sábado, 31 de diciembre de 2016

Y puso su tienda entre nosotros

En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. 

Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. (Juan 1, 1-18)


¿Qué mejor evangelio que éste para comenzar el año? Se te expande el corazón... El verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre... en el mundo estaba y el hombre no la conoció... vino a su casa y los suyos no la recibieron... pero a quienes la recibieron les dio poder para ser hijos de Dios... no hemos nacido de carne, ni de sangre... sino de Dios.

Quisiera reflexionar sobre algunas ideas que me parecen interesantes acerca del combate espiritual en el que todos los hombres estamos inmersos a lo largo de nuestra historia personal, combate entre el bien y el mal, combate contra el maligno, y que se establece igualmente entre Dios y Satanás desde el inicio de los tiempos. Un combate ya vencido por Jesucristo para nosotros, pero que continuará hasta nuestra muerte corporal o -si nos coge vivos- hasta la segunda venida de Cristo Jesús en poder y gloria.

La segunda Persona de la Trinidad, el Hijo, convivía en comunidad, en una relación fluyente de amor con el Padre y con el Espíritu, desde antes de la creación del mundo... la Palabra, el Hijo entra en el mundo y se encarna en el seno de una virgen. Y acampa entre nosotros, pone su morada entre los hombres, haciéndose uno de ellos, viviendo la misma vida que ellos ¿para qué? Para enseñarnos el camino de vuelta al Padre, y recuperar lo que estaba perdido, el hombre, entregado al sufrimiento y a una vida mortal por su soberbia. 

Por eso Dios, para restablecer la naturaleza caída del hombre tiene que hacer una triquiñuela: "no puede" vencer al diablo desde su condición de Dios, porque en ese caso sería Dios el que venciera a Satanás (cosa que ya había sido hecha, al expulsarle del Paraíso), y de esta forma el hombre no recuperaría su condición de ser humano creado para la eternidad. Por otra parte, el hombre por sí solo, tampoco puede restituirse a sí mismo venciendo al diablo, porque éste es más fuerte, más inteligente que él... la triquiñuela consistió en que el Hijo, de la misma naturaleza de Dios se encarnó en hombre, y de esta manera -Dios y hombre verdadero-  pudo vencer a Satanás, aniquilar la muerte eterna, desde el mismo hombre y con la fuerza de Dios, para  abrirnos de nuevo las puertas del cielo.

Esta es la lucha, hermanos, entre el bien y el mal, que subyace en la historia de la humanidad, y que hoy rememoramos, la entrada en la Historia de Dios hecho hombre. "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron les dio poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre".

martes, 27 de diciembre de 2016

La fe de una niña está en juego


Almudena me ha sorprendido -y mucho- esta navidad. Almu esconde un corazón de oro y una mente despierta en ese cuerpecito que ya va espigándose, según pasan los meses -y los años-... digo que me ha sorprendido porque en su carta a los Reyes Magos ha pedido dos cosas, muy "simples", y no quiere nada más. Nada más y nada menos. Quiere: La paz del mundo y una mochila. Ahí queda eso. Ahora que se las apañen los Magos, que para eso tienen el poder y la sabiduría de Dios.

La paz del mundo. Y cuando le pregunto que si no quiere otras cosas... me dice que no. Que quiere eso. Quiere que no haya guerras, que la gente no se muera por que le den un tiro o le estalle una bomba. Que vivamos en paz. Una niña de ocho años pide lo mismo que el Papa Francisco en la Misa de Navidad: " Paz a los hombres y a las mujeres de la martirizada Siria, donde demasiada sangre ha sido derramada. Sobre todo en la ciudad de Alepo, escenario, en las últimas semanas, de una de las batallas más atroces (...).
Paz para las mujeres y para los hombres de la amada Tierra Santa, elegida y predilecta por Dios. Que los Israelíes y los Palestinos tengan la valentía y la determinación de escribir una nueva página de la historia (...). Que puedan recobrar unidad y concordia Irak, Libia y Yemen, donde las poblaciones sufren la guerra y brutales acciones terroristas. Paz a los hombres y mujeres en las diferentes regiones de África, particularmente en Nigeria, donde el terrorismo fundamentalista explota también a los niños para perpetrar el horror y la muerte.
Paz en Sudán del Sur y en la República Democrática del Congo (...)
Paz a las mujeres y hombres que todavía padecen las consecuencias del conflicto en Ucrania oriental (...) Pedimos concordia para el querido pueblo colombiano, que desea cumplir un nuevo y valiente camino de diálogo y de reconciliación. Dicha valentía anime también la amada Venezuela para dar los pasos necesarios con vistas a poner fin a las tensiones actuales y a edificar conjuntamente un futuro de esperanza para la población entera".

Así que si una niña de ocho años y un Papa se han puesto de acuerdo para pedirle a Dios Padre lo mismo, será porque se ha de dar el milagro del cambio del corazón, ese cambio que empieza por cada persona en concreto, por ti y por mí. Ese milagro Dios lo hará, pero el Señor ya sabemos como actúa... es tan respetuoso, tan caballero, que no fuerza las voluntades... así que el milagro tendrá que venir tras un primer paso del "hombre", tendrá que darse la voluntad del corazón de querer vivir en paz, querer perdonar, querer cerrar las heridas.

La paz en el mundo es una cosa muy seria, y no quiero que mi hija deje de creer en los Reyes Magos, y menos que dude del poder de Dios. Habrá que ponerse manos a la obra. arremangarse, tomarse en serio eso de "amar al enemigo" y humillarse un poquito. Después Dios hará el resto. Estoy segura. Pero el primer paso lo tenemos que dar todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Empecemos por nuestra casa, por nuestra familia... me lo digo a mi misma, quiero que este milagro se cumpla en mi casa, en mi barrio, en mi país, y en mi mundo globalizado.  ¿Con quien me he de poner en paz? La fe de una niña está en juego.



Teresa de Calcuta y la Misericordia




Los desahuciados, los abandonados, los leprosos, los moribundos, los niños solos, los enfermos de sida, las madres maltratadas, los refugiados, son objeto de los desvelos de las hermanas del sari blanco, repartidas en la actualidad por 123 países, en 610 misiones en todo el mundo.


Apenas han pasado tres meses desde la canonización de la Madre Teresa de Calcuta -4 de septiembre de 2016-, y sin embargo es tiempo suficiente para hacer un breve análisis sobre lo que la figura de esta pequeña-gran mujer ha supuesto para la Iglesia y por ende, para toda la humanidad. Ya en la misa de Beatificación, celebrada por Juan Pablo II el 19 de octubre de 2013, el papa recordaba que Teresa de Calcuta “fue un signo del amor de Dios, de la presencia de Dios y de la compasión de Dios que recordaba la dignidad de cada hijo de Dios, creado para amar y ser amado”. Palabras sin duda, que nos llevan a ver al mismo Dios presente en cada gesto, caricia, esfuerzo o sacrificio realizados por Madre Teresa y sus Hijas en favor de los más pobres de la Tierra. Por otro lado, quisiera hacer una breve mención a las palabras del capellán de las Misioneras de la Caridad en Madrid, José Mª Calderón, quien ha subrayado que “para la Madre Teresa mucho más pobre que el que no tiene pan, es el que ha perdido el amor, y por lo tanto la misericordia es devolverle esa dignidad”. 

Es decir, todo nuestro mundo occidental, derrochador, opulento, entraría dentro de esta coordenada de “falto de amor” y por lo tanto, las personas solas, angustiadas, desamparadas, sin sentido de la vida -que tenemos en nuestro entorno- serían también objeto del cuidado de las Hermanas de la Caridad. “No ser nada para nadie –dirá madre Teresa- es la peor de las pobrezas”.


Consciente de que su obra no le pertenecía, Madre Teresa animaba a sus Hijas a buscar el reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendría por añadidura.
 
Tengo sed. Como es sabido, después de 20 años ejerciendo su vocación como religiosa de la Orden de Loreto, siendo profesora de chicas en el colegio St. Mary, en India, la madre Teresa recibe una inspiración de parte de Dios –en un tren, camino de Darjeeling, el 10 de septiembre de 1946-; es lo que ella denominará “la llamada dentro de la llamada”. A Teresa se le marcará a fuego en el corazón dos palabras pronunciadas por Jesús en la cruz: “Tengo sed”, de ellas surgirá toda la espiritualidad de las Hermanas de la Caridad. Tengo sed, sed del amor del ser humano. La labor de las hermanas de Calcuta será saciar esta sed de Jesús amando y entregándose al que sufre.

En la misa de Acción de Gracias por la canonización de Madre Teresa, celebrada en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, monseñor Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, recordaba que Madre Teresa fue “portavoz del grito más necesario para los hombres de parte de Dios: Amáos los unos a los otros. Según ha incidido el prelado, la santa se convirtió en “profeta del siglo XXI” al advertir que las fronteras, la división, los motivos de enfrentamiento no son más que la consecuencia de que el hombre ha abandonado a Dios”.

Abundando en esto último, quisiera señalar que una de las grandes ideas que Madre Teresa deseó transmitirnos fue que “todo ser humano tiene anhelo de Dios”, o dicho de otra manera, que todo hombre es por naturaleza una sed encarnada. Recordemos como san Agustín, expresaría también esta gran verdad con otras palabras: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Como en el pasaje del pozo de la samaritana, Teresa y sus Hijas quieren ser ese lugar de encuentro entre el alma humana que tiene sed de Dios y Jesucristo, que sacia esta sed. Por tanto, nuestra sed está llamada a encontrarse con la sed de Dios. Esto lo expresa bellamente Benedicto XVI cuando dice que la oración es “el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed”. 




“La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con una sonrisa”.








Es decir, Teresa de Calcuta quiso no sólo alimentar el cuerpo, sino también dar de comer al espíritu. Es por esto que los numerosos premios y reconocimientos que recibió en vida, fueron para ella una ocasión de anunciar a Dios a aquellas personas que quizás no hubieran tenido oportunidad de escuchar esta palabra de Vida. Sin ir más lejos, cuando en 1979 recibe por parte de la Academia Sueca el Premio Nobel de la Paz, Madre Teresa reza con el numeroso público asistente la conocida oración de san Francisco: Señor, hazme instrumento de tu paz…, y anima a los allí presentes a saber amar, compartir lo que tienen, y sonreír. “La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con una sonrisa”, decía, y añadía que la santidad era “un muy alto grado de amor”. La sonrisa, efectivamente, formaba parte esencial de esa donación al otro que ella y sus Hijas realizaban cotidianamente. Y fue este deseo de acercar al hombre a Dios lo que extendería la obra de Madre Teresa, primero por el resto de la India, y después por el resto del mundo.

Guiada por la Providencia. El papa Francisco ha dedicado a Madre Teresa un calificativo que la define espléndidamente: “Incansable trabajadora de la misericordia”. Es cierto. A Madre Teresa le urge dar el amor que ha recibido. Y lo explica muy bien a sus alumnas de St. Mary, en India, cuando aún no ha tomado el sari blanco y sigue perteneciendo a la Orden de Loreto; a ellas les recordaba el pasaje de la visita de María a su prima Isabel, les explicaba que “Nuestra Señora tuvo prisa, porque la caridad no puede esperar”. Así, cuando por fin obtiene el visto bueno de la Santa Sede, sin dinero, sin apoyos de ningún tipo, lanzada a una Calcuta devastada por la guerra y llena de miseria y de muerte, Madre Teresa va dirigiendo sus pasos según la Providencia le dicta. La oración es su báculo. Madre Teresa vivía en absoluta dependencia de Dios. Y es impresionante ver cómo se abren las aguas para que pueda construir la casa Madre en el centro de Calcuta –un remanso de paz-, Nirmal Hriday, la Casa del Corazón Puro, en el barrio de Kalighat –primera casa de acogida para los moribundos-, o el hogar “Shishu Bhavan”, un hogar infantil para niños huérfanos, abandonados, enfermos, discapacitados o no deseados. Después en 1969 vendría la Ciudad de la paz, Shanti Nagar, donde a modo de pueblo, los afectados por la lepra podían desarrollarse como personas, mientras se recuperaban de la enfermedad. 
 
Consciente de que su obra no le pertenecía, Madre Teresa animaba a sus Hijas a buscar el reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendría por añadidura. Y así ha sido. Baste un ejemplo: en cierta ocasión, Madre Teresa recibió la llamada de una de sus misioneras destinada en Agra (India). La hermana le comunicaba la urgente necesidad de un asilo para niños en aquella localidad, para lo cual se requerían cincuenta mil rupias. Ante la ausencia de dicha cantidad, la Madre Teresa se vio obligada a responderle que el proyecto era imposible de afrontar. Al cabo de un rato sonó de nuevo el teléfono, pero esta vez para comunicarle que en Filipinas acababa de serle otorgado el premio Magsaysay dotado con cincuenta mil rupias. Inmediatamente Madre Teresa llamó a la hermana para decirle que Dios deseaba que en Agra hubiera un asilo para niños.
Victoria Luque. Publicado en Cooperador Paulino. Diciembre 2016

martes, 13 de diciembre de 2016

Místicos, Santos y Papas hablan sobre la Navidad



Puso su tienda entre nosotros

Habría que desbrozar la Navidad y quitarle toda esa hojarasca que la envuelve, habría que atender a las enseñanzas de los santos, de los papas, de las personas comprometidas con el evangelio para descubrir lo que quieren decir –y a lo que nos invitan- las palabras “Dios con nosotros”.


El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas” profetizará Isaías refiriéndose a la venida del Mesías. Y qué sería de la humanidad si esta luz, este Verbo encarnado no hubiera venido a colocar su tienda entre nosotros... nos hiciste Señor para ti, y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en ti, dirá Agustín de Hipona. En este sentido, este tiempo de navidad se vuelve tiempo oportuno, alto en el camino para una humanidad muchas veces desorientada, abatida, anonadada ante tantos acontecimientos para los que no tiene una respuesta que la haga entrar en la paz del corazón. 
 
Anna Catalina Emmerich. Y queriendo desvelar el significado verdadero de este tiempo y degustar aquello que celebramos, transcribo aquí las palabras de la beata Anna Catalina Emmerich, referidas a cómo ella “vio” el nacimiento de Jesús. Esta religiosa alemana tuvo distintas experiencias místicas así como los estigmas de Jesús hasta el día de su muerte en 1824: “Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo. “

Y continúa Anna Catalina Emmerich relatando su visión: “Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don Sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo “.

San Bernardo, abad. Bernardo de Claraval -que por cierto, también tuvo una experiencia mística en la que María le ofrecía a Jesús una noche de navidad, y a partir de la cual toma los hábitos como monje benedictino (año 1112)- dirá en relación a este misterio del nacimiento del Hijo de Dios lo siguiente: “Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra un saco lleno de su misericordia; un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno. Y que un niño se nos ha dado, pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán, es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado”. 
 
Y prosigue el llamado por sus coetáneos, “cazador de almas y vocaciones”: “¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes, tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él. Deduce de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad”.
¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la

 misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado

 nuestra miseria?” (san Bernardo de Claraval)



San León Magno. Llegados a este punto, conviene recordar las palabras del pontífice más grande del siglo V, León Magno, quien en un sermón de Navidad, animaba a los cristianos a vivir su fe, de esta manera: “Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios. Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la sangre de Cristo”.
San Juan Pablo II. Y por último, escuchemos lo que dicen dos papas de nuestro tiempo en relación al misterio de la Navidad; uno de ellos, Juan Pablo II, para quien la navidad no es sólo la conmemoración de un acontecimiento histórico ocurrido hace dos mil años en una aldea de Judea, sino que “es necesario comprender más bien que toda nuestra vida debe ser un «adviento», una espera vigilante de la venida definitiva de Cristo".

Toda nuestra vida debe ser un «adviento», una espera
 vigilante de la venida definitiva de Cristo". 
(san Juan Pablo II)

Papa Francisco. Por otra parte, el papa Francisco da la clave para entender la venida del Hijo de Dios: “La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para librarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos por fuerza distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros”.
Victoria Luque. Publicado en Cooperador Paulino. Diciembre 2016.








sábado, 19 de noviembre de 2016

Los dos embriones (evangelio 19 noviembre 2016)

 
En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que lo muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos»
Intervinieron unos escribas:
«Bien dicho, Maestro»
Y no se atrevían a hacerle más preguntas. Lucas 20, 27-40

 
Si tuviéramos presente -si yo tuviera presente más a menudo esta Palabra- qué distinta sería nuestra vida. Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Esta vida nuestra es sólo un paso, un tiempo, para pasar a esa otra vida, la Verdadera, la del cielo, la que merece la pena. Si esto nos lo creyéramos, qué diferente sería nuestra vida. 

Circula por las redes sociales una narración que a mí personalmente me ha hecho pensar mucho, seguro que más de uno la ha leído… se trata de dos embriones que están en el vientre de su madre, dos hermanos claro, y entre ellos hablan, uno de ellos dice: mira, qué bien estamos aquí, en este lugar, calentitos aunque en la oscuridad, con comida, crecemos… aunque a veces pasamos estrecheces, porque cada vez este lugar es más incómodo… pero bueno, nos hacemos compañía, estamos seguros aquí.
El hermano, embrión también, le responde: Sí, estamos bien, con nuestras limitaciones claro… pero no sé si tú, de vez en cuando oyes una voz que viene de fuera, que nos habla… a veces oigo canciones, sonidos agradables… me siento querido, no sé por qué… .
-Sí, yo también oigo esa voz… pero no sé. Qulizás sea nuestra imaginación. Yo creo que lo que hay, es lo que tenemos, nada más. Y con esto hay que vivir. Si alguna vez salimos de aquí, moriremos.
El hermano le dice: No, yo creo que hay algo más, tengo esta intuición. Si salimos de aquí, debe haber algo mejor, que desconocemos, alqo que nos asombrará. Algo que no podemos ni imaginar..

Es evidente que para uno, salir del útero de su madre será la muerte, el fin. Para el otro, será la vida, el principio.¿Y cual es la realidad? Que nacemos a una vida nueva. Que nuestra vida no acaba en esta tierra. Unos irán a la Vida, otros a la desolación eterna. Los que sean dignos de formar parte de la vida Verdadera, serán transformados, sus cuerpos serán glorificados como dice San Pablo. Los que sean dignos de formar parte de esta vida futura, ya no padecerán, ni sufrirán ni llorarán. El Señor enjugará toda lágrima. De esto es de lo que nos ha hablado Cristo Jesús, esta es nuestra esperanza. Su sangre derramada por cada uno de nosotros nos llevará al cielo, si nosotros le dejamos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La noche de Satán



 Este vídeo me ha impactado. No es ninguna tontería lo que dice este hombre, ex-perteneciente a un grupo satánico. Por lo visto, durante todo el mes de octubre los adoradores del diablo realizan sus prácticas demoníacas en progresión... hasta llegar al 30 de octubre, día en que se realizan sacrificios humanos.



domingo, 30 de octubre de 2016

Felicidades, Elena

El próximo 18 de noviembre hará siete años de las Bodas de Elena y su Amado. Este es el artículo que publicó Cristina López Schlichting sobre ella, tras conocerla a través del libro que escribí.
 ¡Felicidades, Elena!, y no te olvides de nosotros, pobres incrédulos.



Elena Romera Santillana confesó que no quería morirse sin hacer algo grande. Tenía todas las cualidades para haber destacado en el trabajo, la sociedad o el amor. Pero el Misterio decidió cumplir su deseo de otra forma: haciendo de su propia existencia un gran foco de belleza y bondad. En este libro tienes la vida de una adolescente que nos demuestra a todos que ser santo está al alcance de todos. La de una chica alegre, con sus sombras y sus luces, que se abandonó en manos de Dios e iluminó a los que la rodeaban. Una seguidora del Camino Neocatecumenal -el movimiento eclesial en el que se formó- que fue sostenida hasta la muerte por sus amigos de manera conmovedora.


“Yo soy para mi amado” contiene dos historias paralelas que son una sola. La primera es la de la joven que nace en noviembre de 1984 y muere de cáncer en noviembre de 2009, con 25 años y en olor de santidad. La segunda es una sobrecogedora historia de amor entre un enamorado y su esposa. Esta segunda es una aventura íntima, de la que sólo conocemos retazos y que probablemente no podamos entender, como no sabremos nunca qué le dijo exactamente Jesús a la Madre Teresa de Calcuta en su viaje a Darjeeling. Dios, que nos ama a todos hasta dar la vida, elige a determinadas personas para hacerles gustar el paraíso de forma anticipada, de manera que los demás lo veamos y creamos. Todos estamos llamados a la santidad, pero la experiencia mística no está al alcance de todos.

Así que entre tus manos tienes, para empezar, la narración de la vida de Elena Romera Santillana, la adolescente preciosa que practicaba gimnasia rítmica, tocaba el piano, hablaba inglés y era una estupenda fisioterapeuta. Una muchacha orgullosa por la que se peleaban los chicos y a la que aparentemente se le fue quitando todo –la salud, la pierna amputada, el cabello- pero que murió sorprendentemente en paz. La existencia de 25 años de una cristiana que, sin perder el sentido de las cosas, supo ponerse en manos del Señor.


De ambas cosas –los pies en la tierra y el corazón en el cielo- dan buena muestra las conversaciones que mantuvo con el fundador del Camino. Kiko Argüello le pregunta: “¿Qué pasa, tienes ganas de irte a la Casa del Padre?” Y ella responde: “Bueno Kiko, tanto como eso…como en casa de uno no se está en ningún sitio”. No hace falta precisar que Elena tenía un gran sentido del humor. Pocos meses antes de morir y ante la imposibilidad de ver a su amigo, le dice por teléfono: “Bueno, Kiko, no te preocupes…si no nos vemos aquí, ya nos veremos en el cielo”. La misma mujer que bromeaba sin problemas, llega a decir: “Me he dado cuenta de que la cruz no es una desgracia que Dios te manda diciéndote: Hala, púdrete. Que en la Cruz no estás sola, sino que está Cristo. Que Dios ha mandado a su Hijo para que venza a la muerte y veas que, en la situación que tengas, un cáncer o lo que sea, no te mueres sino que puedes experimentar la vida eterna”.

Pero además, como te decía, en este libro vas a toparte con algo que no es de este mundo. La historia de una novia que se desposa con su Dios. Algo que parece una locura pero que no lo es más que la resurrección de Cristo. Ya enferma de cáncer, Elena contará a una amiga: “Me han salido muchos novios, pero desde que me enamoré de Uno, no ha habido otro que le llegue a Éste a la suela de los zapatos”.
Comienza así un recorrido que culmina en la pregunta que su padrino, el padre Manuel Sevillano, le hace en determinado momento: “Elena, te comunico de parte del Espíritu Santo ¿aceptas ser la esposa de Jesucristo?” El propio sacerdote confiesa que “Elena se quedó blanca”. Con el tiempo descubrió que la modalidad de su vocación eran las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa y, aunque no tuvo tiempo de hacer el noviciado ni profesar, recibió de las hermanas el sari blanco de las novicias, un crucifijo y los demás símbolos de su condición religiosa. La etapa final de su vida es el impresionante camino de una novia hacia su boda. Todas las noches derrama pétalos de rosas sobre el crucifijo y su médico presencia la escena en la que, tras decir que quiere ir al cielo y casarse ya, “dejó de mirarnos y miraba hacia arriba, hablando como si sólo estuviera ella, y decía: Porque te amo, porque quiero estar contigo”.

Elena Romera Santillana pidió en su testamento que su funeral se celebrase como una boda. Y así se hizo. La ataviaron con el sari blanco y eligieron cantos del Cantar de los Cantares. En su tumba pone: “Encontré el Amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás”. Su recorrido muestra que Dios puede toparse y querer a su criatura del mismo modo que lo hizo en Galilea.

Para encargarme este prefacio conspiraron definitivamente mis amigos Juan Pedro Ortuño y Darío Chimeno y contribuyeron las naranjas que me regaló generosamente de sus árboles –y con el mismo humor que Elena- el padre Manuel Martín de Nicolás, párroco de Nuestra Señora de la Visitación de Las Rozas. Todos ellos están conmovidos por esta chica. Y ocurre a veces que lo que iba a ser un favor o un trabajo se convierte en un encuentro que cambia la vida. Éste es mi caso con Elena. Espero que lo sea para ti. 
Cristina López Schlichting. 
(Prólogo del libro: YO SOY PARA MI AMADO. Editado por Editorial Bendita María. Autor: Victoria Luque).

Lo puedes encontrar en las librerías religiosas,  en las librerias Paulinas y SAN PABLO, y también puedes pedirlo en www. buenanueva.es

sábado, 15 de octubre de 2016

Mientras estés viva, siéntete viva


Tengo que escribir un artículo sobre Madre Teresa, y repasando su pensamiento y su espiritualidad, me he encontrado con este "poema" dedicado a la Mujer, me ha encantado. Tiene una sabiduría de fondo extraordinaria. Mientras estés viva, siéntete viva.






Mujer:
Siempre ten presente que la piel se arruga,
el pelo se vuelve blanco,
los días se convierten en años…
Pero lo importante no cambia;
tu fuerza y tu convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés viva, siéntete viva.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas…
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que, en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.
¡Pero nunca te detengas!

jueves, 29 de septiembre de 2016

Reina de la Paz, ruega por nosotros

Sor Enmanuelle es una monja que vive en Medjugore, desde hace 25 años. Conoce muy bien las apariciones de Maria, en Medjugore. Esta monja ha estado recientemente en España, y lo que ha dicho queda recogido en este vídeo. No tiene desperdicio.

lunes, 19 de septiembre de 2016

La fe entra por el oído (comentario al evangelio 19 septiembre 2016)

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
-«Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entran tengan luz.
Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener». (Lucas 8, 16-18)

Recuerdo clarísimamente, como si fuera ayer, que este evangelio me salió al azar durante la peregrinación a Colonia de 2005, íbamos a ver al Papa Benedicto XVI, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud. Entonces, en el autobús, cuando se proclamó este evangelio dirigido a mí personalmente, me sentí tocada y "hundida". Me removió por dentro porque yo no sabía cómo ponerlo en práctica. Era consciente de que había recibido mucho, y de que el Señor me pediría cuenta de los dones recibidos... y yo tenía la sensación de que estaba escondiendo la lámpara, mi lámpara, debajo de la mesa. Este evangelio me ayudó a coger en peso mi vida y mi historia personal. Me ayudó a fiarme de Dios, a confiar en Él. Y a dar el paso. Lo demás, lo hace Él. Él es el que toca los corazones, yo sólo tengo que dejarle hacer, y ponerme en sus manos. Esto cuesta, sí, pero cuando lo haces, sientes que eres llevada por una fuerza superior a ti, que formas parte del engranaje de Dios, y eso te llena de alegría.

La fe es algo muy delicado, es un don precioso que hay que cuidar. No vale decir, "yo tengo fe", y vivir la vida como si no la tuvieras. La fe implica una exigencia de vida, y parece una contradicción pero es cierto lo que dice Jesús, "al que tiene, se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener", ¿cómo es esto? pues creo que es de las pocas "cosas" en la vida que cuando la das, te revierte aumentada. Es muy curioso y muy gratificante. El Espíritu santo se encarga de que nuestra vasija esté siempre llena, a rebosar, si verdaderamente damos un paso al frente y ofrecemos gratis lo que gratis hemos recibido. 
"Mirad, pues, como oís", porque la fe entra por el oído, por la predicación, por la Palabra escuchada, y una vez acogida, ha de ser puesta a disposición de nuestros semejantes. Y eso sale solo, no os preocupéis... ocupaos de escuchar y acoger. Lo demás, el Espíritu Santo lo hace. Él se encarga de que brote de la boca lo que tenemos en el corazón.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Bendecidos



Hace mucho que no escribo una entrada "personal", de esas que escribo para mí, para que no se me olvide cómo el Señor actúa en mi vida. Este verano hemos ido a Cañete La Real, Málaga, y ha habido un par de cosillas que quisiera tener presente a partir de ahora. Una es que somos una familia muy bendecida por Dios. Hace mucho tiempo que no rumio esta idea... una de las cosas que me llamó enormemente la atención casi al principio de iniciar el Camino fue la frase de Dios a Abraham: "Sé tú una bendición". Aquello se me quedó grabado a fuego. Yo quería ser una bendición para mi marido, para mis hijos, para los que tengo a mi alrededor, pero no sabía cómo hacerlo. Hoy, diecinueve años más tarde, una priora de un convento de clausura, perdido en el Sur de España, me decía, mirando a mi familia: "Sois muy bendecidos por Dios". Y es verdad. Él es el que nos bendice, el mérito es suyo. El Señor ha estado grande con nosotros, lo que pasa es que a veces se me olvida.  Nos ha regalado sin ir más lejos, amor y unidad. 

Nos hemos ido todos juntos de vacaciones, el mayor de nuestros hijos: 23 años, la pequeña, 8 años. Y entre todos nosotros se ha dado el amor y la unidad. Cuando la gente me pregunta qué tal las vacaciones, y les digo que nos hemos ido los once, se asombran. Parece algo extraño que nuestra familia no se haya desperdigado, desmembrado, yendo cada cual a lo suyo. Obra del Señor, sólo de Él. Y además es que, a pesar de todo lo que hemos pasado, que no es poco -enfados, desprecios, portazos, noches sin dormir, incomprensiones, desobediencias...- a pesar de todo este maremagnum que se nos ha venido encima en los últimos años, digo, sé a ciencia cierta que nos queremos. Incomprensiblemente es más fuerte el amor. Nos queremos, nos alegramos por el bien del otro, y nos buscamos. Nos perdonamos. Qué hay más grande que esto? Si el Señor no estuviera en medio, esto no hubiera sido posible. 

Pues en este encuentro que tuvimos con las monjas de clausura de Cañete La Real (vaya nombre) hubo otra cosa que quiero reseñar... las monjas nos dieron su testimonio, nos dijeron dos de ellas cómo había sido ese encuentro tan personal, tan único, con Jesús, en el que ellas habían experimentado en su corazón que Él las quería para sí. Y fue bonito, las dos africanas, las dos jóvenes, las dos dispuestas a dar la vida encerradas entre cuatro paredes, pero libres para abrazar y amar sin límite. Digo, una de ellas dijo, "mi vocación comenzó a los 8 años, entonces fue cuando recibí la llamada de Jesús a seguirle", en ese momento, oigo un susurro a mi lado, una voz pequeñita me decía: "como yo, yo también tengo 8 años". Ahí quedó eso. 



Al salir me dijo Almudena, reclamando mi atención: "mamá, yo quiero ser monja". Al día siguiente  me lo aclaró todo: "mi profesora Delia me preguntó un día, si yo quería ser monja, y yo no supe qué decirle, pero esto me tocó el corazón". Ahora, Almudena ratificaba esta inquietud que había estado rumiando desde tiempo atrás. Quiere ser monja. Quién sabe. El tiempo lo dirá. Dios lo dirá. Pero a mí me ha hecho ilusión ver cómo el Señor sigue removiendo, llamando, buscando personas que quieran escucharle.

Estas monjitas -la mayoría africanas- cantaron para nosotros dos cantos preciosos, en su lengua nativa, el suajili, emplearon instrumentos típicos de allí. Aquellos sonaba a gloria. Después nosotros, los once, con una guitarra prestada, cantamos el Shemá Israel, y "Joselito", de Camarón. Nos regocijamos todos. Ahí también estaba Dios, mimándonos.  Fue un encuentro muy, muy entrañable. Al despedirnos les pedimos que rezaran por nosotros, que buena falta nos hace. Almudena se quiso despedir de ellas el domingo siguiente, antes de volver a Madrid, y las saludó moviendo su mano, y diciéndoles adiós; ellas le dedicaron la mejor de sus sonrisas.




lunes, 5 de septiembre de 2016

Santa Teresa de Calcuta



Estamos de enhorabuena. La Iglesia está de enhorabuena.  Agnes Gonxha Bojaxhiu, albanesa (1910-1997), fundadora de las Misioneras de la Caridad -y de los Hermanos Misioneros de la Caridad, y de los Padres Misioneros de la Caridad- ha sido declarada Santa por la Iglesia Católica. Madre Teresa, por lo demás, es todo un referente para nuestros contemporáneos, cristianos y no cristianos. Llamada en Calcuta la “madre de los desamparados”, esta mujer de ojos vivos y sonrisa entregada, de cuerpo envejecido por los años -arqueado por el peso del dolor de tantos-, esta mujer, digo, se ha convertido en todo un icono del amor al otro. Tanto es así que se recuerda su funeral en Calcuta como un hecho sin precedentes. Millones de personas acompañaron el cortejo fúnebre por las calles de esta ciudad india a la que Kipling calificaría como “la ciudad de la noche espantosa”. Numerosas personalidades y jefes de Estado presentes en el funeral, reconocían con su presencia, en esa pequeña mujer la fuerza y la impronta de Dios. Allí estaban también sus queridas Hijas, y sus queridísimos pobres, en primera fila, esos a los que nadie consideraba, esos a los que dedicó hasta el último aliento de su vida. 


Los milagros. Declarada beata el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II, ahora, trece años más tarde, el papa Francisco la declara santa, es decir, perteneciente a Dios, “propiedad personal de Dios”, hecha una con Aquel al que amó. Y han tenido que ocurrir dos sucesos extraordinarios para que la Iglesia dé el paso de declarar la santidad de Madre Teresa, el primero ocurría en 1998, Mónica Besra, madre de cinco hijos, animista, acogida por las misioneras de la Caridad en Roma tras haber sido desahuciada por los médicos, se curó inexplicablemente después de que una de las monjas le colocara sobre el pecho una imagen de Madre Teresa. El segundo milagro acaecía en 2008, cuando un brasileño -en fase terminal por graves tumores cerebrales- entró en coma y los médicos decidieron operarlo a vida o muerte. Pero la intervención quirúrgica se suspendió por problemas técnicos. Media hora después, al regresar a la sala de operaciones, “el médico se encontró al paciente sentado, asintomático, despierto, perfectamente consciente y preguntándose qué hacía allí” -señala el diario italiano Avvenire-; después se supo que la mujer de este enfermo le había encomendado a Madre Teresa.


Estos dos milagros la catapultarán al reconocimiento de su santidad, pero el mayor milagro que realizó Dios en Madre Teresa fue, sin duda, vivir como vivió. “Ama hasta que te duela -decía a sus Hijas-, si te duele es la mejor señal”. Pero ¿de dónde le venía a Madre Teresa esta urgencia de dar la vida por el otro, de amar en la dimensión de la cruz? Sin duda, de su unión íntima y personal con Dios en la oración. Sin embargo, habría que remontarse a su infancia para comprobar como ya su madre, Drana, mujer de profunda fe, inculcó en Teresa y en sus dos hermanos este deseo de sostener al desamparado. Drana, joven viuda, invitaba a su mesa -a pesar de su austera situación económica- a los más necesitados del lugar, y decía a sus hijos: “no comáis un solo bocado sin compartirlo con los pobres”. Drana, podría ser, efectivamente, si diéramos un salto atrás en el tiempo, la primera de las Misioneras de la Caridad de su hija Teresa. Por otro lado, también los misioneros jesuitas que llegaban desde India, a su pueblo natal Skopje, tuvieron mucho que ver en esta incipiente vocación de Teresa. Así, a los 12 años recibe una primera llamada, y a los 18 años ingresa en la Orden de las Hermanas de Loreto, en Dublín (Irlanda) quienes tenían una misión en India. Es así como Teresa -adopta este nombre como religiosa, dada su admiración por santa Teresa de Lisieux- dará el salto a Bengala, y allí durante veinte años se dedicará a la enseñanza, en el colegio St. Mary. 


Su “inspiración”. Después, el 10 de septiembre de 1946, en un tren con destino a Darjeeling, Teresa se sentirá profundamente amada por Dios, y le será revelado el significado de dos palabras que concentran todo el carisma de las Misioneras de la Caridad: “Tengo sed”. De esta experiencia mística no sabremos nada hasta cuatro años antes de su muerte, gracias a una carta cuaresmal escrita por Juan Pablo II sobre la sed de Jesús. Madre Teresa se sentirá movida a explicar su “encuentro” en la llamada Carta de Varanasi (25 de marzo de 1993): “Mis queridísimos hijos: Jesús quiere que os diga una vez más cuánto es el amor que Él tiene para cada uno de vosotros —más allá de todo lo que podáis imaginar— (…). No solo os ama; aún más, Él os anhela. Él tiene sed de vosotros.” Y continúa diciendo: “Hasta que no sepáis profundamente en vuestro interior que Jesús tiene sed de vosotros, no podéis empezar a saber quién quiere ser Él para vosotros. O quién quiere que seáis vosotros para Él ”. 




Por tanto, nuestra sed -nuestro anhelo de Él- está llamada a encontrarse con la sed de Dios por nosotros. Y si ponemos en concordancia el capítulo 25 de san Mateo (“Venid, benditos de mi Padre (...)porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis (…). “En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos, a mí me lo hicisteis.”) con la Palabra recibida por Madre Teresa: “Tengo sed”, hallaremos la respuesta a la labor realizada por las Hijas de la Caridad: saciar la sed de amor de Cristo a través de su reconocimiento en los más pobres de entre los pobres. 

Como decía, en ese tren Teresa siente que debe entregarse a los más pobres de entre los pobres y crear una nueva congregación. Será lo que se conoce como “la llamada dentro de la llamada”. A partir de ahí, surgirán las hermanas del sari blanco, y el hogar de los moribundos, y el hogar para los niños abandonados, y el de los leprosos. Y la ciudad de la paz. Hoy su obra se ha extendido por 123 países, y abarca 610 misiones; también en nuestro mundo desarrollado tiene cabida la obra de Madre Teresa. Precisamente entre nosotros existe una pobreza aún más fuerte que la material, y es la pobreza humana y afectiva: la soledad, el abandono, la angustia, el egoísmo... ¿existe una pobreza más profunda que esta?. Dirá Madre Teresa: “La pobreza no solo consiste en tener hambre de pan, sino que más bien es un hambre tremenda de dignidad humana. Necesitamos amar y ser alguien para otra persona.” 


Su noche oscura. Se ha hablado mucho de las cartas personales que Madre Teresa escribió a varios amigos íntimos y en las que se desvela un desierto espiritual que la hizo sufrir durante mucho tiempo. Sin embargo, según el postulador de su causa, el p. Kolodiejchuk, lo que hizo “heroica” su vida fue precisamente su fidelidad a Dios a pesar de esta falta de consuelo. Madre Teresa debía experimentar este “no sentirse amado”, que es según ella misma, “la pobreza más grande en el mundo de hoy”, por ello comprendió y asumió en su propio ser ese abandono de su Amado como algo real que le acercaba a sus pobres y la identificaba con el sufrimiento de Jesucristo en Getsemaní y en la cruz, cuando pregunta al Padre: ¿Por qué me has abandonado?. Según el padre Kolodiejchuk, Madre Teresa pasó -como otros tantos santos- no por una crisis de fe, sino por una “prueba de fe”, hasta alcanzar como dijo uno de sus confesores, “una fe pura y desnuda, sin sentir nada”. Los misioneros y misioneras de la Caridad tienen ese carisma, no sólo el de compartir la pobreza material, sino también la espiritual. Ser el último, con los últimos de la sociedad.

(Victoria Luque. Cooperador Paulino. Septiembre 2016)

domingo, 4 de septiembre de 2016

Muere asesinada Isabel Solá, misionera en Haití


Ayer sábado 3 de septiembre murió, tiroteada en Puerto Príncipe mientras conducía su coche, al parecer víctima de un atraco, la misionera española Isabel Solá. Vivía en Haití desde 2009, y pertenecía a la Congregación Jesús - María. Traigo a esta página su testimonio de fe, escrito tras el terremoto que en 2011 asoló Haití. 

Isabel, como tantos otros misioneros, ha entregado su vida por amor al hombre, y al evangelio. Que el Señor la tenga junto a Él. 




22 de Julio de 2011

Cuando volé hacia Haití hace tres años, recuerdo el desgarro que sentí por lo que deje en África, el vértigo del salto que me tocaba dar hacia lo desconocido  y a la vez  recuerdo también  la libertad que me daba la decisión de dejarlo todo una vez más  por ayudar a construir ese Reino que siempre creí que Dios tiene pensado para nosotros.


Lo que no me podía ni imaginar cuando volaba hacia Haití era todo lo que me esperaba  en este pequeño y sufrido país. Y esas son las sorpresas y lecciones que Dios nos tiene preparadas.

Para empezar no me podía imaginar lo que era realmente la miseria de Puerto Príncipe,  pero tampoco lo impotente que me iba a sentir en medio de ella. De tal modo, que al final, para poder vivir allí, tuve que comprender y aceptar que no estaba allí para salvar a nadie o para cambiar nada. Y ni por asomo me podía imaginar  que un terremoto me iba hacer bajar la cabeza literal y espiritualmente hasta hacerme comprender profundamente que el único que salva es Jesús. No me podía imaginar que me iba a tocar sobrevivir una de las mayores catástrofes de la historia  y que esto cambiaría radicalmente mi concepción de la vida, del sufrimiento, de la muerte y de la fe.

Después de vivir algo así,  he experimentando cada día como un regalo de Dios y que no merecemos nada, todo es don, tanto lo que consideramos bueno como lo malo: que el sufrimiento no es algo malo que nos ocurre sino una lección que no hay que saltarse porque nos hace más humanos y menos ambiciosos.  Tras el terremoto, la tentación del desaliento y  de la queja a Dios era  enorme. Estuve muy triste, desanimada, chocada y rebelde. Me reprochaba a mi misma haber salido con vida y como muchos, me preguntaba por qué Dios permitía algo así en un pueblo tan castigado a lo largo de  la historia. Pero el pueblo haitiano nunca tuvo esa reacción: Rezar, aceptar, cantar y pedir fortaleza. Esa ha sido su reacción. En lugar de quejarse y rebelarse, han pedido coraje y fuerza para llevar el sufrimiento. Tanto sufrimiento ha hecho de ellos un pueblo tremendamente humano, humilde y valiente. Entre los escombros volvían a plantar sus sombrillas para seguir vendiendo y ganarse la vida. La vida continúa y Dios está con nosotros. Esa era su única certeza. Mientras yo me lamentaba, ellos seguían caminando.  Los escuche cantar con lagrimas "Gracias, Señor!" y eso desmonto todos mis esquemas, aun sin acabarlo de entender. No sé por que, pero aunque mi cabeza no lo entiende, mi corazón, si. 

Mi vida religiosa la siento, ahora más que nunca, como un regalo que no merezco, así como la vida que Dios me ha querido guardar, entiendo que mi misión en esta vida no es hacer y hacer, sino de ser y ser.porque por muchos proyectos, trabajos, planes  que esté llevando adelante, al final lo más importante es lo que somos y no lo que hacemos. No creo que Dios me haya mantenido con vida solo para hacer algo. porque yo no puedo salvar nada ni a nadie pero puedo ser una hermana para mis hermanos. Y es lo único que ahora me importa.

Tengo la curiosa experiencia de que me falta todo y me sobra todo.  Si entendéis eso, quizás es porque también, alguna vez, os paso un terremoto por encima que os aplastó, os derrumbó, os machacó, os hirió, os amputó . pero no acabó con lo más importante, que es  las ganas de vivir, de creer y quizás de servir.  No deseo el sufrimiento a nadie, por supuesto, pero como este es inevitable, lo que  quisiera es que aprendiéramos las lecciones que este nos da de humanidad, humildad y simplicidad que es lo que verdaderamente  necesitamos para ser felices.

Pensareis que como puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria,  entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera...  Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar  y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia,  mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios.
Y si no. venid y lo veréis.

Aprovecho también para agradecer de corazón lo que desde España habéis hecho y recogido para ayudar a Haití, soy testigo de vuestra inmensa solidaridad y apoyo en los momentos más duros que hemos vivido. De corazón, y en nombre de todos los haitianos, gracias.

Isa Sola  RJM
Religiosa de Jesús - María
Puerto Príncipe
HAITI