viernes, 20 de noviembre de 2015

Qué he aprendido...

Escribo esto, no para dar ninguna lección de nada, Dios me libre... sino para que tus lecciones, escritas a fuego lento, no se me olviden a mí, cabeza loca, olvidadiza por naturaleza. Tengo que tomar en peso todo lo que he vivido,  por eso te escribo. Nos estás puliendo con constancia, con tesón... ya llevamos unos cuantos años, en esta lucha sin cuartel. Parece que ahora el tiempo está amainando, bendito seas, y espero que todo lo vivido no haya caído en saco roto. Sé que me quieres con locura, y yo estoy aprendiendo a verte detrás de cada acontecimiento... estoy aprendiendo a trascender, a ver un poco más arriba... y eso me gusta. Me he sentido muy querida por ti, llevas muchos años cortejándome... pero sé de primera mano que tus grandes amigos lo han sido después de pasar por muchas tribulaciones. Eso es así, ¿por qué? quizás porque para entrar por la puerta estrecha que lleva a Ti, hay que estar desinflado de vanidades, de soberbia, de querencias...  Sabes? Creo que si yo fuera más humilde tú no habrías tenido que esmerarte tanto conmigo, no, no eres un malvado que busca el mal de sus hijos, no, tu eres un padre bueno que permite una serie de acontecimientos para que, como ya he dicho, me desinfle, reconozca mi poca cosa, y puedas Tú, crear tu obra en mí. Me quieres libre y confiada en tu regazo, y vive Dios que lo estás consiguiendo.

Es verdad que yo pensaba: "no tengo apego al dinero", bueno, puede... pero a lo que estoy trabada con toda mi alma es a mis hijos, los idolatro en muchas ocasiones, o al menos lo hacía, ahora, espero que ya no... tenía a mi familia absolutamente idealizada, quería la familia perfecta, los hijos perfectos, el marido perfecto, todo en amor perfecto... Y ese globo se desinfla. Vaya si se desinfla. Ya he visto como soy, lo que sale de mi interior cuando me tocas un poco a los hijos... ya sé lo que es que duela hasta el corazón, y no hablo en metáfora. Es dolor físico, tremendamente carnal. Pero todo esto tiene un sentido, nadie puede poner las manos en el arado y mirar hacia atrás..., tú nos quieres libres, y confiados, y vive Dios que lo estás consiguiendo.

No nos has evitado el sufrimiento, pero sí nos has sostenido en la prueba, y sé que cuando te grito, porque ya no puedo más, aconteces. Vaya si aconteces, y salvas. Y eso me da seguridad en medio de la tormenta. Incluso, sabes? en alguna ocasión me he sentido feliz en medio de la nada. Así haces las cosas... tú sabes mejor que nadie lo que nos conviene. Por dónde hemos de pasar, cuánto ha de durar este desierto... Pero soy tan débil, que temo que la próxima vez no tenga fuerzas... cuando, en realidad, las fuerzas me las das Tú. Sólo tú. Curioso.

Decía santa Teresa que por eso tienes pocos amigos, porque los tratas así, de esta manera... yo creo que no, que tienes pocos amigos porque la cruz nos escandaliza, nos provoca rechazo, -nadie quiere pasar por la cruz, icono de muerte, de dolor, de sufrimiento-, pero también es verdad que Tú la conviertes en cruz gloriosa, porque en ella, Señor, tú estás conmigo. Y eso es un gran misterio que no alcanzo a comprender.


domingo, 15 de noviembre de 2015

El Único que puede parar la violencia

Ante cualquier acontecimiento fuerte, de esos que te desestructuran las entrañas, el único capaz de poner paz en el corazón... es Jesucristo. Aquí ya no
valen ni los psicólogos que envía la institución pública de turno, ni los amigos, ni las personas de buena voluntad. Cuando te matan a un hijo, a un marido, a una esposa, a un padre... el único que puede dar bálsamo de amor, el único que puede entrar en lo más profundo de ti y consolarte, es Cristo Jesús.

Y esto es una verdad que muchos desconocen. Por eso conviene decirla. Él es el que de la muerte, saca vida. Él y solo Él. Nuestro Dios es tan grande, que tomó condición de esclavo -dice la Escritura- y se encarnó en un ser humano... Dios abajado hasta la nimiedad más absoluta. Yo algunas veces, cuando pienso en esto, me lo represento como si un hombre, con su dignidad de ser humano libre, se metiera en un gusano, o mejor, se hiciera gusano... ese es nuestro Dios. Y por qué hizo esto? Entre otras cosas, para darle un sentido al sufrimiento del hombre. Para enseñarle el camino hacia la Vida.

Lo que ha pasado en París, este ataque yihaidista execrable, ha provocado mucho dolor, y mucho sinsentido. Porque el sentido sólo lo encontrará el que ha conocido a Cristo Jesús.
Jesús, el Señor, murió desangrándose, retorcido de dolor en una cruz, voluntariamente, para que el que sufre, hoy, todas esas personas a las que les han arrebatado el deseo de vivir, puedan mirar al crucificado y hacerse uno con él. Puedan mirarle y ver más allá. Puedan mirarle y ver la resurrección. La vida nueva, esa que permanece para siempre, esa que sacia, porque es plena, donde ya no hay dolor, muerte, desesperación, maldad...


Y otra cosa, aún más difícil, si cabe: Para que esos inocentes, víctimas inocentes, que han perdido a sus seres queridos porque sí, puedan, con la ayuda del Espíritu del crucificado, perdonar. Ama a tu enemigo, nos dice Cristo Jesús, y esto no es una utopía. Con el poder del Señor, con su fuerza liberadora, con su cuerpo y con su sangre derramada, se puede entrar en esa dimensión del perdón. Esto va más allá de nuestras fuerzas, Esto proviene directamente de Dios. Y sucede. Ha habido muchos casos en la historia de la humanidad en los que el hombre ha perdonado a su agresor, a su ejecutor. Ahí es donde se ve la fuerza del amor de Dios. Ahí... en esto que parece imposible a nuestros ojos. Ahí, el Señor actúa. Así que mantengamos firme la esperanza, Cristo Jesús es el que para la ola de violencia. Sólo apoyados en Cristo Jesús la vida del ser humano se dignifica. No estamos solos, las víctimas no están solas. Hay muchos hombres y mujeres de buena voluntad orando por ellas. Para que puedan enfrentar el dolor y transformarlo en amor, amor al enemigo, al que te odia, al que, pobrecillo, vive en el engaño permanente, y sólo ha conocido el odio.


Por último, sólo un apunte más: nuestro Dios, Padre que reparte a manos llenas misericordia, no es Alá, no es un Dios que está en su inmensidad y no se enfanga en el dolor del hombre. Nuestro Dios, Abbá, es un Dios que se hace pequeño y vive entre sus criaturas. Y muere por el hombre. Y resucita y nos abre las puertas del cielo. Ese Dios hoy, llora con la humanidad doliente.