jueves, 18 de diciembre de 2014

Aparquemos nuestra esterilidad -comentario evangelio-

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada. Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno, según el ritual de los sacerdotes, le tocó a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso; la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso.

Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor. Pero el ángel le dijo: - «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento. Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y convertirá muchos israelitas al Señor, su Dios. Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacía los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.»

Zacarías replicó al ángel: - «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.» El ángel le contestó: - «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado a hablarte para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se  cumplirán en su momento.»
El pueblo estaba aguardando a Zacarías, sorprendido de que tardase tanto en el santuario. Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo. Al cumplirse los días de su servicio en el templo volvió a casa. Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir cinco meses, diciendo: - «Así me ha tratado el Señor cuando se ha dignado quitar mi afrenta ante los hombres.» (Lucas 1, 5-25)


Dice la lectura del evangelio de hoy, que Zacarías e Isabel eran justos ante Dios, es decir, que trataban de vivir según la voluntad de Dios. Pero ambos tenían un sufrimiento interno, algo que de alguna manera les robaba la paz: no podían tener hijos. Esto, para Isabel era una humillación de cara a sus congéneres, pues el pueblo de Israel, como sabemos, valoraba –y valora- mucho la maternidad. Y ella, como mujer, seguramente sentiría que no había cumplido una misión para la que, en principio, habría de estar dotada: dar la vida. Zacarías también sufría por esto, y más si cabe, si tenemos en cuenta que era sacerdote del templo, y, que, pese a ello, Dios no le había concedido la gracia de ser padre. En este escenario, y según cuenta el evangelista Lucas, estando en el santuario, Zacarías tiene una visita, el ángel Gabriel le anuncia que Dios le va a conceder lo que tanto anhela, tener un hijo. Pero Zacarías duda, no se fía de que Dios tenga poder para cumplir lo que ha prometido… y queda mudo. Cuando uno no ve el amor de Dios a su alrededor, entonces enmudece.  Zacarías no puede hablar de la acción de Dios en su vida porque no la ve, y por tanto, no puede alabar ni bendecir. Y esta actitud es un termómetro para cada uno de nosotros. Si no hablamos, si no nos surgen las palabras de agradecimiento a Dios en nuestra historia personal, si estamos mudos, es porque no Le hemos conocido, y si esto es así, hermanos, algo falla en nosotros. Deberíamos volver a la fuente. Es momento de escuchar a Juan el Bautista: “Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca”.

Por otra parte, quisiera hacer notar aquí un detalle: no es la primera vez que Dios elige a una mujer estéril para darle aquello que tanto ansía, ese hijo que, además, hará cosas grandes. Sansón, Samuel, Juan el Bautista… son elegidos ya desde el vientre materno; y Dios deja claro desde el principio que son elegidos para una misión. Para, de alguna manera, traer el cielo a la tierra. Para dar a conocer el amor de Dios por cada hombre concreto. También esta será la misión de Juan el Bautista, preparar el camino al Señor. Allanar sus sendas… y aquí y ahora os propondría a todos los que leéis estas líneas que dejáramos aparcada nuestra “esterilidad”, que demos el paso siguiente, nacer a esta vida nueva que hoy se nos propone. Y hagámoslo con cosas concretas, busquemos la reconciliación, la concordia y la paz… deshagamos entuertos, ¿a quién tengo que pedir perdón? ¿con quién tengo que reconciliarme? Ve, y hazlo. Así preparamos realmente el camino del Señor. Hoy conviértete y cree que Cristo Jesús está naciendo ya en ti: escucha, sonríe, alienta, ama.