domingo, 27 de marzo de 2016

Conquistarán las puertas de sus enemigos

¿Qué puedo decir de la Pascua vivida hace tan solo unas horas? Pues que ha sido, como cada una de las que celebramos cada año, única. Especial. Otra vez, una vez más, el Señor ha sido grande, detallista, misericordioso. ¿Cómo llegaba yo ayer a esta Pascua? Pues bien, aparentemente bien, con mis preocupaciones, mis miedos, mi falta de confianza en Dios, mi pobreza, mis debilidades, viendo que me cuesta entregarme a los que tengo a mi alrededor. Egoísta, inmisericorde.

¿Y cómo salí de ahí, esa Noche en la que se te esponja el corazón? Pues dando gracias a Dios porque me quiere, y apuesta por mí, y por mi familia. Ha habido una lectura que me ha removido especialmente... Ha sido la de Abraham, que entrega a su hijo, su único hijo, anteponiendo la voluntad de Dios a su amor de padre. Abraham decide que de Dios no puede salir nada malo, y si Dios le pide el sacrificio de su hijo, será porque eso es bueno para él y para su hijo. No se cuestiona nada más. Confía, se fía pese a que lo que Dios le pedía era el sacrificio sangriento de su propio hijo, su hijo único, amado por encima de todo. 

Naturalmente Dios, como Padre bueno que es, no permite al final, el sacrificio. Provee un carnero, figura de Cristo Jesús. Y le hace una promesa a Abraham: "tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos".

Pero el susto, Abrahám lo tuvo en el cuerpo. Igual que lo tengo yo. Sin embargo fue mayor su confianza en Dios que la "locura" que se le pedía. Abraham, probado en la fe, creyó, y el Señor se lo reputó como justicia.

Esta Noche de Pascua hemos ido a la celebración con tres hijos menos. Los tres no han querido participar en esta Noche única. Ya son mayores, y deciden por sí mismos, pero aún así, ha sido doloroso no poder compartir con ellos lo más importante de nuestras vidas, la fe. Y el Señor esta noche me ha confirmado que debo ofrecerle a estos hijos en "sacrificio", que para mí suponen una atadura, un obstáculo en mi relación con Él. El Señor me quiere libre, feliz, y entregada. De todo lo demás, se encarga Él.

– «¡Abrahán, Abrahán!». Él contestó: – «Aquí estoy». El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo».
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
El ángel del Señor volvió llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
– «Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».  (Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18)


Mis hijos, que son hijos de la luz y no de las tinieblas, han recibido una promesa de parte de Dios. Por su bautismo están injertados en el árbol de la vida, Cristo Jesús, y Él proveerá para ellos. El Señor me ha vuelto a decir que confíe, que Él va por delante, que sus caminos no son mis caminos, que "tendrán gran paz tus hijos". Que ellos conquistarán las puertas de sus enemigos. Y que veremos a esos enemigos (todo aquello que nos separa del amor de Dios) muertos, a nuestros pies. 

Y todavía la siguiente lectura -la de la huida de Egipto- confirmaba esta lucha de Dios (somos su propiedad personal) por cada uno de nosotros. 


Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que habían entrado en el mar. Ni uno solo se salvó.
Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto e Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Vio, pues, Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo. 


Esta Noche, una vez más, el Señor ha sido grande con nosotros, y estamos alegres.

Postdata: Por otra parte, me ha encantado ver una asamblea llena de jóvenes, que crecen y maduran en la fe. Me ha encantado poder compartir esta Pascua con mi marido, con mi hijo Jose, el mayor, que es una bendición para nosotros, con mi hija Teresa y su novio (que nunca había estado en una celebración de este tipo, y que le ha gustado mucho), con mis hijas medianas y pequeñas, un cielo, cada una de ellas. Todo es gracia, todo es don.