lunes, 19 de febrero de 2018

Conocemos la pregunta


Conocemos la pregunta

Esta mañana, jugándome el tipo porque no tenía dinero para el ticket de la hora -por tanto, no he podido dejar el coche legal y municipalmente aparcado- he ido a misa. La parroquia estaba cerca del colegio de una de mis hijas, así que he aprovechado el tirón.  El cura, en su homilía, ha dicho algo que no por sabido, deja de ser importante: “Conocemos la pregunta que nos va a hacer el Señor cuando entremos a su Presencia”. La sabemos. Tenemos la pregunta del examen que nos llevará directos a la gloria. ¿Quién, cuando era un chaval, no ha soñado con tener las preguntas de ese examen en el que te jugabas tanto? Pues nosotros, los cristianos, tenemos esa pregunta de oro... tontos seríamos si no pusiéramos toda la carne en el asador. Y la pregunta, esa que nos llevará a la Vida -esperemos- es: “Fulanito -pon aquí tu nombre-, ¿cuánto has amado?”. Esto es.

Y dice el Señor que ya sabemos lo que es amar, principalmente porque Él nos lo ha dejado dicho: da tu pan al hambriento, viste al desnudo, visita al enfermo, al que está en la cárcel, acompaña al solo... por cierto, y para que veamos hasta qué punto el hombre necesita del amor y de la compañía del otro, hace poco los británicos han creado un ministerio curioso, el de la Soledad. Porque en Gran Bretaña hay 9 millones de personas solas, que se dice pronto. Y han tenido que ponerse manos a la obra. En nuestra sociedad española, si los cristianos verdaderamente quisiéramos aprobar con buena nota ese “examen” del que hablábamos antes, no haría falta nunca crear ese ministerio, porque el amor no se hace con superficialidades y calenturas del corazón, el amor del bueno se hace con voluntad, tiempo, y escucha.

Ahora que estamos en cuaresma, con la vista puesta en la Pascua, parece que todo esto se nos refresca; podemos recibirlo con nuevos bríos. Yo os animaría a que diéramos un repaso a un artículo de José Luis Martín Descalzo, que en paz descanse, sobre las 24 pequeñas maneras de amar.  José Luis dice cosas tan concretas y tan asequibles como las siguientes: “Piensa, por principio, bien de todo el mundo”. “Sonríe. Sonríe a todas horas, con ganas o sin ganas”. “Multiplica el saludo, incluso a los semiconocidos”. “Olvida las ofensas”. “Ten la manía de hacer el bien, sobre todo a aquellos que teóricamente no se lo merecerían”, “Aguanta a los pesados. No pongas cara de vinagre escuchándolos”. “Haz regalos muy pequeños, que muestren el cariño y no creen obligación de ser compensados con otros regalos”. “Apréndete los nombres de tus vecinos, y salúdalos por su nombre”. “Cuenta a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos”. “Manda con tono suave. No grites nunca”. “Corrige de modo que se note que te duele hacerlo”. “Presta libros aunque te pierdan alguno. Devuélvelos tú”, “Visita a los enfermos, sobre todo sin son crónicos”. “Haz favores”. “Anima a los viejos”. “Recuerda las fechas de los santos y cumpleaños”.  “Expón tus razones sin tratar de aplastar”. “No contradigas por sistema”... así, hasta 24. Creo que es un buen plan para empezar a dar respuesta a esa pregunta en la que nos va la vida. Yo me apunto.