miércoles, 13 de junio de 2012

Los siete viajan a China

Hoy os quiero presentar un libro para niños (7-12 años) que escribí hace mucho y que la editorial Buenanueva acaba de publicar. Me ha animado mi hijo mayor a hacer una entrada sobre este asunto, porque según él, "hay que usar todos los medios al alcance para promocionarlo". Es verdad. Y el blog es un medio. El libro se llama "Los siete viajan a China", y en este blog ya dejé algún capítulo suelto el verano en que me lancé a esta aventura literaria.

Lo escribía por la noche, después de que los niños se acostaran y lo leía a pequeños y grandes a la mañana siguiente. El libro sirvió de vínculo de unión para todos, los niños aportaban ideas, me sacaban de los "baches" en los que caía, y entre todos, forjamos una historia cuyos protagonistas eran ellos mismos. Entonces tenía siete vástagos, la más pequeña era Inés, de unos meses. Así que Judith y Almudena  no aparecen en la historia... quedan para otra ¿próxima? entrega.

El libro aúna la fantasía y las aventuras de una familia numerosa que viaja a China a adoptar a dos niños chinos que se han quedado sin familia. No voy a desvelar nada más, sólo decir que yo me lo pasé superbien escribiéndolo, aunque sufrí mucho, porque a veces la misma historia te lleva por unos derroteros que no habías imaginado en un principio... pero mereció la pena. Por aquel tiempo una familia amiga nuestra estaba de misión en China (ahora están en Austria) y en cierto modo su experiencia me ayudó a darle forma a esta historia.

Te ríes algunas veces, sonríes casi de continuo, y a mitad del libro se te encoge el corazón. Tiene "su punto" según me comentaba mi padre, cuando lo leyó. El libro además introduce a los niños en el sentido de la fe, en la providencia de Dios, en la entrega, etc. Quiero decir con esto que he escrito el libro que a mí me gustaría encontrar en las librerías para mis hijos, con esto lo digo todo. Entretiene a los pequeños, y ayuda a los padres en la transmisión de la fe y de los valores. Os animo a que lo busquéis y lo leáis (está en las librerias religiosas -paulinas, san pablo, etc. y en la Casa del Libro. También se puede solicitar a la editorial Buenanueva, telef.91-759 79 68).
Os dejo un capítulo del libro, para ir haciendo boca:

EL VIAJE EN AVIÓN



--¡Mamá, mira, nos movemos! El avión era un boeing 747 de la Compañía Iberia, y los asientos estaban colocados en filas de diez, así que los niños y sus padres se acomodaron en una sola fila.

A Inés la sentaron en su sillita de viaje, atada al asiento del avión. De pronto, aparecieron varias azafatas haciendo gestos en cada uno de los pasillos; los niños no entendían nada, porque la voz que sonaba de fondo hablaba en inglés, y en francés. Después, sí. Se abrocharon los cinturones, y se agarraron fuerte, ¡aquello empezaba a correr, y se ponía de pie!

--¡Cómo mola! Decía José, mientras Miguel, cosa rara, abría un ojo para mirar por la ventanilla. Al cabo de cinco segundos, lo volvió a cerrar. Para él era más importante, ahora, seguir durmiendo.

--¡Es algodón! ¡Mamá, yo quiero salir y saltar encima de las nubessss!
Decía Teresa, apoyando su cuerpo sobre el asiento de su madre.

--No, que te caes. No es algodón. Es aire. Y si sales fuera, te caes por un precipicio... le respondió María, con autosuficiencia.
El pasajero que estaba a su lado, soltó una carcajada.
E Isabel, la madre de los siete, le sonrió.

--¿Son todos suyos?, preguntó extrañado.

--Sí, del primero hasta el último.

--¡Qué maravilla! Ya no se ven familias así. Nosotros hemos sido diez hermanos, y en casa siempre ha habido mucha alegría. Enhorabuena.

La mamá de los siete agradeció el comentario con otra sonrisa, y cerró los ojos. Habían sido muchas emociones y estaba algo cansada.

-¡Mamá, quiero hacer caca! Gritó Teresa. ¡Mamá, que me hago caca!

--Está bien. Deja a tu madre tranquila. Ven, yo te llevo, dijo Andrés, quien
cogiendo a Teresita de la mano, se dirigió hacia el lavabo de señoras.

Allí estuvo Teresa, sentada en el inodoro, más de veinte minutos.

--¡Papá, no sale! ¡Papá, me duele! ¡Papá, no sale!

Al final, Teresita volvió a su asiento igual que se había ido. El chocolate seguía haciendo de las suyas. Apenas habían pasado un par de horas del despegue, cuando las cuatro niñas dormían en los brazos de Morfeo. Miguel ya se había espabilado, y acribillaba a su padre con preguntas de este tenor:

--Papá, ¿Cuántos chinos viven en China?

--Mil doscientos millones.

--¿Y caben todos en su país? -

-Sí, porque es muy grande.

--¿Y en qué trabajan en China?

--En muchas cosas. Adonde nosotros vamos, sobre todo cultivan el campo, siembran algodón y maíz. También tienen minas de carbón y refinerías de petróleo.

--Y adonde nosotros vamos, ¿cómo se llama?

--Nosotros nos dirigimos a Pekín. Fino y Tina viven en las afueras de esta ciudad, en una casa grande, de ladrillo, con cubiertas de teja. Fino me ha comentado que tienen pocos muebles, pero que no necesitan mucho más. Allí estaremos muy a gusto.

--¿Y veremos animales?

--Claro que sí. Al lado de su casa tienen un establo con ovejas, cerdos, bueyes, algunas gallinas e incluso puede que tengan patos.

A Miguel le brillaban los ojos. ¡Patos! ¡Si no conseguía encontrar al conejito,

se traería a casa un par de patos!

--¿Y no cultivan arroz? Preguntó José, albergando una pizca de esperanza.

-Hay más algodón y maíz, que arroz.

--¡Bien! ¡Entonces quizás me libre de comerlo!.

Aunque, a renglón seguido, José cayó en la cuenta: Entonces, ¿para qué había estado comiéndolo dos veces a la semana? Y a medida que lo pensaba, la rabia se iba apoderando de él.

De repente, Teresa vio que todos los pasajeros -unos trescientos, más o menos- se levantaban uno detrás de otro, y se ponían en fila para entrar en el servicio. La fila daba varias vueltas en el interior del avión, y todos juntaban las piernas muchísimo, y se encogían para que no se les saliese nada. Teresita miró por la ventanilla y vio una estela de cacas, todas seguidas, dibujando un caminito.

¡El avión estaba haciendo de vientre!.

Además, allí abajo, en la tierra, la gente había sacado los paraguas, porque les estaba lloviendo la mierda que salía por el agujerito del avión .

--¡Qué assssco! Pensó Teresa. Cuando bajemos va a oler todo fatal.

Y se tapó la nariz con sus deditos, por si acaso llegaba algo de olor hasta allí arriba.

--Teresita, ¿Qué haces tapándote la nariz?, oyó que le decía una voz a su lado.

Teresa abrió los ojos y vio que todo estaba normal. Que no había fila de gente. Y que el cielo estaba blanco. La gente con paraguas también había desaparecido.
--¡Menos mal! ¡Qué sueño más assssqueroso!, musitó. Y volvió a dormirse.