponja.

--Mamá, dijo María mientras se secaba las manos con la toalla, ¿Los chinos tienen los ojos azules?

--No. Es que el papá de Lao y Tao era escocés, rubio y con ojos azules. Por eso tus nuevos hermanos han nacido con esos ojos tan especiales.

--¿Hay algún país en el que los chicos tengan los dientes fuertes?, preguntó María esperando una respuesta inmediata.

--Los europeos tomamos mucha leche, y tenemos dientes sanos...

--Entonces me casaré con uno del país europeo, dijo convencida, mientras pensaba para sus adentros:

-¡Así mis hijos no se romperán ningún diente con la acera!

Cuento: Los siete viajan a China (V). Autor: Victoria Luque




El concurso de la tele




--Por favor. ¿Es usted la madre de José y Miguel Poveda? Pregunta una voz femenina, al descolgar la mamá de los siete el teléfono.

-Sí. Dígame.

-Llamo del programa “Los pequesabios”. Sus hijos nos han escrito para concursar con nosotros. Nos gustaría que viniesen a la grabación el próximo martes, a las cinco de la tarde. El programa se emite en directo. Los padres están invitados a presenciar el concurso en el plató. Por supuesto, pueden venir con más familiares, si lo desean.

Tras anotar la dirección, Isabel se sienta en una silla. No puede creerlo. Sus hijos han llamado a un programa concurso.

Llegan pronto a los estudios de Torre España, todavía falta una hora para que comience la emisión. José y Miguel tienen cara de circunstancias. Están muertos de miedo, pero ilusionados.

--No os precipitéis. Pensad antes de responder. No tengáis miedo, les dice su padre.

--No es miedo, papá; es pánico, replica Miguel, mientras una maquilladora le retoca los pómulos de la cara con una esponja.

El presentador, calvito y con gafas, se llama Constantino Romero. Parece simpático. De pronto, se oye un golpe seco, y una cámara de televisión cae al suelo. Victorita y Teresa la han empujado jugando, “sin querer”.

A mamá, en un segundo, la cara le cambia de color varias veces, del rojo pasa al amarillo, y luego se queda blanca. Pide disculpas, y coge a las niñas de tal forma, que ni unas tenazas gigantes habrían podido separarla de ellas.

Empieza la emisión del programa . La directora del colegio ha colocado una pantalla gigante en medio del patio del cole y muchos padres, madres, y alumnos se han acercado para ver a José y Miguel Poveda, “tamaño gigante”. Todos los animan voz en grito, aunque ellos, claro está, no escuchan nada de esto.

--¿Qué tal, chavales? Dice el presentador. Ya sabéis las reglas del juego, sólo puede contestar uno de cada pareja, si falláis, la pregunta irá, de rebote, al equipo contrario. Son cinco preguntas. Si las acertáis todas, directamente ganáis los mil euros. Si no, cada pregunta acertada son 100 euros, si las falláis todas, os vais a casa con una experiencia más. Y punto.

A ver, el equipo A está formado por José y Miguel, son hermanos, de Madrid. Estudian 5º y 4º de Primaria en el colegio Sagrado Corazón de Jesús; y el

equipo B, formado por Felipe y Blas, amigos, y estudiantes de 5º de Primaria en el colegio Asunción Rincón, de Málaga. Bienvenidos todos.

LAS PREGUNTAS

--Ahora, decidme por 100 euros, ¿Cuál es la capital de Albania?

--Tirana, contesta Miguel.

--Muy bien. Enhorabuena. Respuesta acertada. Segunda pregunta: ¿Quién venció en la batalla de Lepanto a los turcos?

--Don Juan de Austria, responde José.

--Efectivamente. Creo que estos concursantes van a ser excepcionales. Vamos a ver, tercera pregunta: ¿Quién exploró la costa de África hasta el Senegal?

Aquí Miguel mira a José, y José mira a Miguel. No lo saben. En un intento desesperado, Miguel contesta: Juan Sebastián Elcano.

--No. Rebote.

Los otros dos niños también salen por peteneras:

--Magallanes.

-¡No, qué lástima! Se trata de Enrique el Navegante. Habéis perdido la oportunidad, equipo A, de ganar los mil euros. Ahora lleváis 200 euros, pero decidme, qué pensáis hacer con el dinero que consigáis.

--Es para pagar el viaje y la estancia en China de toda la familia, dice Miguel. Y mirando fijamente al presentador y con la inocencia en los ojos, sigue diciendo: Vamos a traer a nuestra casa a dos niños chinos que serán ya nuestros

hermanos para siempre. Se llaman Lao y Tao. Nosotros somos siete y dentro de poco seremos nueve.

El presentador no da crédito a lo que oye.

--Estupendo, chicos. Pues a ver si lográis llevaros otros cien euros más, por lo menos. Decidme, ¿Qué hay dentro de la Luna?

Los niños se quedan pensativos. ¿Qué tendrá dentro la luna?

Realmente, es una pregunta de lo más rarita. Casi en el último segundo de tiempo, a José le toca un ángel:

--Pues qué va a haber, pues tierra rocosa.

--Increíble. Efectivamente. Un manto de roca sólida. Por último, decidme: ¿Quién es el autor del Lazarillo de Tormes?

José contesta sin pensarlo dos veces:

--Ni idea.

--Noooo. El autor es anónimo. Ésta pregunta la habéis fallado.

--No, yo quería decir –dice José- que nadie tiene ni idea de quien es el autor.

Constantino Romero consulta con el director del programa, pero no hay nada que hacer:

--Lo siento, chicos, no se os puede dar por válida. Habéis ganado 300 euros; no está nada mal.

José y Miguel se van apesadumbrados. A José se le oye murmurar: “Pero si yo la sabía, si lo he dicho bien. Lo he dicho bien...”

LOS ABUELOS SEVILLANOS

El abuelo Juan y la abuela Isabel han venido de Sevilla, a escasos días de haberse celebrado el concurso. Quieren consolar a sus nietos por la “derrota”,

además de pasar las navidades con ellos. Ya saben que en enero viajarán a China, y que, durante varios meses, estarán a miles de kilómetros de España.

--Abuela, ¿Y las chuchessss?, dicen Victorita y Teresa nada más cruzar su abuela el umbral de la puerta.

--Pero bueno, ¿Ni un beso siquiera?, venid aquí, pandilla de desagradecidas. Dadme un beso muy fuerte.

Las cuatro niñas se apresuran a cumplir el mandato, mientras los niños se abalanzan –literalmente- sobre el abuelo Juan quien, sacando su mano del bolsillo del abrigo, les enseña una bolsa repleta de golosinas.

--Vosotros tenéis una bebé, dice el abuelo cuando, ya sentados en el comedor, los niños se atiborran de gominolas. Pero, ¿A que no sabéis cuántos bebés tengo yo?

Aquello tiene pinta de acertijo, así que los niños empiezan a maquinar... “qué será, será”...

Que ellos sepan, el abuelo y la abuela ya no tienen bebés. Tienen once nietos, eso sí, pero no bebés. La cabeza de la abuela está repleta de canas, y las mamás de bebés no tienen canas. Además, nunca les han visto con cochecito de bebé, ni cambiando pañales, ni dando biberones a ningún niño extraño.

--Canta el patito Fun, abuela -dice Victorita, que no participa en la conversación.

--Estaba el patito Fu, comiendo, comiendo arroz, el plato estaba caliente y el patito se quemó.... canta la abuela Isabel.

--La culpa la tengo yo, la culpa la tengo yo... grita Victorita, desgañitándose mientras sigue el ritmo de la canción con su pie.

--La culpa la tienessss tú, la culpa la tengo, yo, la culpa es del patito por no usar el tenedor... termina Teresa, que no pierde nunca comba, en esto del cante.

--Y ahora el elefante, prorrumpe Victorita, dando palmadas y a voz en grito, canta: Un elefante, se bla lan ceaba por la tela de una araña, como veía que no se caía....la culpa la tengo yo, la culpa la tengo yo, por no usar el tenedor...

Todos ríen la ocurrencia de la pequeña destronada mientras el abuelo continúa con su historia:

--Bueno, chicos, pues tengo 1576 naranjitos, 1576 arbolitos recién nacidos, a los que tengo que cuidar como si fueran bebés; les doy agua, los podo, les echo abono...

¡Ah, ahora comprendían! El abuelo se había metido a agricultor. Ya lo vieron en el campo, durante las vacaciones, con su sombrero de paja y su tractor último modelo. Antes de jubilarse el abuelo fue militar, incluso tocaba en una banda de música y acompañaba a los pasos sevillanos en las procesiones de Semana Santa. Tocando el tambor era el mejor, hacía unos redobles alucinantes –

según decían su mujer y sus hijos mayores-; en el escalafón alcanzó el grado de capitán, y una vez jubilado, se dedicó a vender joyas por las casas, también organizó una residencia para ancianos y unos salones para comuniones. Su última afición era mimar la tierra, para obtener de ella el máximo fruto posible.

--Con lo tranquilos que podríamos estar paseando, leyendo, visitando museos... se quejaba la abuela, y en vez de eso, tu padre –le decía a la mamá de los siete- no hace más que inventar cosas. Se levanta al rayar el alba para regar los naranjos, come en cualquier bar, y vuelve de noche por esos caminos intransitables...

Isabel, la abuela, a pesar de sus 64 años tiene un espíritu joven, si bebe una copita de licor es capaz hasta de bailar unas sevillanas y recitar aquel poema que dice:

Dos borrachos de Triana

andando penosamente

pasan el clásico puente,

a las seis de la mañana.

Sin hacer caso del frío

que sus semblantes altera

y llevando una jumera

de padre y muy señor mío...


La abuela vive en Sevilla, pero su corazón está en Madrid, donde se han quedado todos sus hijos, excepto el más pequeño (Jorge, o tío Pi).

--Cómo me gustaría poder ayudarte más -le dice a su hija- yo, tan lejos, aprendiendo francés, dando clases de peluquería, y de sevillanas... y tú, aquí, con los siete, corriendo de un lado para otro.

--Sí, mamá; pero mejor así. Si estuvieras aquí, dice Isabel hija, no tendrías vida propia. Estaría todo el día pidiéndote favores.

DESDE BELÉN SE OYEN

LOS CABALLOS AL GALOPE...

Aquella noche nevó en Madrid. Y a la mañana siguiente, cuando los niños se asomaron a la ventana, lo vieron todo blanco, blanco.

Nerviosos, quieren salir imperiosamente a la calle, a tirar bolas de nieve. Nunca en su corta vida han visto los coches embadurnados de blanco, ni los tejados, ni los árboles. Nunca antes han tocado la nieve, ni han probado a qué sabe. Para ellos es una experiencia única...

Pero tienen que ir a comprarse unos abrigos, y a mamá le cuesta horrores sacarlos de la batalla campal organizada a la puerta de casa. Cuando regresan, modelan un muñeco grande, con zanahoria incluida, en mitad del patio.

--Chicos, vamos a pedir el aguinaldo, dice entusiasmada, Cristina. ¡Nos vestimos cada uno de algún personaje del Belén y cantamos villancicos por los portales!

A Cristina le gusta mucho disfrazarse, le gusta pintarse los labios y los ojos, también ponerse tacones. Ha llegado a tener el pelo casi hasta la cintura, y cuando su madre se lo cortó, se hizo una trenza con él, que, de vez en cuando, se la pone para ir al colegio. ¡Está arrebatadora!

--Yo de san José, que tengo una barba negra en la caja de disfraces, dice Miguel.

--Yo de Rey Mago, añade José, que ya le ha echado el ojo a un gorro de terciopelo, que guarda su madre en el armario.

--Yo seré una pastora, y tú, María, puedes vestirte de Virgen, concluye Cristina.

--¿Y yo?, ¿Y Yo?, pregunta Teresa, medio llorando.

--Tú serás un angelito, aunque no tenemos alas que ponerte... bueno, no importa. Los ángeles de verdad no llevan alas, dice José. Y Victorita hará de niño Jesús.

--¿Desnuda, con el frío que hace?, inquiere Cristina, siempre tan previsora.

--Bueno, le pondremos ropa, ya buscaremos algo que no desentone mucho. Y la meteremos en una caja de cartón. Así será más real, concluye José.

Al cabo de un rato, y tras pasar por una sesión de fotos paterno-filiales, abandonan la casa y se situan en medio del patio de vecinos.

--Aquí estamos bien. Coged las panderetas, uno, dos, tres:

Desde Belén se oyen,

los caballos al galope,

con las alforjas llenas,

de regalos hasta el tope...

Aquel cuadro era digno de verse. Entre los que pasaban por allí, el que menos, esbozaba una sonrisa, el que más, les daba unas monedas o les felicitaba la navidad.

--Muy bien, chicos, les aplaude un vecino. Hay que recuperar el espíritu navideño. Y coloca un billete de ¡20 euros! en la caja de cartón de Victorita. Cuando entran en casa, Miguel ha cogido la gorra con el dinero (unos 50 euros) y se la ha dado a su madre. “Esto, para China”, le dice.
Cuento para niños: "Los siete viajan a China" (IV) Autor: Victoria Luque.