sábado, 27 de agosto de 2011

Por qué tengo miedo

Acabo de descubrir a la hermana Glenda. Chilena. Por lo visto, cantó en la JMJ de Toronto (Canadá), delante del Papa. Sus canciones, su voz, su paz me ayudan a rezar, a buscar a mi Padre Dios y a ponerme en su Presencia. Ha sido todo un regalo poder escucharla.



jueves, 25 de agosto de 2011

Ayuda a la Iglesia Necesitada en la JMJ

Subo este vídeo porque me parece que todos debemos concienciarnos
más de la difícil situación que están viviendo los cristianos en algunos
países de oriente medio. Perseguidos, discriminados, asesinados...



martes, 23 de agosto de 2011

Lluvia de bendiciones

Acabo de despedir a Patri (Patricia) y a Julia, dos ecuatorianas que han venido a la JMJ y a las que hemos acogido en casa durante dos días (anteriormente han estado durmiendo en un colegio de Móstoles). La verdad es que ha sido una experiencia estupenda. Y nos ha sabido a poco. Inés (ocho años) anoche, me decía: "mamá, por qué no se quedan más, una semana, o dos... o todo lo que quieran. Por qué Patri
 no es mi prima, o mi hermana... Es que las he cogido cariño, no quiero que se vayan". Y entraba en la habitación donde ellas duermen, y las abrazaba.

La hospitalidad ha sido siempre una prioridad para el pueblo hebreo, y por algo será. El que abre sus puertas al extranjero o al peregrino, recibe una lluvia de bendiciones. ¿Por qué. Porque se le esponja el corazón. Porque sale de sí mismo, y piensa en el otro.

Me acordaba del pasaje bíblico de la viuda aquella que ofreció al profeta lo único que tenía (un poco de aceite, y de harina) y pensó, "después moriremos, mi hijo y yo"). Y cómo no sólo no murieron, sino que por haber puesto a disposición de aquel enviado de Dios, todo lo que tenían, a partir de entonces su alcuza estuvo siempre rebosante.
Al Señor no le gana nadie en generosidad.

Me ha asombrado la disposición con que Teresa (doce años) se metía en la cocina, a mi lado, para ayudarme a hacer la cena, cómo se entusiasmaba pensando en hacerles una tortilla de patatas, o un gazpacho, o un pollo al horno... todo lo que las pudiera sorprender, agradar.
Cómo las pequeñas han puesto la mesa... cómo se han acostado a su hora, sin gritos, sin protestas, "para que Patri y Julia descansen".

Rocío y Nazareth les dejaron su dormitorio, y se trasladaron al sofa-cama del salón sin una queja...
 (y esto, de por sí, ya es un milagro, porque parece que la adolescencia lleva implícita la rebeldía y la protesta). Ayer se fueron con ellas de compras, y les enseñaron las tiendas de ropa que conocen ("ahora está todo superbarato, te puedes comprar una camiseta por dos euros", les decían). Volvieron con un bolso, una camiseta y cantidad ingente de baratijas, tipo pulseras, collares, etc, etc, todo, por doce euros. Lo pusieron  sobre la mesa de la cocina, y me lo fueron enseñando, uno a uno.
Lo gozaron, como dicen por allí.

 Y hay una cosa que me ha llamado poderosamente la atención: tenían siempre dispuesta la sonrisa. Y los besos. Cada vez que entraban o salían de casa, te plantaban dos besos. Esto lo hemos perdido en España, esta capacidad de ternura, de agradecimiento, de acogida. Este hacer que el otro se sienta querido es algo que nos cuesta, por lo menos a mí.

Postdata: Tengo pendiente subir alguna foto de estos días. Me las tienen que enviar desde Ecuador, porque
las que yo he hecho, han salido turbias. (Soy un desastre con la cámara en la mano).




viernes, 19 de agosto de 2011

Esta es, la juventud de Cristo

Ayer estuvimos en la plaza de Neptuno, viendo la llegada de Benedicto XVI  a través de una pantalla gigante... no pudimos acercarnos a Cibeles, porque era imposible pasar. Estaba "petao", como dicen mis hijos. El ambiente era impresionante, en dos pinceladas diría que esta barahúnta humana transmitía alegría, y paz. Casi nada, dados los tiempos que corren. Mi hija Victoria empezó, inocente ella, a contar los "curas" que pasaban por nuestro lado... cuando llegó a sesenta dijo: "mamá, ya me he cansado".

Nos instalamos a un lado del Paseo de la Castellana, donde había sombra; Almudena y Judith se tumbaron sobre la bandera de España y se quedaron dormidas. Hasta donde alcanzaba nuestra vista todo era un manto multicolor de jóvenes sentados en el suelo escuchando al Papa. Si hay que poner un "pero", lo que nunca me ha gustado de estos actos es esa especie de arenga que alguien hace, en teoría, para animar a los participantes (cosa que sobra, porque estamos todos más que animados): ¡Esta es, la juventud del Papa¡ ¡Esta es, la juventud del Papa¡, sí, muy bien, pero yo más bien diría, "esta es la juventud de Cristo".

Porque sí, el Papa nos ha convocado a todos (yo me incluyo aquí, por nostalgia, aunque ya de joven me queda bien poco), pero a quien estamos siguiendo, y a quien buscamos con todo nuestro ser, es a Jesucristo, él es el que nos mueve a ponernos en camino. Él es el que nos da esa paz y esa alegría tan palpable. Y el peligro está en que los que miran, pero no ven, miran a los "papaboys" pero no ven a los cristianos. El peligro real es éste, que para los de fuera, todo este tinglado se convierta en unos que apoyan al Papa, y que son unos fanáticos... en lugar de unos que buscan a Cristo, y que están dispuestos a cambiar en sus vidas todo aquello que haya que cambiar para encontrar la perla preciosa de la que habla el evangelio.

Y enlazando con esto, la Fiesta del Perdón me parece alucinante. Está en el Retiro, allí hay filas y filas de confesionarios blancos donde los sacerdotes reconcilian a los peregrinos con Cristo. Donde uno tiene la oportunidad de dejar a los pies de Jesucristo esa mochila personal, única e intransferible, que pesa, porque está llena de desesperanza, de desencuentros, de juicios, de vanidades, de falta de fe... de tantas cosas. Es el momento propicio, la ocasión adecuada. Yo lo tengo pendiente también, seguramente hoy por la mañana me acercaré, y me renconciliaré, porque si no, la esencia de todo esto se pierde ¿Qué sentido tiene la JMJ si no hay una conversión profunda, un cambio de vida radical, una vuelta al Padre que me ama¿

Y para terminar, que me tengo que ir al Retiro, deciros que antes de ayer tuve en el metro una experiencia desagradable y desconcertante, alguien, fuera de sí, maldecía a los curas y a la Iglesia, y nos tachaba a todos de franquistas, fascistas, etc, etc... esta persona estaba acompañado de su mujer y de dos  hijos, uno de ellos con síndrome de dowm, todos muy nerviosos... el señor decía que él salía a la calle porque le daba la gana, que no tenía porqué esconderse de nadie,  que ellos eran socialistas, y que España es un país laico y que la venida de todos estos de la JMJ  iba a costar a cada español mucho dinero... yo los tenía enfrente, el hombre me miraba exaltado... yo dije, casi musitándolo: "eso no es verdad"... si no lo sujetan sus hijos, se me
avalanza encima... me dio mucha pena que hubiera gente así todavía, con unos prejuicios y unos clichés de hace cuarenta años, sufriendo tanto... pero no se podía hablar con ellos, era como estamparse contra un muro, sólo se puede rezar por ellos. Que Él les toque el corazón, es el único que puede hacerlo.


jueves, 4 de agosto de 2011

Cantando en el metro

Ahora, durante el verano, estoy cogiendo el metro para ir al trabajo. Los niños están en casa y no tengo que hacer encaje de bolillos para dejar a unos y a otra (Almudena) en el colegio y en la guardería, respectivamente. Así que, más tranquila, me he sacado el abono por familia numerosa y a la vez que ahorro gasolina, hago ejercicio y bajo unos kilos.

Digo todo esto porque, por las mañanas, en un trasbordo que tengo que hacer, me encuentro día sí, día no, a un chaval que no tendrá más de veinte años, extranjero, quizás americano o del norte de Europa, rubio, bien parecido, cantando con su guitarra y todos sus artilugios de megafonía. ¿Y qué canta? Aquí está lo sorprendente. Le canta a Jesucristo. Yo cuando lo oí por primera vez, no salía de mi asombro. ¡Un chaval cantando letras religiosas, en el metro! Con un par de ...

"Prefiero estar junto a tu altar, que toda una vida lejos de ti", decía una de las estrofas, que me apunté, para que no se me olvidara.Y no es un peñazo, lo hace bien. ¿Será que se ha adelantado la JMJ? pensé. ¿O será un protestante, o un evangelista, o algo parecido? No lo sé, pero a lo que voy, la libertad se consigue ejerciéndola. La religiosa, también.

Y quiero romper una lanza en favor de la persona creyente; el creyente de verdad (ya sea cristiano, musulmán o budista) no va por ahí pegando tiros, ni poniendo bombas... la persona religiosa ha buscado a Dios y le ha encontrado, o mejor, se ha dejado encontrar por él. Y esta relación con el Padre no provoca odio, ni muerte, ni maldad... esta intimidad con Dios conduce a la paz con tus semejantes, a la bondad y a la alegría de ser hijos de un mismo Padre. Decía Joaquín Alliende, el presidente de Ayuda a la Iglesia Necesitada, que la religión es la quintaesencia de la conciencia, y que por tanto, quien mata, encarcela, amenaza o discrimina en nombre de Dios, de hecho, está blasfemando y es un idólatra. Digo todo esto porque parece ser que circula la idea de que el hombre creyente es peligroso, que las religiones son algo a derribar... y esto es un engaño. Re-ligare (de aquí viene la palabra re-ligión) significa volver a ligar, volver a buscar esa hilazón perdida entre el hombre y Dios. Y de Dios no puede salir nada malo. El único límite que tiene Dios Padre, es precisamente que el mal no está en él. Es como el agua y el aceite, no pueden mezclarse.

Ahora que parece que Izquierda Unida está de campaña en contra de la venida del Papa, ahora que varias iglesias, además del Campus de Somosaguas, sufren los improperios y las violencias de personas intolerantes, incapaces de respetar la intimidad sagrada de las personas; ahora es el momento de mostrar, sencillamente, la belleza de la fe. La belleza de un Dios Padre que nos ama, a todos, profundamente, radicalmente. También a estos que se dicen ateos los quiere, porque son sus hijos; dice san Pablo que Cristo nos amó, no cuando eramos buenos, sino cuando eramos pecadores. Jesús vino a mí, salió a mi encuentro, cuando yo estaba muerta, aturdida por tantas cosas que no me satisfacían... esto mismo hace con cada uno de nosotros. Nos ama, nos busca, y nos saca de allí donde parece que es imposible salir. Ese es nuestro Señor. Sólo hay que ponerse a tiro... un poco; quizás una simple canción pueda movernos a buscar su rostro.