miércoles, 26 de abril de 2017

Si la sal no sala, será echada fuera


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos». (Mateo 5, 13-19)

La sal en otro tiempo era un bien muy preciado. Incluso los pueblos pagaban con sal, porque sin ella las comidas no tenían sabor, resultaban insípidas, por ello era un elemento muy codiciado. Es recurrente para explicar este evangelio el ejemplo de la sal vertida con moderación en el cocido. Si echamos mucha sal, aquello no hay quien lo coma, lo expulsamos de la boca con más de un aspaviento... si por el contrario olvidamos echar una pizca de sal al cocido, este quedará insípido, y tampoco meteremos la cuchara en el plato más de dos veces. En cambio, la pizca de sal, la medida oportuna de este elemento insignificante, dará sabor a todo el cocido, y será un verdadero manjar para quien lo coma.

Esto mismo ha de ser aplicado a nuestra cotidianeidad como cristianos, una pizca de fe puede hacer que esta o aquella persona sea "salada", conozca el amor de Dios, empiece a ver su vida con otros ojos... si por el contrario obviamos decir la palabra oportuna a esa persona que sufre, entonces seremos insípidos, sosos, no valdremos mas que para ser tirados fuera, al mundo, allí donde nadie tiene esperanza. Y seremos pisoteados, machacados por la concupiscencia, los placeres, la esclavitud del dinero... ¿por qué? porque hemos fallado en nuestra misión. Porque nos hemos dispersado, porque no hemos sabido ser sal. Y todo se nos vuelve en nuestra contra. No olvidemos que no hemos elegido nosotros, sino que Él, Jesucristo, nos ha elegido primero. 

 Por otra parte, y volviendo al tema de la sal, si echamos a la cazuela puñados de sal, o lo que es lo mismo, empezamos a dar "cristazos" por aquí y por allá es más que probable que nuestro esfuerzo resulte inútil. Porque en ese caso nos faltará algo fundamental, la caridad hacia el otro. Y sin ésta, ya sabemos que todo intento de salar, de dar a conocer a Dios es infructuoso. 

Así pues, hermanos, salemos con paz en el corazón, con Espíritu santo derramado, con sencillez y humildad, pero también con valentía. Porque esta es en definitiva nuestra misión, darle a conocer a Él, supremo bien, y a su Hijo Jesucristo.Y en esta labor llevamos ya la recompensa. Porque el Señor, lo sabemos de sobra, es el mejor pagador. (Su paga es la alegría de la salvación, la paz del corazón, la satisfacción del trabajo bien hecho). Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.