miércoles, 23 de octubre de 2013

"Gracias, Señor, porque sonriendo has dicho mi nombre"


Ayer murió Agapito Aliende. Han sido cuatro años codo a codo aquí, en la revista Cooperador Paulino. Ha muerto en unos pocos meses; antes del verano se quejaba de dolores lumbares, que resultaron ser un cáncer fulminante de médula ósea. Agapito tenía 73 años, podría haber vivido aún una decena de años más, pero el Señor quiso llevárselo ya. En los últimos meses había sufrido mucho, porque los médicos no atinaron –hasta el final- a dar con el diagnóstico correcto.
Para mí Agapito ha sido un “hombre según el corazón de Dios”. Sencillo, sin dobleces, afable, con un gran celo por anunciar a Jesucristo. Un hombre íntegro y cabal que dio hasta el último aliento por servir a la Iglesia. Todavía, con setenta y tantos años, se esforzaba por aprender los entresijos del ordenador, y estaba muy despierto  y atento a la vida de la Iglesia y de los hombres y mujeres que la conforman. Tenía sus manías… era curioso cómo cortaba papelitos, y en ellos escribía alguna frase que le llamaba la atención, o algo que debía recordar… tenía sus “papelitos” desperdigados por toda la mesa de trabajo. También los colocaba en el suelo, al lado de la puerta, él sabría el porqué.
 Le encantaba conversar, los años no le habían quitado la alegría, al contrario, parecía un niño en cuerpo de hombre. El brillo de la mirada no lo perdió nunca… Hace poco me llamó la atención un comentario que me hizo. No sé por qué motivo -creo que porque en la editorial San Pablo están preparando una biografía de este santo-  salió a relucir la vida de Pío de Pietralcina,  sacerdote italiano, conocido, entre otras cosas, por sus estigmas… pues Agapito me dijo que este santo le hacía sufrir, estar intranquilo, porque veía que no podía llegar a esos extremos de renuncia de sí mismo, de donación a los demás… A mí, por el contrario, me pareció encomiable que él alimentase todavía esta inquietud, que quisiera alcanzar  la santidad , que no hubiera perdido nada de su amor inicial por Cristo y por la Iglesia.
Era súpercariñoso con mis hijos, y muy atento conmigo. Hasta el día antes de que se fuera de vacaciones con su sobrino, estuvo trayéndome, sin faltar un solo día, un bollo o alguna fruslería con la que endulzar la mañana. Yo los caramelos se los remitía a mis hijas, y de esa “pequeña cosa” –los grandes amores están hechos de “pequeñas cosas”- surgió la corriente de simpatía que había entre él y ellas. Cuando les dije a Victoria, Inés, Judith y Almudena que Agapito estaba muriéndose, que rezáramos un misterio del rosario por él,  se impresionaron mucho. Judith –nueve años- cogió las cuentas del rosario y empezó la retahíla de ave marías… las demás la seguían. Agapito, ahora en el cielo, escuchará también nuestra retahíla de ave marías, yo, de momento, ya le he encomendado muy especialmente a una hija mía, que lo está pasando mal.
Ahora tenemos junto al Padre a un intercesor buenísimo. Yo, por lo menos, no pienso dejarle “descansar”. ¡Con todo lo que aún queda por hacer!
Os dejo su “testamento espiritual”, me encanta aquello de “Gracias, Señor, porque sonriendo has dicho mi nombre y me has llamado a tus brazos”.

Testamento espiritual del P. Agapito Aliende

Yo, Agapito Aliende Palma, percibo que mi carrera por este mundo está cerca a su fin y siento vivamente la necesidad de dar gracias. En el momento de presentarme ante el Señor que me creó, me redimió y me quiso sacerdote en la Sociedad de San Pablo, colmándome de su gracia, encomiendo mi alma a su misericordia.
Le pido humildemente perdón de mis pecados y limitaciones y le ofrezco las pocas cosas buenas que haya podido realizar durante mi vida al servicio de la Sociedad de San Pablo, de la Iglesia y del mundo. Por todo ello, le pido al Señor que me acoja, como Padre bueno.
Profeso, una vez más, mi fe cristiana y católica a la Iglesia de Jesucristo. Me he esforzado siempre por mantenerme humilde y sereno con todos mis hermanos. Pido perdón a todos aquellos que he ofendido consciente o inconscientemente.
Estoy agradecido a todos los hermanos, hermanas, familiares y bienhechores que han hecho tanto para que llegase a este momento de mi vida.
Nací en el seno de una familia humilde y honrada. Esto me ayudó a vivir una vida sencilla y modesta. No he anhelado puestos ni dinero. 

Mi ardiente deseo es que ninguno de los que he conocido y con los que he convivido falte a la cita del Señor.
Espero alcanzar el cielo, para estar un día junto con toda mi familia, mi familia numerosa de sangre y mi familia espiritual, la Familia Paulina, a la que pertenece todo lo que soy y todo lo que tengo, que es muy poquito.
Pido que todos roguéis a Dios por mí, para que por su misericordia infinita me conceda el galardón por el que tanto he luchado. Yo, por mi parte, rogaré por todos vosotros y rogaré por las vocaciones.
Queridos hermanos y hermanas, familiares, amigos y bienhechores: De los demás detalles referentes a los momentos finales de mi tránsito terreno ya se encargará el Superior provincial. Ahora ha llegado el momento de deciros a todos: ¡Adiós! ¡Hasta la vista! Oremos en el nombre de Jesucristo Divino Maestro, de María Reina de los Apóstoles, de San José, de San Pablo Apóstol y de nuestro beato Fundador, el P. Santiago Alberione. Amén. Que así sea.
En mi tumba podéis poner estar palabras: “Gracias, Señor, porque sonriendo has dicho mi nombre y me has llamado a tus brazos”. Firmado: P. Agapito Aliende Palma.