lunes, 29 de diciembre de 2014

Mi balance, de Yo soy para mi amado



Después de poco más de un año de la publicación de Yo soy para mi amado, quisiera hacer balance y dar las gracias a tantas personas que han acogido este libro como algo precioso para sus vidas, y lo han recomendado a amigos y conocidos. Es curioso como el libro se difunde solo. Va de boca en boca y de mano en mano, y aún hoy, después de un año de escribirlo, me asombro de cómo el bien se mueve solo. No necesita de presentaciones, o argucias publicitarias, la historia de Elena Romera va de prestado muchas veces, quien la lee, presta el libro a otro, y también compra varios para regalar. La historia de Elena tiene tanta fuerza que no necesita mas que un corazón abierto que pueda acoger esta experiencia de Dios. Y este hecho para mí es una satisfacción grande, a la vez que una gran responsabilidad, porque me gustaría que su relación íntima y personalísima con Dios llegase a cuantos más, mejor, porque lo que Elena vivió puede y debe ser vivido por cada uno de nosotros.


El libro va por la tercera edición y para mí -como he dicho ya muchas veces en las distintas presentaciones que hemos hecho- ha sido un regalo enorme poder escribirlo. Y ha sido un regalo porque conocer la vida de Elena Romera, a mí personalmente me ha ayudado en la fe, y sobre todo, en la visión de trascendencia. Todo no acaba entre estas cuatro paredes que forman el mundo. Hay mucha vida, y de la buena, más allá de lo que nosotros tocamos con nuestras manos...  Ahora sé -porque lo he visto en Elena- que se puede ser santo en medio de las cosas que te pasan cada día. Ahora sé que se puede ser feliz abrazado a la cruz, porque en esa cruz no estás solo, Jesucristo está contigo. Ahora sé -porque Elena me lo ha dejado patente- que existe el cielo y la VIDA con mayúsculas.

Este libro, además, ha sido hecho desde el amor, porque los que han colaborado en él -y han sido muchas personas- se han visto impulsados por una fuerza superior a cada uno de ellos. Se han sentido impulsados por una NECESIDAD, la de dejar constancia de lo que Elena ha significado para sus vidas. Querría decir aquí, en este momento, que este libro está especialmente dedicado a aquellos que están buscando, que quieren encontrar un sentido real a sus vidas. Porque Elena buscó y encontró. 


Por otra parte, el libro narra en el fondo, una historia de amor, la de una novia muy enamorada (Elena) de su Amado, Jesucristo. Estamos acostumbrados a contemplar la relación del hombre –o de la mujer- con la trascendencia como algo estático, frío; muchas veces esta relación religiosa la vemos estructurada en cumplimiento de normas, imposiciones, leyes… cuando en realidad todo aquel que se encuentra con Jesucristo en su vida lo que vive realmente es un encuentro de amor. Algo fantástico. Todo el que ha tenido una verdadera experiencia religiosa está realmente vivo por dentro. Y esta fuerza “amorosa” es la que hace que se done a los demás… todo santo, todo apóstol, todo testigo se ha sentido primero amado de una forma única, especial… y esto lo experimenta también Elena. Para Elena Romera, Jesucristo es el Amado. Le dirá a una amiga… “me han salido muchos novios, pero desde que me encontré con uno, ninguno le llega a Éste a la suela de los zapatos”.

Los santos redescubren en la Iglesia una verdad: que el cristianismo no es una utopía, una filosofía o una ideología de buenas intenciones, sino la realización de un seguimiento, de un “hacer carne” en la propia vida, la Persona de Jesucristo. Y Elena, al final de su vida, era otro Cristo sobre la tierra. Esto no lo digo yo, lo dicen todos aquellos que la han conocido y está reflejado en el libro.


Dice Cristina López Schlichting, en el prólogo del libro, que se vislumbra esa vida interior de Elena, esa relación íntima con su Señor. Yo creo que hubo un momento en que Elena le dijo a Dios: HÁGASE. Le dio carta blanca para que actuara en su vida. Y después, todo vino rodado. Ya no importaba que la enfermedad fuera invadiéndola, porque lo único importante era hacer la voluntad de Dios. Ella no pedía en la oración la sanación, pedía hacer la voluntad de su Padre, que la amaba incondicionalmente... Elena se sintió profundamente amada por Dios y eso le daba alas... tenía una fuerza impresionante para hablar a los jóvenes... salía por las zonas de copas con la silla de ruedas y con la pierna ortopédica, y les decía... tocad, tocad...toc, toc,toc, ¿veis? Es de mentira, esta pierna es de mentira pero yo soy feliz, porque mi Padre Dios me quiere, y os digo que yo lo he tenido todo: amigos, popularidad, ligues, he tenido un cuerpo 10, he sido deportista... y eso no me ha hecho feliz. El que me ha hecho feliz ha sido Jesucristo... por eso os digo, no perdáis el tiempo con otras cosas. Buscad a Cristo, buscad el amor de Dios... Él es el que os dará la verdadera felicidad.

Por qué no te crees que puedes ser santo… le dijo Elena a su hermano Pablo, dos o tres días antes de su muerte; esto mismo me pregunto yo, y dejo la pregunta en el aire, para que la pensemos todos... porqué no te crees que puedes ser santo... Mirando a Elena vemos que es posible. Que no es una utopía. De hecho, mirando a Elena podemos atisbar el Amor que Dios nos tiene.
Postdata: Por si alguno quiere leerlo, os dejo los datos: YO soy para mi Amado. autor: Victoria Luque. Ed. Bendita María. 18 euros.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Aparquemos nuestra esterilidad -comentario evangelio-

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada. Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso.

Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor. Pero el ángel le dijo: - «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.»

Zacarías replicó al ángel: - «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.» El ángel le contestó: - «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se  cumplirán en su momento.»
El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: - «Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres.» (Lucas 1, 5-25)


Dice la lectura del evangelio de hoy, que Zacarías e Isabel eran justos ante Dios, es decir, que trataban de vivir según la voluntad de Dios. Pero ambos tenían un sufrimiento interno, algo que de alguna manera les robaba la paz: no podían tener hijos. Esto, para Isabel era una humillación de cara a sus congéneres, pues el pueblo de Israel, como sabemos, valoraba –y valora- mucho la maternidad. Y ella, como mujer, seguramente sentiría que no había cumplido una misión para la que, en principio, habría de estar dotada: dar la vida. Zacarías también sufría por esto, y más si cabe, si tenemos en cuenta que era sacerdote del templo, y, que, pese a ello, Dios no le había concedido la gracia de ser padre. En este escenario, y según cuenta el evangelista Lucas, estando en el santuario, Zacarías tiene una visita, el ángel Gabriel le anuncia que Dios le va a conceder lo que tanto anhela, tener un hijo. Pero Zacarías duda, no se fía de que Dios tenga poder para cumplir lo que ha prometido… y queda mudo. Cuando uno no ve el amor de Dios a su alrededor, entonces enmudece.  Zacarías no puede hablar de la acción de Dios en su vida porque no la ve, y por tanto, no puede alabar ni bendecir. Y esta actitud es un termómetro para cada uno de nosotros. Si no hablamos, si no nos surgen las palabras de agradecimiento a Dios en nuestra historia personal, si estamos mudos, es porque no Le hemos conocido, y si esto es así, hermanos, algo falla en nosotros. Deberíamos volver a la fuente. Es momento de escuchar a Juan el Bautista: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca”.

Por otra parte, quisiera hacer notar aquí un detalle: no es la primera vez que Dios elige a una mujer estéril para darle aquello que tanto ansía, ese hijo que, además, hará cosas grandes. Sansón, Samuel, Juan el Bautista… son elegidos ya desde el vientre materno; y Dios deja claro desde el principio que son elegidos para una misión. Para, de alguna manera, traer el cielo a la tierra. Para dar a conocer el amor de Dios por cada hombre concreto. También esta será la misión de Juan el Bautista, preparar el camino al Señor. Allanar sus sendas… y aquí y ahora os propondría a todos los que leéis estas líneas que dejáramos aparcada nuestra “esterilidad”, que demos el paso siguiente, nacer a esta vida nueva que hoy se nos propone. Y hagámoslo con cosas concretas, busquemos la reconciliación, la concordia y la paz… deshagamos entuertos, ¿a quién tengo que pedir perdón? ¿con quién tengo que reconciliarme? Ve, y hazlo. Así preparamos realmente el camino del Señor. Hoy conviértete y cree que Cristo Jesús está naciendo ya en ti: escucha, sonríe, alienta, ama. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Una aproximación a Teresa de Jesús





Tengo una hija que se llama Teresa. Y si he de ser sincera, en la elección de su nombre pesó -y mucho- la figura de la Madre Teresa de Calcuta, aunque también tuvieron algo que decir Teresa de Jesús y Teresita de Lisieux. Quería que mi hija estuviera bien arropada desde el cielo, y qué mejor cosa que encomendarla a estas santas Teresas... ahora, en el quinto centenario del nacimiento de la santa de Ávila, he buceado un poco en su vida y en su obra. Y me he quedado sorprendida de tanta hermosura... parecería que los santos ya no tienen nada que aportarnos. Y no es así, ni muchísimo menos. Teresa de Cepeda y Ahumada tiene una vida aventurera, recorre España fundando conventos, pero no sólo eso, tiene una vida interior desbordante, y lo mejor, es que lo cuenta. Ella, por obediencia a sus confesores, va narrando su relación personal, íntima, con su Señor. Y es una delicia. También se desnuda -literariamente hablando- en su Libro de la Vida, esta mujer, nacida hace cinco siglos, parece un testigo actual del amor de Cristo Jesús. Y es que cuando uno está lleno, rebosa, y desborda y empapa todo lo que toca.

Pero Teresa de Ávila no fue santa desde el día uno de su nacimiento, no. Teresa tenía buen fondo, como lo tenemos todos, porque eso Dios nos lo ha grabado a fuego en el corazón... Teresa buscaba, pero también se dejó llevar por las veleidades del mundo. Ya de niña se sintió impulsada a hacer grandes cosas, a dar la vida por Jesús yendo al encuentro de los moros -se escapó con su hermano Rodrigo, alimentando la idea del martirio-; pero, después, pasados los años, también tuvo sus vanidades, sus romanticismos ñoños -ella confiesa que le hicieron mucho daño los libros de caballerías- e incluso su padre la lleva a un convento interna para que serene un poco el espíritu -también había quedado huérfana de madre, y el padre lo vio conveniente-.

Resulta interesante observar cómo Teresa, ya monja carmelita con 20 años, necesitará otros veinte para escoger realmente el camino de Dios. Teresa de Jesús, ya en el convento de la Encarnación, en Ávila, experimentará la sequedad del espíritu durante muchos años; entraba y salía del convento para pedir ayuda económica a las señoras pudientes de Ávila, confraternizaba con unos y otras, y todo esto le robaba la paz... por fin, experimenta ese encuentro personal con Cristo un día, ante un cuadro de Jesús llagado. Un encuentro que le cambia la vida. A partir de ahí, ella decide optar seriamente por Cristo y se aleja de todo aquello que la perturba interiormente. A partir de entonces Teresa experimenta las delicias del Amor de Cristo Jesús a través de encuentros místicos que han quedado reflejados de alguna manera en sus escritos (Las Moradas o Castillo Interior).

A Teresa de Jesús le debemos la reforma del Carmelo. Ella, con un pequeño grupo de monjas -cuatro, que más adelante llegará hasta 13-, decide fundar en pobreza. Se traslada a una casa pobre, a la que pone bajo la protección de San José y comienza un nuevo estilo de vida, donde la oración toma una nueva perspectiva, se hace misionera. Este punto me ha llamado mucho la atención. Las carmelitas descalzas que más adelante se localizarán en distintos puntos de España -hasta 16 conventos llegó a crear- y del  mundo, usan la oración con un talante misionero. No olvidemos que en el tiempo de Teresa de Jesús (siglo XVI) eran frecuentes las idas y venidas de misioneros al nuevo continente descubierto por Cristóbal Colón. Tampoco olvidemos que santa Teresita de Lisieux, patrona de las Misiones, era carmelita, y nunca abandonó el convento.

El tiempo que le tocó vivir a santa Teresa de Jesús, por otra parte, fue muy convulso, estaba en plena efervescencia la rebelión de los protestantes y la separación de éstos respecto de la Iglesia católica.Y Teresa y sus monjas aúnan el discernimiento de los signos de los tiempos, la oración, y la misión. Santa Teresa no se evade, conoce la realidad y la pone a los pies de Cristo Jesús. Esa realidad llevada a la oración, se convierte en impulso misionero; y Teresa funda conventos con una alegría y una paz arrolladoras, a la vez que con un cuerpo -el suyo- debilitado por la enfermedad, que, por otro lado, será una constante en su vida.

Doctora de la Iglesia, escritora y mística, Teresa de Jesús nos ha dejado un legado impresionante que conviene desempolvar. Acabo con unas palabras del arzobispo Ricardo Blázquez, con motivo de la apertura del V Centenario: "Teresa de Jesús fue una mujer de humanidad arrolladora, de excelente
pluma, de desbordante actividad, de una capacidad admirable para descubrir la presencia del Señor, entre los “pucheros” (cf. Fundaciones 5, 118), para adentrarse en los itinerarios más íntimos del hombre con un instinto penetrante en el análisis y certero en la valoración, para recorrer los caminos en carromatos y pasar malas noches en malas posadas. Estaba tan presente en el mundo como embebida en la conversación con Dios. No se desentendía de las cosas ni secularizaba su corazón. Ella nos enseña que cuando las palabras se secularizan es señal de secularización del espíritu y de la vida, cerrando de esta forma la vía a la evangelización".


"En la cruz está la gloria, Y el honor,
Y en el padecer dolor, Vida y consuelo,
Y el camino más seguro para el cielo." (Teresa de Jesús)






martes, 2 de diciembre de 2014

María, ¿sabías?

Este video está arrasando en You tube. Lleva 13.625.500 visitas en unos pocos días. Os dejo la letra de la canción, el grupo que la canta es Pentatonix.

¿María sabías? 
María, ¿sabías que tu bebé caminaría un día sobre el agua?
María, ¿sabías que tu bebé salvaría a nuestros hijos e hijas?
¿Sabías que tu bebé vino para hacerte nueva?
Que ese niño que tú diste a luz, pronto te traería a la Luz
María, ¿sabías que tu bebé dará la vista a un hombre ciego?
María, ¿sabías que tu bebé calmará una tormenta con su mano?
¿Sabías que tu bebé ha caminado por donde los ángeles pisaron?
Que cuando besabas a tu pequeño niño besabas el rostro de Dios.
¿María, sabías? ¿María, sabías?
Los ciegos verán, los sordos oirán
Los muertos volverán a vivir
Los paralíticos saltarán,
Los mudos hablarán las alabanzas del Cordero.
María, ¿sabías que tu bebé es el Señor de toda la creación?
María, ¿sabías que tu bebé gobernará un día las naciones?
¿Sabías que tu bebé  es el Cordero Perfecto del cielo?
Que el Niño dormido que sostienes es el Gran YO SOY

sábado, 29 de noviembre de 2014

Entrevista a Luis y Ana, padres de un joven fallecido por cáncer

Traigo al blog esta entrevista, realizada por mi amiga Victoria Serrano, a unos padres cuyo hijo ha fallecido de cáncer. No suelo colocar aquí "cosas" escritas por otras personas, pero el testimonio de fe que da esta familia me ha conmovido hasta las entrañas. Me ha recordado mucho el caso de Elena Romera, que murió hace unos años tras vivir su enfermedad unida, abrazada a la cruz de Cristo Jesús. Creo que esta entrevista puede ayudar a muchos, por eso la "cuelgo" aquí.


"La fe es la mejor lotería, y además, es gratis"


No se entiende la vida sin la muerte. Aunque esta posea un aguijón afilado, tenerla presente impide estrellarnos por sorpresa ante el final de nuestros días, porque nos enseña a apreciarlos como agua que se escapa entre los dedos. La muerte no es una noche tenebrosa donde cae el telón y el ser se diluye en la nada; es un traspasar la puerta para gozar del encuentro glorioso con el Padre. Luis y Ana son los padres de Miguel, un joven de veinte años fallecido hace unos meses tras una larga enfermedad. No viven hundidos por la sinrazón de una vida tempranamente desgajada; saben que Miguel, fiel a la cruz de Cristo, ya ha llegado a la meta y ocupa la morada que Dios ha dispuesto eternamente para él. El tiempo pasa y nosotros también, pero como decía San Bernardo, si dulce es el Señor para los que le buscan, cómo será para los que le encuentran. 
¿Cómo conocisteis el amor de Dios en vuestra vida?
Luis: A los dieciséis años no encontraba el sentido a mi vida. Recuerdo estar tirado en la cama y decirme mi madre: “Luis, haz algo”, “¿Para qué?”, le contestaba yo; “Estudia”, “¿Para qué?”; “Para tener una carrera”, “¿Para qué?”; “Para tener un trabajo”, “¿Para qué?”; “Para casarte”. “¿Para qué?”; “Para tener hijos”, “¿Para qué?”… Mi madre no tenía más respuestas y solo hacía que llorar a los pies de mi cama. Un día se murió la mujer de un amigo de casa y fuimos al entierro. Tuve un choque inmenso cuando vi que estaba sonriendo. Pensé: “O está loco y vive fuera de la realidad, o tiene algo que yo no tengo”. En una ocasión este amigo me enumeró uno por uno todos mis pecados. “Tienes toda la razón pero no puedo hacer otra cosa”, le dije. Entonces, lejos de soltarme un rollo moral, abrió la Biblia por el pasaje de la Anunciación. En ese momento sentí que Jesucristo estaba vivo y me hablaba directamente.
Ana: Yo, muy gradualmente, porque el Señor ha tenido mucha paciencia conmigo. Había visto algún destello del amor de Dios pero no le conocía de cerca. Sin embargo, por un problema congénito en la vista me avisaron de que un embarazo más me llevaría a la ceguera, con lo que suspendimos las relaciones matrimoniales. Durante tres años vivimos con un sufrimiento terrible y yo lloraba día y noche pensando que no vería crecer a mis cuatro hijos. Pero por un signo de obediencia a la Iglesia nos abrimos de nuevo a la vida y me quedé embarazada. En cuanto lo supe se me pasó el miedo y viví un embarazo muy alegre. Sin embargo, cuando nació el niño estaba muerto. Ahí tuve un diálogo cara a cara con el Señor. Entendí que solo Él es el dueño de la vida y de la muerte, y volví a ser una mujer libre. Después he tenido seis embarazos más y, aunque no puedo conducir y me muevo con dificultad por la calle, llevo una vida relativamente normal. Realmente Dios está vivo y puede salvarnos de nuestras angustias. Con la enfermedad y muerte de Miguel, el paso del Señor ha sido impresionante. 
¿Cómo era Miguel?
Ana: Era un chico absolutamente normal; con mucha vitalidad y energía, con ilusiones, deseos y pecados, buen estudiante, pero con una vida muy condicionada por la enfermedad. Quiero que esta entrevista sea un canto de acción de gracias a Dios porque Miguel no ha hecho nada fuera de lo normal. Su peculiaridad es que ha entregado su voluntad al Señor hasta el final. ¡Se ha dejado llevar por Él!
¿De qué ha estado enfermo?
Ana: Siempre ha tenido una salud muy delicada. Con pocos meses empezó a sufrir fuertes crisis asmáticas; a los tres años le extirparon medio estómago y le hicieron un píloro nuevo; a los cinco años le detectaron la Enfermedad de Perthes, que le afectaba la cadera; finalmente, a los quince años le diagnosticaron un “osteosarcoma” o cáncer de huesos.

me preparas un banquete enfrente de mis enemigos 


¿Era consciente de la gravedad de su enfermedad?
Ana: Sí. Cuando le diagnosticaron el cáncer nos quedamos absolutamente noqueados. Era como si el cielo se hubiera nublado de repente. Ese día, cuando volvió del colegio y vio al párroco en casa nos dijo: “¡Uy, no me digáis más! ¡Lo mío es un tumor!”. “Pues sí, hijo, tienes un tumor maligno”. Lo único que dijo es: “¿Cuándo empezamos?”. “Mañana”, le contesté. Nos pidió que nunca le engañáramos sobre su estado de salud. Le pusieron una prótesis desde más arriba de la rodilla hasta el pie y tuvo que aprender a caminar. Con la quimioterapia llegó a tener hasta treinta vómitos diarios y ahí le surgieron preguntas: “¿Por qué a mí, si tengo quince años y todavía no me ha dado tiempo a hacer el bien ni el mal?”. Tuvimos que recurrir a la fe porque no hay contestación para esto. Comenzó a tener muy presente a Dios y a su propia muerte. “¿Pero Dios es bueno a pesar de esto?”. “Sí, hijo mío, Dios siempre es bueno”, le respondíamos.
¿Pudo recuperarse?
Ana: Sí, la prótesis no le impedía hacer vida normal. Sin embargo, meses después, en una revisión rutinaria le encontraron unos puntitos en el pulmón. De nuevo debía comenzar con otra operación y quimioterapia. En ese tiempo y hasta el final, Dios le regaló una novia maravillosa: Clara. Un día me dijo: “Mamá, ¡qué fácil me era morirme con quince años!, simplemente volar al cielo y ya. Pero ahora tengo a Clara, mis estudios… ¡Tantas ilusiones sobre mi vida!”.
¿Cómo os tomasteis este mal pronóstico?
Ana: Yo no podía aceptar que mi hijo se muriera. Saber que la vida de Miguel se acababa y que ese amor de ellos se truncaba me partía el alma. En la capilla del hospital, lloraba y lloraba abrazada a una imagen de Cristo: “Señor, sé que Miguel se va a morir. ¡Ayúdame! ¡Dame el poder de aceptarlo!”. Después de la operación del pulmón el tumor se reprodujo en dos vértebras, que al ejercer presión sobre los nervios le provocaba unos dolores insoportables. Los médicos le dijeron: “Miguel, te queda muy poco de vida”. Al oír esto, Miguel, Clara, Luis y yo nos pusimos a llorar durante un buen rato, hasta que dije: “¡Basta! Vamos a ver qué nos dice Dios”, y abrimos la Biblia al azar. A partir de ahí la presencia de Dios comenzó a ser descarada. Hasta entonces parecía que el carácter entusiasta y alegre de Miguel podía con todo, pero aquí Dios empezó a decir “aquí estoy”.
¿Qué se decía en la lectura?
Ana: Era del Libro de Joel 2,21-27: Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Dios hará grandes cosas. (…) Y os restituiré de los años que comió la oruga, el saltón, el revoltón y la langosta…”. Y yo,que iba leyendo, añadí: “y de los tumores de la espalda, de la cadera, de la columna, de la pierna te recompensaré”, y seguí con la lectura: “Comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Yahveh vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros”. Comenzamos a llorar de agradecimiento porque sabíamos que Dios estaba con nosotros. Esta lectura nos ha sostenido durante todo este tiempo, e incluso Miguel, que dejó preparado su funeral, la incluyó. Esa misma tarde recibió la Unción de los enfermos y a la mañana siguiente le insertaron en la columna una barra y ocho clavos. Más adelante decía: “¿Cómo me duelen los clavos?”. Yo bromeaba: “Hijo mío, ya no te queda casi nada para ser como nuestro Señor. ¡Hasta te duelen los clavos como a Él!”.

la muerte para hallarte, la eternidad para poseerte


¿Cómo combatía Miguel la fe?
Ana: El combate no ha sido fácil en estos últimos meses: ha tenido unos dolores espantosos, apenas podía hablar ni ingerir alimento, tampoco podía dormir. Me decía: “Di en la parroquia que recen por mí porque yo no puedo más”. Muchas noches nos pasábamos hasta las tres de la madrugada recitándole los salmos. “Mamá, sigue”, me decía si paraba. Una noche de terribles dolores tuvo grandes tentaciones contra la fe. “¿Para qué te me has mostrado si ahora te escondes? ¡Tantas noches Jesucristo estaba conmigo y ahora estoy solo!”, gritaba. Empecé a recitarle el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y se lo fui aplicando a su vida: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido…”. Fue un bálsamo para él. En otra ocasión también tuvo una noche oscura. “¡No puedo más! Este Dios no es bueno. Me habéis engañado toda la vida”, y empezó a blasfemar. Tenía los ojos vidriosos. Luis cogió el crucifijo y se lo puso en los labios, pero él lo apartó. Tomó el relevo nuestro hijo Marcos, el seminarista, quien le hablaba de Dios y de su misericordia, pero Miguel todo lo refutaba. Seguí yo, y también lo rebatía. Hasta que, no sé por qué razón, empecé a recitarle la secuencia al Espíritu Santo: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo (…) Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo (…) riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo…”, entonces se fue frenando. Empecé a recordarle que Jesús estuvo en Getsemaní y que afrontó la Pasión.. “Jesucristo sabía que iba a sufrir, pero Dios le mandó un ángel para que le consolará; a ti también te lo va a mandar para que te reconforte”. De repente, se abrió la puerta de la habitación del hospital y entró un sacerdote que no conocíamos y se puso de rodillas delante de Miguel a rezar. “Padre —empezó a decir en voz alta— tú me has mandado en Laudes que venga a visitar a Miguel Rivas”. ¡Yo casi me desmayo! Rezó durante unos minutos más y se despidió diciéndonos que a las tres de la tarde volvería para celebrar con nosotros una eucaristía. Efectivamente, volvió, celebramos y no le hemos vuelto a ver. Realmente el demonio fue expulsado con la presencia de Jesús Sacramentado. Ya nunca más se rebeló Miguel, y a partir de entonces entró confiado en la “pasión”.
¿Cómo vivía él su muerte cercana?
Ana: Con mucha naturalidad y totalmente a la espera. “De Dios salí y a Dios vuelvo” era su lema. El Sábado Santo se empeñó en acudir a la parroquia para la Vigilia Pascual. “Hijo, vas a coger frío”, le dije yo. “¡Qué más da si me voy a morir!”. Otro día me dijo: “¿Tengo dónde caerme muerto?”. “No, pero ya lo tendrás”. Una vez escuchó en el evangelio del día que Jesucristo decía: “He terminado mi obra y vuelvo al Padre”. Y nos dijo: “Algo me falta por hacer o que Dios haga a través de mí para vosotros, porque si no ya estaría muerto”. Su último ruego insistente era que su funeral se celebrara como una fiesta. La locura máxima es que las mujeres de la familia nos fuimos de compras y estrenamos ropa en su funeral, como era su deseo.
¿Cómo es posible ver a un hijo sufrir de esa manera sin desesperarse?
Ana: Sin la gracia de Dios es imposible soportar la enfermedad y muerte de un hijo. Después del último TAC la oncóloga le dijo: “Miguel, estás fatal. No vamos a luchar más. Te mandamos a casa”. A él se le iluminó la cara y sonrió. Antes de marcharnos fue a la habitación de un sacerdote amigo al que también le habían operado. “¿Qué te han dicho?”, le preguntó al verle. “Que ya me voy con el Padre”. El sacerdote nos dijo: “Dios me ha pedido que os sostenga en estos momentos tan duros. Voy a ir todos los días a vuestra casa a celebrar la eucaristía”. Y así fue, como al principio él no podía, venía otro sacerdote, pero estuvimos toda la Cuaresma y el Tiempo Pascual celebrando diariamente la eucaristía en casa. ¡Ha sido un ascenso al cielo impresionante! Nuestro miedo era de qué modo moriría, pues veíamos cada día su deterioro. Un día antes de morir recibió de nuevo la Unción de enfermos con la indulgencia plenaria. ¡Nunca me imaginé que pudiera despedirme de un hijo! Me acerqué a él y le dije: “Cuando te duermas no sabemos si vas a despertarte. Oirás una voz: ‘Miguel, Miguel’, igual que un chico de tu edad oyó ‘Samuel, Samuel’. Levántate y vete corriendo hacia Él porque es Dios que ya te llama al cielo. ¡No te me rajes cuando oigas esta voz!”. Él me sonrió y me dijo: “Mamá, ¿cómo me voy a rajar si lo estoy deseando?”. Nos despedimos todos y se durmió. Horas después, cuando estábamos celebrando la eucaristía, tres minutos antes de la Comunión abrió los ojos y me preguntó: “¿Por dónde vais?”. “Vamos a comulgar”, le dije. “Yo también quiero”. Al cabo de unas horas se acostó y ya no se levantó más. Hizo dos respiraciones  y murió.

me sacaste de las garras del abismo


En nuestra sociedad hablar de la muerte es un tabú pero, por otro lado, la violencia está muy presente. ¿A qué se debe esta contradicción?
Ana: En el hospital no dicen cáncer sino enfermedad, ni quimioterapia sino tratamiento. Al enfermo se le cuenta con mucha dificultad lo que realmente tiene. Es una paradoja que se tenga tan presente la muerte y al mismo tiempo no se quiera hablar de ella. La muerte tiene una puerta muy fea, pero una vez traspasada es muy bonita. La gente se queda en la fealdad de la muerte como morbo, y no se atreven a cruzarla. Desconocen la belleza que hay detrás.
¿La vida se aprecia mucho más cuando se acepta la muerte?
Ana: Muchísimo más. ¡Se vive más intensamente! Después de más de un año y medio en el hospital, Miguel me dijo: “Mamá, he aprendido a vivir porque ahora un poco de aire en la cara, un rayo de sol, ver los árboles…, ¡tiene tanto valor!”. Decía unas veinte veces al día “te quiero”, se volvió más familiar si cabe, nos ha “obligado” a ser una piña porque todo se celebraba en familia. Ahí empezaron las “juergas familiares”. El más feliz de la casa, sin duda, ha sido Miguel. ¡Disfrutaba con cualquier cosa!
¿Qué se aprende al transitar por el camino del dolor?
El sufrimiento es un maestro. Miguel no era especial, es que ha sufrido mientras ha vivido y eso le ha llevado a una unión íntima con el Señor. En mi caso, el dolor me ha despertado una sensibilidad especial hacia el que sufre y a desear ayudarle. No creo que nadie que sufra, aceptando ese dolor, sea indiferente al sufrimiento ajeno. Cada día de la enfermedad de Miguel me ayudaba a apreciar la vida de mis otros siete hijos.
¿Cuesta a veces descifrar la voluntad de Dios?
Ana: Primero cuesta descifrarla y, luego, aceptarla. Nosotros no somos dos santos que hemos enterrado a un santo. El Señor nos ha dejado un aguijón de Satanás, como a San Pablo, para que no nos hagamos soberbios.
¿Dios se ha equivocado con Miguel?
Ana: Absolutamente no. No es un fanatismo loco; hemos sufrido tanto que se nos desgarraba el alma pero a la vez nos sentíamos reconfortados por la esperanza en la resurrección. Cristo es próximo y amoroso, pero no en blandengue, permite las pruebas. Una noche le dije al Señor: “¡Tienes a tu hijo de veinte años retorcido de dolor. ¿Dónde estás?”. Y me sentí consolada porque me hizo ver que estaba conmigo. La muerte es muerte y aunque resucitada, se sufre, pero la esperanza en la vida eterna hace que no te paralices.
Luis: Puede parecer que la muerte de un hijo es el dolor más grande, pero no es así. Todo dolor no aceptado, por pequeño que sea, es tremendamente más doloroso. En todo este tiempo hemos visto la fidelidad de Dios. Miguel ha muerto como quería: tenía miedo de morir ahogado y murió durmiendo y sin estertores; no quería quedarse calvo ni delgado, y abandonó la quimioterapia unos meses antes; le pidió a Dios poderse despedir de todos y se lo concedió… Son pequeños detalles de la fidelidad del Señor.
habitaré en la casa del Señor por años sin término

¿Qué frutos a día de hoy veis de su “pasión” y muerte?
Ana: Muchos. Primero, que la familia sigamos unidos. Luego, ha sido un tiempo tan intenso que a cada uno en particular se le ha afianzado la fe y la vocación; al diácono, al seminarista, al fisioterapeuta… Los nietos han tenido un encuentro muy natural con la muerte y eso ha sido un memorial para ellos. El protagonista no era Miguel, éramos todos. Dios nos ha ayudado a no compadecernos de él ni a vivir su enfermedad con neurosis. A la una del mediodía era la hora de la morfina y todavía hoy me sobresalto pensando que se la tengo que dar. Echo en falta el contacto de su piel en mis labios. ¡Le he besado tanto en este último tiempo! Su “te quiero, mamá” ya no está, y me ha dejado un hueco grandísimo. Pero no lloramos con desesperación porque sabemos que está con el Señor.
¿La Virgen os ha ayudado?
Ana: Desde muy pequeños siempre les he dicho a mis hijos: “Donde mamá no llega empieza la Virgen”. Los últimos días Miguel dormía pegado a la pared por los dolores y le colocamos un icono de la Virgen del Silencio, a la altura de sus ojos, para que se sintiera acompañado por ella. Pasadas las horas me dijo: “Primera victoria de la Virgen: cuando me han venido las angustias la he abrazado y le he acariciado la cara. Entonces me ha inundado una paz que me he dormido tres horas”. Así estuvo las últimas cinco noches antes de morir. Sé que en el momento en que un alma expira, Jesucristo y la Virgen la recogen y la llevan al Padre. Nada más morir, como dicen que todavía pueden escuchar, me acerqué a su oído y le dije: “Miguel, ya estás de viaje. Estás abrazado a Cristo camino hacia el Padre”.
¿Se puede encontrar descanso en la cruz?
Ana: Sí, es más, solo existe descanso en la cruz de Cristo. Por mi carácter le he pedido mucho a la vida y le he dejado poco espacio a Dios; pero en la cruz he visto que está Él. En la enfermedad de Miguel la cruz crecía y crecía, pero él descansaba y descansaba. Me maravillaba ver cómo Miguel se vaciaba cada día de sí para llenarse de Dios. Los tres meses antes de su muerte me los pasé sin salir de casa para nada, y engordé quince kilos. Cuando me lamentaba por mi peso me decía: “Mamá, cada cien gramos que has cogido es una muestra de amor hacia mí. Paséalos con elegancia”.
¿Creéis que Dios ha sido bueno con vosotros?
Luis: Buenísimo.
Ana: Por supuesto. La fe es la mejor lotería y además es gratis. Sabemos que nuestra misión con Miguel ha acabado cuando lo hemos enterrado con fe. Nos queda la transmisión de la fe a los otros hijos.
Victoria Serrano Blanes. Revista Buenanueva. 30 octubre 2014.

domingo, 19 de octubre de 2014

Dad a Dios lo que es de Dios /comentario evangelio/


Se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: 
“Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuestos al César o no?”. Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “¡Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto”. Le presentaron un denario. Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción?. Le respondieron: “Del César”. Entonces les replicó: “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. (Mt 22, 15-21)



Este episodio en la vida de Jesucristo podría quedarse en una anécdota en la que unos, los fariseos, mandan a otros, los herodianos, a buscarle las cosquillas al Maestro. Le quieren poner entre la espada y la pared, de forma perversa plantean un escenario, y una pregunta sin salida plausible, diga lo que diga Jesús, estará “pillado”: si dice que hay que pagar los impuestos al César, será considerado un colaborador de los romanos, si dice que no hay que pagar impuestos a Roma, entonces será tachado de alentador de las masas rebeldes. No hay escapatoria. Pero esta trama diabólica es deshecha de la forma más sencilla, con la verdad. La Verdad os hará libres, dirá Jesús en otro momento. ¿De quién es la esfigie? -Del César. “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Y parece que así quedaría resuelto este episodio, pero en realidad las palabras de Cristo Jesús tienen mucha más enjundia. Porque en definitiva, lo que Cristo Jesús plantea es la forma de vivir en paz con nosotros mismos y con Dios. Dando al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios encontraremos paz y entraremos en el descanso. Todo estará en orden, en armonía, estaremos haciendo la voluntad de quien nos ha creado, y por tanto, como él nos quiere felices, estaremos construyendo nuestra propia felicidad.

Pero vayamos por partes. ¿Quién es mi césar hoy? podría preguntarme yo a mí misma... ¿a quién doy tributo? Y ese tributo que doy... ¿es justo? ¿Debo darlo? Porque quizá rindo pleitesía a dioses o césares a los que como seguidor de Cristo Jesús no debería doblegarme. Esta sociedad en la que nos movemos, tan dada a la mentira, al doblez... quizás me muestre unas realidades tergiversadas, manipuladas, y si no estoy realmente enraizada en la Palabra de Dios, todo esto me podrá. Y adoraré otros dioses que no son mi Dios. Quizás me vaya en pos del culto al cuerpo, o detrás de los que defienden que sesgar una vida humana no tiene importancia, o detrás de los que reivindican con falsedad una justicia social... quizás me busque a mí misma vanagloriándome entre mis amigos y conocidos, qué se yo.

Por ello, es necesario el discernimiento. Dad a Dios lo que es de Dios... Pero, en realidad de Dios lo es todo... o debería serlo. El punto estaría en que todo ha de estar ordenado en mi vida, para gloria de Dios. Y para esto, lo primero y más sencillo será plantearme: ¿pago mis impuestos al Estado sin hacer trampa? ¿practico la justicia con mis subordinados en el lugar de trabajo?¿doy “a cada uno lo suyo” cuando hago la compra de casa, cuando le pago el sueldo a mi empleada de hogar, o cuando le pido al fontanero que me dé la factura? Después, daré un paso más. Veré si tengo que derribar a alguno de mis césares... y tras cribar todo esto, creo que el Señor ya tendrá la habitación ordenada y limpia para que pueda, cuando quiera, venir a habitarla. 


viernes, 10 de octubre de 2014

El ébola se puede curar



El agricultor Josep Pàmies habla contra el negocio mundial de las farmacéuticas y sobre las soluciones naturales contra las enfermedades pandémicas de África. 




lunes, 22 de septiembre de 2014

Aborto Cero, YA




Ayer estuvimos en la quinta manifestación por la Vida organizada por Derecho a Vivir. Fuimos todos, excepto el segundo de mis hijos, que está en otra ciudad estudiando. Como siempre, ambiente festivo para denunciar una realidad aberrante y tremendamente injusta: la del aborto.
Como todos sabéis, 300 seres humanos son abortados cada día en España ante la pasividad de nuestra sociedad, y el beneplácito de una ley del aborto completamente injusta (por lo demás, cualquier ley que sacrifique la vida humana en favor de otras prioridades, lo es).

Mariano Rajoy se comprometió a revisar esta ley y a defender el derecho a vivir del aún no nacido, pero las palabras se las lleva el viento, y quizás por las presiones de los votos, o por "quedar bien" con todos, lo cierto es que se está dejando arrastrar por lo políticamente correcto (pero moralmente nefasto) y pretende aparcar la reforma de la ley del aborto.

Pero somos muchos los que ayer le recordamos, y se lo seguiremos recordando hasta el término de su legislatura que ese camino le llevará a la debacle. Este sinsentido le pasará cuentas. Tiene una responsabilidad muy seria como jefe del gobierno, y una responsabilidad moral enorme en un asunto del que dependen 300.000 vidas al año. No vale mirar para otro lado. NO vale hacerse el distraído. Si no tiene agallas para enfrentar este asunto, más vale que coja las maletas y se vaya a su casa.

 Cada responsabilidad que asumimos en nuestra sociedad ha de estar enfocada a buscar el bien común, del conjunto de la sociedad y de cada persona en particular, y esa defensa del bien moral es lo que nos hace PERSONA con mayúsculas. Cuando esto no está en el punto de mira de nuestro trabajo diario, la aguja de la brújula no está ajustada y conviene revisarla.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Caminando con Él - Evangelio 19-septiembre 2014




En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. (Lc 8, 1-3)



Hoy, en este evangelio, se nos presenta a Jesús acompañado de los doce discípulos y de algunas mujeres. En principio, parece un evangelio un tanto insulso, sin enjundia, pero no, precisamente en lo ordinario, en lo cotidiano está el verdadero encuentro con el Dios de nuestra vida. Ahí, en esa pequeña comunidad formada por Jesús y las personas que le acompañan constantemente, con fidelidad en el corazón, ahí, es donde el Señor de la historia realizará cada milagro particular, personal, con cada uno de ellos. 

¿Qué mayor milagro que cambiar el corazón y la forma de ver la vida de aquellos que le acompañan día sí, y día también? De María la Magdalena, dice Lucas, echó siete demonios… la relación de tú a tú con el Señor hace esto: cura, sana, renueva por dentro. Y la casa quedó limpia, ordenada, según se nos dice en otro pasaje bíblico… igual que la “casa” de cada uno de nosotros, que leemos estas líneas; el Señor regala a los que le acompañan vivir una vida plena, gozosa, donde se toca, cada día, el amor que Dios tiene por sus elegidos. Ánimo, hermanos, porque aún sin proponérnoslo, hemos elegido la mejor parte, estar con Él, y eso no nos lo quitará nadie. Que paséis un buen día.                                                                                                                                Victoria Luque.

¿Cómplices de la barbarie?

Esto es una barbaridad, y hay que pararlo, YA. En el tema del aborto no valen las medias tintas, se trata de vidas humanas sacrificadas impunemente, en defensa de una supuesta libertad de la madre. Porque sí, la mujer que aborta, sea por los motivos que fuere, es madre, aunque aborte, sólo que madre de un bebé muerto. Y el progreso no está de parte de la barbarie. Nunca lo ha estado. Esto no se puede justificar, por mucho "derecho al propio cuerpo" que se alegue.
Y quien mire para otro lado es cómplice de esto. Hay otras opciones, por favor, no seamos hipócritas.
El domingo 21 hay convocadas distintas manifestaciones provida en toda España. Es el momento de salir a la calle. NO seamos cómplices de esta barbarie.


martes, 9 de septiembre de 2014

QUÉ DIFICIL Y QUÉ HERMOSO




Hay una verdad que no sabía, pero que poco a poco se va haciendo carne en mí, y es que ser madre –o padre- es “para toda la vida”. Cuando mi marido y yo nos embarcamos en esta aventura de acoger y amar a los hijos que el Señor nos diera, la cosa no parecía tan complicada; al menos, para mí –desde mi inocencia- parecía sencillo: hacer Su voluntad, estar abiertos a la vida, amar y ser amados. Guay. Ahora, con unos cuantos hijos a mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, el panorama se complica bastante. Llevamos dos años “regulares” en los que hemos tocado, José Manuel y yo, realmente, nuestro pecado, nuestra debilidad… nuestra poca cosa. De padres “guays” nada de nada, hemos tenido experiencias muy duras de las que gracias a la oración de muchas personas, y a la acción real de Cristo, que está vivo y resucitado, empezamos a ver la luz.

“Si quieres seguir a Cristo, prepárate para la prueba”, se dice en la Liturgia de las Horas. Sí. Hemos sido probados al crisol y lo único cierto es que Él es el que sostiene y fortalece en la tribulación. También sé, porque el maligno me lo ha dejado patente muchas veces, que lo que éste enemigo real persigue de cada cristiano es robarle la esperanza. Sin esperanza, la batalla está ganada. Por eso ahora, si alguien se encuentra tentado, a punto de tirar la toalla, en este momento le digo: Ánimo, ten fe, no desesperes. Espera en Dios que volverás a alabarlo. El Señor es el único que tiene poder para sanar los corazones, para devolver la esperanza, para inundarte con su paz.

Pero lo que quisiera resaltar en este post es la enorme oportunidad que tenemos los padres de mostrar a los hijos el amor sin medida que Jesucristo les tiene (ha dado la vida por cada uno de ellos, ¿quién da más?). Lo que pasa, lo que a mí me pasa, es que muchas veces yo, con mi comportamiento egoísta, desconsiderado, etc. no muestro nada, sólo mi pobreza. Pero ellos buscan, y buscan, no son tontos, buscan la verdad, la entrega, el amor con mayúsculas, quieren enraizar su vida en grandes ideales, y depende de nosotros, de ti y de mí, que encuentren el camino, que no seamos un estorbo. 

Esta mañana, sin ir más lejos, uno de mis hijos (19 años) que está en otra ciudad estudiando la carrera, me decía en un wasap… “sí, mucho hablar de Dios, pero tengo un 80% de probabilidades de que mi novia me deje, seguramente no aprobaré la asignatura que me he estado preparando en verano, no me darán la beca, y tendré que volver a Madrid y yo no quiero esto”. Ahí queda eso. Pero al rato, me llamaba al móvil, porque empecé a hablar con él sobre el sentido de su vida, sobre hacer la voluntad de Dios, sobre cómo discernir qué hacer con tu vida, etc… y en un momento dado, tuve que dejarlo para ir al colegio a recoger a las pequeñas. Y él estaba necesitado. Necesitaba seguir la conversación. Y me llamó dos veces al móvil… quiero decir con esto que como padres y madres podemos, y debemos, dar esperanza a los hijos, mostrarles la belleza de la fe, que el Señor está ahí, que no es una patraña, que les quiere, que no les deja solos. Y rezar por ellos. Mucho. Constantemente. A veces urge más -y seguramente es más efectivo- hablar de nuestros hijos a Dios, que de Dios a nuestros hijos. Por si a alguien le sirve, a mí me reconforta mucho, en el momento de oración, después de la eucaristía, presentar a cada uno de mis hijos ante el Señor, y ahí, en su presencia, pedir para ellos su bendición. También María, en esto, tiene mucha tarea. Quien va a llegar a donde nosotras, madres, no podemos, sino Ella... ahí, en las manos de María, en el hueco de su manto.


Me estoy acordando ahora de una de mis pequeñas, que con seis años, me dice que ella tiene una capa invisible que la protege de todos los peligros, la de María. Casi nada. Esta hija es la que en los momentos de tribulación, dibuja en mí una sonrisa. Hace un rato ha venido aquí, a mi lado, junto al ordenador, para decirme: “mamá, ¿sabes que te quiero mucho?”. Es verdad que las flechas del guerrero son los hijos de la juventud, esos que te defienden del enemigo. Los que defienden tu fe.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La santa de Cracovia

El 28 de abril de 2014, fueron declarados Santos por la Iglesia, dos Papas de gran calado popular: Juan XXIII y Juan Pablo II. La canonización de ambos santos tuvo lugar el día de la Divina Misericordia, instaurado, precisamente por el Papa Juan Pablo II, quien conoció la experiencia de esta mística de origen polaco, Faustina Kowalska, y quiso dedicar un día a la exaltación de la Misericordia de Jesús. 

De origen polaco, nacida en Cracovia en 1905, sor Faustina fue bautizada con el nombre de Elena. De familia campesina, la tercera de diez hermanos,  a la edad de 16 años comenzó a trabajar fuera de casa para ayudar económicamente a su familia. Sólo pudo asistir al colegio durante tres años; pero, como es sabido, el Señor no se rige por criterios de éxito, poder o dinero… y así, escogió esta “poca cosa”, esteespíritu sencillo para que quedase de manifiesto la magnitud de su obra. 

Ya de niña, Elena Kowalska dejaba entrever una gran sensibilidad ante cualquier pobreza material o espiritual; le gustaba orar, y a los siete años sintió el deseo de ser religiosa, pero se topó con la oposición de sus padres. Elena intentó sofocar esta llamada interior pero no pudo, y relatan las crónicas que estando en un baile experimentó la visión de Cristo sufriente… tan impactante fue la experiencia que el 1 de agosto de 1925 ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia. Tenía 20 años. 

Allí, en el convento, transcurrieron 13 años en los que realizó labores de cocinera, jardinera y portera. Aunque exteriormente nada delataba su fecunda vida interior, sin embargo, en Sor Faustina se iba construyendo una singular relación con su Padre Dios. Exteriormente era notable con qué amor atendía a los niños y a las personas harapientas que, frecuentemente, acudían a la portería del convento pidiendo algo de comer.  En todos ellos veía a Jesús sufriente. Por lo demás, cumplía con presteza sus deberes cotidianos, observaba las reglas del convento, se mostraba tranquila, callada, humilde. 

En la meditación de la Palabra de Dios sor Faustina contemplaba a diario el misterio de la Divina Misericordia; amaba profundamente la Eucaristía y a María, la Madre de Jesús. Kowalska recibió en su persona gracias extraordinarias: revelaciones, visiones, estigmas ocultos, la participación en la Pasión del Señor, el don de bilocación, los dones de leer en las almas, profecía y  desposorios místicos.  Se sintió profundamente amada por Dios; tuvo una relación estrecha con María, con los ángeles, santos y almas del purgatorio, todo un mundo extraordinario que para ella no era menos real que el mundo sensible. Pese a ello, Faustina era consciente y lo sabía fehacientemente, de que no son estos dones los que determinan la santidad. Ella buscaba, sobre todo, hacer la voluntad de Dios. En su Diario escribe: “Ni gracias, ni revelaciones, ni éxtasis ni ningún otro don concedido al alma la  hace perfecta sino la comunión interior de mi alma con Dios. Estos dones son solamente un adorno del alma, pero no constituyen ni la sustancia ni la perfección. Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios”. En obediencia a su director espiritual, sor Faustina escribió todo aquello que Jesús le manifestó en estos encuentros místicos. Su diario ha sido traducido a muchos idiomas y la obra acerca de modo extraordinario el misterio de la misericordia de Dios por la humanidad doliente. 

-Oh Jesús mío —escribió— cada uno de tus santos refleja en sí una de tus virtudes, yo deseo reflejar tu Corazón compasivo y lleno de misericordia, deseo glorificarlo. Que tu misericordia, oh Jesús, quede impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra. (Diario 1242). —Le dijo el Señor Jesús —: tu misión es la de escribir todo lo que te hago conocer sobre mi misericordia para el provecho de aquellos que leyendo estos escritos, encontrarán en sus almas consuelo y adquirirán valor para acercarse a mí (Diario 1693). Le dijo —: Enviaba a los profetas con truenos a mi pueblo. Hoy te envío a ti a toda la humanidad con mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla con mi Corazón misericordioso (Diario 1588). 

La lectura del Diario de sor Faustina Kowalska muestra, entre otras cosas, la profunda y estrecha relación que existía entre la santa y la Virgen María. He aquí algunos puntos del Diario que evidencian esta relación: 

449: (...) Sé valiente, no tengas miedo de los obstáculos engañosos, sino que contempla atentamente la Pasión de mi Hijo y de este modo vencerás. 

785 La Santísima Virgen me ha enseñado cómo debo prepararme para la fiesta de la Natividad del Señor.  La he visto hoy sin el Niño Jesús; me ha dicho: “Hija mía, procura ser mansa y humilde para que Jesús que vive continuamente en tu corazón pueda descansar.  Adóralo en tu corazón, no salgas de tu interior.  Te obtendré, hija mía, la gracia de este tipo de la vida interior, que, sin abandonar tu interior, cumplas por fuera todos tus deberes con mayor aplicación.  Permanece continuamente con Él en tu corazón, Él será tu fuerza.  Mantén el contacto con las criaturas si la necesidad y los deberes lo exigen.  Eres una morada agradable a Dios viviente, en la que Él permanece continuamente con amor y complacencia, y la presencia viva de Dios que sientes de modo más vivo y evidente, te confirmará, hija mía, en lo que he dicho.  Trata de comportarte así hasta el día de la Navidad, y después Él Mismo te dará a conocer como deberás tratar con Él y unirte a Él. 

844  Sor C. (Sor Cayetana) vino por la tarde y me llevó a casa para las fiestas.  Estaba contenta de poder estar junto con la Comunidad.  Mientras atravesaba la ciudad me imaginaba que era Belén.  Al ver que toda la gente iba con prisa pensé: -Quién medita hoy este Misterio inconcebible en el recogimiento y en silencio?  Oh Virgen purísima, Tú estás hoy de viaje y yo también estoy de viaje.  Siento que el viaje de hoy tiene su significado.  Oh Virgen radiante, pura como el cristal, toda sumergida en Dios, Te ofrezco mi vida interior, arregla todo de manera que sea agradable a Tu Hijo; oh Madre mía, yo deseo con muchísimo ardor que me des al pequeño Jesús durante la Misa de Medianoche. 

845 (...)  Después de la cena me sentía muy cansada y doliente, tuve que acostarme, no obstante velaba con la Santísima Virgen en espera de la venida del Niñito. 

846  25 de diciembre de 1936.  Misa de Medianoche.  Durante la Santa Misa la presencia de Dios me penetró por completo.  Un momento antes de la elevación vi a la Madre y al pequeño Niño Jesús, y al viejo Abuelo (San José).  La Santísima Virgen me dijo estas palabras: “Hija mía, Faustina, toma este tesoro preciosísimo”, y me dio al pequeño Jesús. 

En diversas partes de su Diario, sor Faustina aborda el tema de la Eucaristía. En la comunión diaria encontró fortaleza, inspiración y conocimiento de los bienes del cielo, así como una “fuerza transformadora” que la conduciría a la santidad.  Oigamos sus propias palabras: “Todo lo bueno que hay en mí es gracias a la santa Comunión, le debo todo”, asimismo declararía la santa Comunión como “el momento más solemne de mi vida”. Resulta conmovedor apreciar la tremenda humildad de la santa ante la Eucaristía: 

“Hoy mi alma se prepara para la santa Comunión como para un banquete de bodas en que todos los participantes lucen una belleza inexpresable.  Y yo también estoy invitada a este banquete, pero no veo en mí esta belleza, sino un abismo de miseria.  Y aunque no me siento digna de sentarme a la mesa, sin embargo me deslizaré por debajo de la mesa, y a los pies de Jesús mendigaré al menos las migas que caigan debajo de la mesa.  Conociendo Tu misericordia me acerco a Ti, Jesús, porque antes faltará mi miseria que se agote la piedad de Tu Corazón”. 

1392 Todo lo bueno que hay en mí es gracias a la Santa Comunión, le debo todo.  Siento que este sagrado fuego me ha transformado totalmente.  Oh, cuánto me alegro de ser Tu morada, oh Señor; mi corazón es un templo en que permaneces continuamente... 

Resulta asimismo de extrema importancia el anuncio de Jesús: “Quiero decirte, sin embargo, que la vida eterna debe iniciarse ya aquí en la tierra a través de la Santa Comunión.  Cada Santa Comunión te hace más capaz para la comunión con Dios por toda la eternidad”.

Sor María Faustina murió extenuada físicamente por la tuberculosis, ofreciendo sus sufrimientos por los hombres, en Cracovia el 5 de octubre de 1938, con apenas 33 años. Su fama de santidad fue creciendo y la devoción a la Divina Misericordia también, fueron y son muchas las gracias alcanzadas por su intercesión. Sus reliquias se encuentran en el santuario de la Divina Misericordia de Cracovia-Lagiewniki. Juan Pablo II la canonizó el 30 de abril de 2000. Su fiesta se celebra el 5 de octubre.