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Mostrando las entradas etiquetadas como Muerte

Los dos embriones (evangelio)

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  En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección y preguntaron a Jesús: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que lo muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el...

"Gracias, Señor, porque sonriendo has dicho mi nombre"

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Ayer murió Agapito Aliende. Han sido cuatro años codo a codo aquí, en la revista Cooperador Paulino . Ha muerto en unos pocos meses; antes del verano se quejaba de dolores lumbares, que resultaron ser un cáncer fulminante de médula ósea. Agapito tenía 73 años, podría haber vivido aún una decena de años más, pero el Señor quiso llevárselo ya. En los últimos meses había sufrido mucho, porque los médicos no atinaron –hasta el final- a dar con el diagnóstico correcto. Para mí Agapito ha sido un “hombre según el corazón de Dios”. Sencillo, sin dobleces, afable, con un gran celo por anunciar a Jesucristo. Un hombre íntegro y cabal que dio hasta el último aliento por servir a la Iglesia. Todavía, con setenta y tantos años, se esforzaba por aprender los entresijos del ordenador, y estaba muy despierto  y atento a la vida de la Iglesia y de los hombres y mujeres que la conforman. Tenía sus manías… era curioso cómo cortaba papelitos, y en ellos escribía alguna frase que le llamaba la ...

¡¡¡Ánimo, ten fe!

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¿Qué me gustaría decirles a esas personas que han perdido a sus seres queridos? -¡Ánimo, ten fe! Santa teresa de Avila decía que esta vida es una mala noche, en una mala posada. Yo no diría tanto, pero sí que a veces la vida se hace muy cuesta arriba. Sobre todo cuando inesperadamente uno: carne de tu carne y sangre de tu sangre, se va. Sin más. Y de una forma tan horrenda... Pero creo que en estas situaciones límite también hay que mirar más allá... y más allá del tren descarrilado hay 79 personas a las que se les ha abierto una puerta. Una puerta ancha y luminosa, junto a ella les recibe María, Madre del Amor con mayúsculas. Ella conoce el dolor y el sufrimiento porque los vivió de primera mano; ella sabe lo que es perder un hijo, un esposo, un pariente... Ella dejó en la cruz al Amor de su vida. Su ser fue traspasado por un dolor inenarrable y sabe lo que es eso. María, seguro, ya ha acogido con amor de Madre a cada uno de los que se han ido en este accidente terrible, y...

Así vive y muere un cristiano

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Hace unos días estuvimos en Sevilla, acompañando a Jesús, un hermano de comunidad que se ha quedado sin madre en cuestión de poco más de tres meses... cuando terminó el día, tras el funeral y el entierro, permanecía en mí la idea de que así (como nos lo estuvieron contando sus hijos y su marido) es como vive y como muere un cristiano/a. ¿Por qué digo esto? Porque Manoli tenia un cáncer, en principio, de los "curables", pero una vez más, la última palabra no la tiene la medicina, sino el dueño de la vida, y Su dueño estimó que era el momento de acogerla en su Casa. Y allá que fue, no sin antes dejar tras de sí una ola de paz fuera de toda lógica. ¿Cómo es posible que padres e hijos, pese a lo duro de las circunstancias, se mantuvieran y mantengan serenos,esperanzados, y más aún, alegres? ¿Qué les dio Manoli? ¿Quién está detrás de todo esto? Detrás de todo esto, de todos ellos, detrás, delante y por todos lados, está Cristo Jesús, el Señor. Él los está sosteniendo, y su c...

Dies natalis

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Hace un par de semanas murió Bruno, el hijo de unos vecinos. Tenía seis o siete años. Ha muerto de cáncer y la verdad es que ha sido un mazazo; desde que nos enteramos mis hijas las pequeñas piden a Dios por él todos los días, en el coche, camino del colegio. Victoria de vez en cuando, por los pasillos de casa, sin venir a cuento, susurra: "Pobrecito, Bruno". Inés está empeñada en que cuando vea a Mario, su hermano, le va a decir: "Siento mucho que se haya muerto Bruno, y que te hayas quedado solo". Creo que la dejaré, porque ella también necesita manifestar sus sentimientos, y la verdad no hace daño a nadie si se dice con cariño. Bruno volvió a su casa diez días antes de su muerte, después de una larga estancia en el hospital, y parecía que por fin, iba a curarse. Pero unos cuantos virus echaron por tierra cualquier esperanza. Esto último me lo ha comentado su madre, bastante entera, dadas las circunstancias. Me ha dado mucho que pensar todo esto, porque yo ape...

Zaqueo, baja

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En principio, no pensaba ir a la Palabra, porque la cuidadora no podía quedarse con los niños. Pensaba que iría José Manuel. Pero él estaba cansado. Así que fui yo. ¡Qué regalo tan tremendo! ¡Salí conmocionada! "Zaqueo, baja pronto. Conviene que hoy entre en tu casa". Fue una catequesis espectacular. Espectacular, por lo que me tocó. Ayer descubrí que esa soledad tan enorme que yo he tenido tantos años, no es otra cosa que el no ver la obra de Dios en mi vida. La raíz de mi soledad es el pecado. El "pecado", esta palabra tabú, no es otra cosa que el rompimiento de mi ser interno. El resquebrajamiento de la armonía interior. La ruptura de los lazos de amor entre Creador y creatura. Tantas veces me he visto incapaz de querer a nadie, de amar, de preocuparme por esa o aquella persona... Ahora sé cuál es la raíz de toda esa frialdad. De toda esa despreocupación. De toda esa inhumanidad, que me ha hecho sufrir tanto. El germen de...

Mamá, no te mueras

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La otra noche, en ese ratito en que rezo con las pequeñas, Victoria, medio llorando, me dijo: “Mamá, tengo miedo de que te mueras. Si te mueres, yo me muero.” Inés, por mimetismo, lloraba también. Y en ese desconsuelo, yo trataba de poner un poco de sentido común.   -Yo no me voy a morir. Pero si por casualidad me muero, no pasa nada. Yo desde el cielo cuidaré de vosotras. Y de todos. Sólo cambiaré de lugar. Yo estaré con Dios, mi Padre, y seré muy feliz, y vosotras podéis hablar conmigo, y pedirme lo que necesitéis. Que yo le digo a María: “María, mis hijas necesitan esto, y ella, se lo pide a Jesús…    -Yo no quiero que te mueras. ¿Qué haremos nosotras? ¿Quién nos llevará al colegio? Papá no sabe hacer la comida. -A ver. Papá podría buscar a alguien que le ayudase a cuidaros, a daros la comida, a llevaros al colegio… -Pero, aunque no te mueras ahora, te morirás antes que nosotras –decía Victoria-, y yo no quiero que te mueras… -Mirad, todas las personas hemos si...