viernes, 8 de febrero de 2013

Hemos elegido a Barrabás



Ayer, yendo en el metro me encontré con una situación que lamentablemente se está convirtiendo en usual; no es el primer caso que veo -ya llevo unos cuantos-. La describo: un hombre de mediana edad, aceptablemente vestido, es decir, no un pobre al uso, explica a los sufridos viajeros que ha perdido el trabajo, que le han embargado la casa, que vive con su madre y que se ve en la necesidad imperiosa de vender unos cuantos cachibaches a los allí presentes.  Este hombre último, -el último de la cuenta, ya van cuatro- estaba un tanto alterado, antes de vendernos los rotuladores fluorescentes que llevaba en la bolsa de plástico, propinó una filípica de campeonato al aire. A todos. Nos habló de la corrupción de los políticos, de la injusticia de su situación, de la cantidad de millones de euros que se embolsan los que tienen poder...

La verdad es que la gente está muy, pero que muy cabreada. Anteriormente a este señor, otro día también en el metro, una mujer relativamente joven, bien arreglada, empezó a hablarnos con un hilo de voz: "tengo dos hijos, estoy sola, vivo de alquiler, nunca había pedido ayuda, por favor, denme lo que buenamente puedan. Recibo alimentos en Caritas, trabajo limpiando casas... si alguien me ofrece trabajo, o ropa, o comida, se lo agradecería eternamente". A la mujer se le saltaban las lágrimas. Así fue recorriendo todos los vagones.

La verdad es que España se está quebrando. Estamos a un tris de un estallido social, que todavía no ha llegado gracias a las familias, colchón para tantas otras. Y toda esta situación ha sido provocada porque hemos tenido que decidir entre dos realidades: Dios, o el dinero. Y mayoritariamente, convulsamente, hemos optado por Barrabás, por el poder, por el ego, por el dinero. Por el coche, y el chalet, y las vacaciones en Malibú.

"No se puede servir a Dios y al dinero", dice el Señor. Pero ni caso, lo hemos tenido que experimentar en nuestras propias carnes. Ahora ya sabemos que la ambición de poder, de dinero, de lujos, sólo lleva a la desesperanza, y al caos.  Esto es lo que ha sucedido. Esta crisis no es sólo económica, eso es la punta del iceberg. Esta es una crisis muy seria de valores, de convicciones profundas, es una crisis de fe. Porque la palabra fe implica entrega, renuncia, amor al otro, sólo el que tiene fe antepone el bienestar del otro al suyo propio. Porque se sabe más que pagado por Dios. Es como aquello que dice el salmo: Dales Señor con generosidad, y que su boca se sacie, que yo al despertar, me saciaré de tu semblante Señor.

El amor humano al que estamos acostumbrados todos es un toma y daca, yo te doy, pero espero algo a cambio. Solamente el que se siente amado sin merecerlo, puede donarse hasta tal punto de entregar su vida por el otro. Eso sólo se puede hacer en Jesucristo. Alimentándote de la fuente que es Cristo. Y hoy, ciertamente, hay pocos cristianos serios en política, en la banca. Y esto se nota.

 Tampoco es cuestión de cargar las tintas sobre los políticos, banqueros... etc.,  pobres hombres como nosotros -pobres, aunque estén forrados- porque en el fondo y en la forma se han buscado a sí mismos, han buscado "ser" amparados en el dinero, en el prestigio, en los bienes, y se han olvidado de "ser" apoyados en la entrega, en el servicio, en la generosidad.

Pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, porque ¿quién puede decir de este agua no beberé? Hay que estar muy lleno del amor de Dios para estar manejando poder, y no contaminarse. Ojalá todo esto nos sirva de lección, y busquemos verdaderamente el rostro de Dios.