viernes, 28 de abril de 2017

La última vez que hiciste algo por primera vez

 Os dejo esta entrada de mi hijo Jose, de Erasmus en Gante. Me ha parecido tan "verdadera" que no he resistido la tentación de copiarla tal cual. Espero que os ayude tanto como a mí me ha encantado leerla.  Copio también el enlace de su blog por si queréis seguirle más de cerca.

https://anunusualstory.blogspot.com.es/2017/04/la-ultima-vez-que-hiciste-algo-por.html?spref=fb



Para acceder al gimnasio al que he empezado a ir en Gante tienes que ascender por una escalera de caracol el equivalente a dos pisos, como si el esfuerzo de llegar al gimnasio en sí te preparara para lo que vas a vivir a continuación. Allí, escrito en letras gigantescas se encuentra el siguiente mensaje:
When was the last time that you did something for the first time? 
(¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?)



La primera vez que lo leí me sonreí para mis adentros porque era la primera vez que iba a un gimnasio con intención de volver, y pensándolo más tarde me sentía contento por la cantidad de cosas que he hecho por primera vez este curso.

Desde que estoy en Bélgica he vivido por primera vez solo, he conocido gente de países que sólo había visto en un mapa, he cocinado mi primera tortilla de patatas y mis primeros espaguetis a la carbonara (receta italiana); he explorado Copenhague en bicicleta; he "bailado" salsa y he hablado francés por primera vez más de cinco minutos seguidos; he pedido patatas y cerveza en holandés; he probado por primera vez más de treinta cervezas belgas diferentes; he trabajado por primera vez en un restaurante y en una empresa de alta tecnología; he visitado por primera vez ciudades como Londres, Bruselas, Colonia o Rotterdam... Y podría seguir...

El viernes celebramos las bodas de plata de mis padres: 25 años de matrimonio. Y me hacía pensar en cuándo fue la última vez que mis padres hicieron algo por primera vez, ellos que llevan eligiendo cada día a la misma persona durante veinticinco años y que han sacrificado precisamente el probar muchas cosas nuevas por mis hermanos y por mí.

Estamos muy acostumbrados a escuchar que hay que escapar de la rutina, que debemos experimentar y vivir cosas nuevas y que la felicidad es la suma de buenos momentos. Sin embargo, el viernes me di cuenta de que todas las experiencias que mencionaba antes no me han hecho feliz realmente. Me siento muy agradecido por ellas pero no me sacian, no consiguen llenar mi depósito de felicidad. He tenido que irme a más de dos mil kilómetros para darme cuenta de que me llena más ir al cine con mis hermanas pequeñas o jugar al fútbol sala en el polideportivo de siempre que ver por primera vez el Big Ben o pasar una noche de fiesta en Overpoort.

No me entiendas mal, querido lector, para mí todo lo que he estoy viviendo nuevo este año está siendo un regalo y me está haciendo crecer en muchos aspectos; lo que trato de combatir es la idea de que sólo podemos ser felices escapando de la rutina. Porque mi año está siendo de todo menos rutinario y no he encontrado ahí nada especial per se. Es más, tiendo a pensar que todo lo verdaderamente valioso es consecuencia de una repetición, de una rutina, que para construir algo sólido en cualquier aspecto - acabar una carrera, formar una familia, cimentar una amistad, practicar una afición - uno necesita de la práctica, del hábito, de la costumbre. A veces, si me apuras hasta del mismo aburrimiento.

La primera vez que toqué la guitarra fue una experiencia estupenda. Cada cuerda tenía un sonido diferente y cada traste variaba el tono de la nota pulsada. Poco a poco, empecé a aprender los acordes y los ritmos pero sonaba mal y era algo desesperante. Sin embargo, con el tiempo y algo de práctica - de rutina - aprendí a cantar y a tocar a la vez. La experiencia de cantar y tocar a la vez fue incluso mejor que coger la guitarra por primera vez. Después aprendí algún punteo, a adecuar la cejilla a la voz, a cambiar las notas cuando era necesario. Un par de veces incluso compuse un par de canciones malísimas. La experiencia de tocar algo compuesto por ti es incluso mejor que cantar y tocar a la vez una canción random. Varias veces rompí las cuerdas y tuve que reemplazarlas, pero aunque era un fastidio no era el fin del mundo. Poco a poco empiezas a vivir la guitarra como algo tuyo y hasta sientes que te falta algo cuando te pasas un tiempo sin tocarla. Y pese a que has tocado la guitarra miles de veces, hacerlo te hace feliz.

Esto que parece obvio con una guitarra se nos ha olvidado en muchos aspectos de la vida. Queremos sentir cosas todo el rato como si eso significara amar, valoramos más el subidón del principio que el esfuerzo constante de aceptarse y construir algo duradero; queremos tocar la punta del Everest sin escalar la montaña sólo por el selfie; buscamos llegar al diez -o al cinco- sin estudiar lo que hace falta y queremos ser Paco de Lucía sin que nos salgan callos en los dedos.

Quizás se nos ha olvidado amar y cuidar a nuestra guitarra. Quizás valga más la pena perseverar y aprender a amar rutinariamente que cambiar el objeto de ese amor. Quizás no necesitamos hacer algo por primera vez sino encontrar aquello que repetiríamos mil veces. Darle un sentido que trascienda hasta los momentos de fatiga y sufrimiento. Y entender que, aunque a veces no nos apetezca tocar la guitarra, eso no quiere decir que no nos guste hacerlo.

Puede que todo lo que he escrito tenga algo que ver con las bodas de plata de mis padres, pero no puedo asegurarlo. Lo que sí sé es que la segunda vez que fui al gimnasio en Gante y leí la frase me di cuenta de que ya no era la primera vez que iba. Me sonreí para mis adentros porque ir al gimnasio por primera y última vez no habría tenido ningún sentido.



miércoles, 26 de abril de 2017

Si la sal no sala, será echada fuera


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos». (Mateo 5, 13-19)

La sal en otro tiempo era un bien muy preciado. Incluso los pueblos pagaban con sal, porque sin ella las comidas no tenían sabor, resultaban insípidas, por ello era un elemento muy codiciado. Es recurrente para explicar este evangelio el ejemplo de la sal vertida con moderación en el cocido. Si echamos mucha sal, aquello no hay quien lo coma, lo expulsamos de la boca con más de un aspaviento... si por el contrario olvidamos echar una pizca de sal al cocido, este quedará insípido, y tampoco meteremos la cuchara en el plato más de dos veces. En cambio, la pizca de sal, la medida oportuna de este elemento insignificante, dará sabor a todo el cocido, y será un verdadero manjar para quien lo coma.

Esto mismo ha de ser aplicado a nuestra cotidianeidad como cristianos, una pizca de fe puede hacer que esta o aquella persona sea "salada", conozca el amor de Dios, empiece a ver su vida con otros ojos... si por el contrario obviamos decir la palabra oportuna a esa persona que sufre, entonces seremos insípidos, sosos, no valdremos mas que para ser tirados fuera, al mundo, allí donde nadie tiene esperanza. Y seremos pisoteados, machacados por la concupiscencia, los placeres, la esclavitud del dinero... ¿por qué? porque hemos fallado en nuestra misión. Porque nos hemos dispersado, porque no hemos sabido ser sal. Y todo se nos vuelve en nuestra contra. No olvidemos que no hemos elegido nosotros, sino que Él, Jesucristo, nos ha elegido primero. 

 Por otra parte, y volviendo al tema de la sal, si echamos a la cazuela puñados de sal, o lo que es lo mismo, empezamos a dar "cristazos" por aquí y por allá es más que probable que nuestro esfuerzo resulte inútil. Porque en ese caso nos faltará algo fundamental, la caridad hacia el otro. Y sin ésta, ya sabemos que todo intento de salar, de dar a conocer a Dios es infructuoso. 

Así pues, hermanos, salemos con paz en el corazón, con Espíritu santo derramado, con sencillez y humildad, pero también con valentía. Porque esta es en definitiva nuestra misión, darle a conocer a Él, supremo bien, y a su Hijo Jesucristo.Y en esta labor llevamos ya la recompensa. Porque el Señor, lo sabemos de sobra, es el mejor pagador. (Su paga es la alegría de la salvación, la paz del corazón, la satisfacción del trabajo bien hecho). Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer. 


jueves, 13 de abril de 2017

25 años de casados





Escribo esto para que no se me olvide. Dentro de una semana haremos 25 años de casados, Jose y yo. Toda una vida juntos, sí. Ya llevamos más años juntos, que cada uno por separado. Y tengo que decir que no me merezco al hombre que Dios ha puesto a mi lado, no, no lo merezco. Durante muchos años, he sido una necia de tomo y lomo; tenía tan idealizado lo que debía ser un matrimonio que no me he dado cuenta de que hería y despreciaba, sí, al compañero de mi vida. Tenía tan sobrevalorado el "sentimiento", que olvidé que el matrimonio se fundamenta también en la voluntad. En querer amar y dar la vida por quien tienes al lado. Con el "sentimiento" no se conoce a una persona; a la persona se la conoce a través del sufrimiento, a través de las tribulaciones que juntos hemos pasado. Satanás me engañó con los afectos. Me sentía no querida, y esto lo catapultaba sobre mi marido. Pensaba que yo era la buena, la que llevaba el peso de la familia, la guay, y que él, pobrecito, no daba más de sí... le daba de lado, no le consideraba, no valoraba su peso como padre de familia y como esposo. Una aberración. Sin embargo, él ha llevado todo esto calladamente, sin abrir la boca, evadiéndose sí, con el ordenador, donde pasaba horas y horas. En realidad, era la pescadilla que se muerde la cola.

Yo le despreciaba y él se refugiaba en su mundo particular, y yo, viendo esta actitud, me reforzaba en mi alejamiento de él. Así hemos estado muchos años, muchos.... y no sé cómo hemos podido avanzar, o sobrevivir a esta situación... ahí veo que a pesar de nosotros mismos, el Señor ha sido fuerte, ha salido en favor nuestro, porque a pesar de todo esto, y gracias a las celebraciones de Palabra, a las Eucaristías, a los hermanos de comunidad, y a Dios mismo que se nos ha hecho presente tantas veces en nuestro matrimonio... digo, que a pesar de esta herida mortal con la que vivíamos, a pesar de ello, nuestro vínculo matrimonial ha salido reforzado. Impensablemente. Fuera de toda lógica.
Si miro atrás, ahora le quiero muchísimo más, mucho, mucho, mucho más que cuando nos casamos. No hay punto de comparación. También las tribulaciones unen, y el Señor nos ha hecho pasar por unas cuantas...  hemos madurado como personas, como matrimonio y como cristianos. Ahora recuerdo el evangelio del día de nuestra boda:  "vendrán los vientos, soplarán sobre la casa, pero la casa resistirá porque está cimentada sobre roca".

Hoy hemos tenido Jose Manuel y yo, junto con nuestra comunidad, el rito de fin del Camino Neocatecumenal, en breve tendremos la renovación de las promesas bautismales; en la Pascua, y por pura gracia de Dios se nos impondrá la vestidura blanca, -sí, la que usan también los recién nacidos cuando se les bautiza en la pila bautismal-. Pues eso, seremos revestidos como hijos de Dios y herederos del cielo. Nacemos a una vida nueva, salimos a la vida de ese útero que es la Iglesia a la vez que nuestra cabeza,  Jesucristo. El cuerpo de nuestra comunidad, unido a la cabeza. Impactante. Hemos sido engendrados por el esperma del Espíritu hace casi 20 años, ahora -tras este camino largo de conversión y de renuncia a Satanás y sus obras, pompas y seducciones- surge una nueva criatura que tendrá con la ayuda de Dios, la impronta de Jesucristo.

Hoy, al hacer la renuncia a Satanás en un acto solemne en la parroquia, le he echado en cara a ese cabronazo el engaño en el que me había envuelto. Tantos años juzgando a mi marido, tanto tiempo detrás de un "ideal" de matrimonio que sólo existía en mi cabeza, dejando a un lado lo más importante, la aceptación de Jose Manuel tal y como es, también con sus defectos y pecados porqué no... ¿Acaso yo no los tengo? ¿Acaso soy perfecta? Satanás me engañó con esto, con la imperfección de mi marido y de mi familia, pero gracias a Dios la venda se ha caído de mis ojos. La bestia me ha robado durante mucho tiempo el poder vivir el sacramento del matrimonio en plenitud. Hoy empieza una vida nueva. Hoy el Señor nos regala una nueva oportunidad, una vasija nueva, un odre nuevo. Y para culmen, dentro de nada tenemos nuestras Bodas de Plata. Un regalo precioso que viviremos junto a nuestra comunidad que tanto nos ha ayudado, y junto a nuestros amigos y familia.
Verdaderamente el Señor está siendo grande con nosotros, y por esto, estamos alegres.


Postdata: Nuestro matrimonio ha resistido porque Tú has estado con nosotros todos estos años. La obra de ingeniería es tuya, Señor. Tu has salido fiador por nosotros, cuando no dábamos un duro por nuestra relación. Tú y sólo tú eres el artífice de esta unión, cimentada sobre roca. Tu eres el que nos das el vino nuevo. Tú el amor de nuestras vidas. Tú el garante de nuestra ilusión. Tú el que nos has abierto los ojos a la verdad, porque "la verdad os hará libres". Es cierto, nunca te podremos agradecer bastante que hayas estado ahí, con tu Palabra, con tu cuerpo y con tu sangre en los momentos de debilidad. La verdad nos hace libres, y fuertes. Y eso es obra tuya.

Gracias Señor porque lo haces todo bien, me has dado a la persona adecuada con la que compartir mi vida, en la que apoyarme en los momentos duros. Él me ha querido de verdad, Señor, y yo no me he dado cuenta hasta hace relativamente poco... Señor, te agradezco este regalo maravilloso que me hiciste hace 25 años, y te pido que no tengas en cuenta mi necedad.  Dame Señor la oportunidad de amar a mi marido como tú le amas. Concédeme Señor la gracia de un matrimonio según tu voluntad.