QUÉ DIFICIL Y QUÉ HERMOSO
Hay una verdad que no sabía, p ero que poco a poco se va haciendo carne en mí, y es que ser madre –o padre- es “para toda la vida”. Cuando mi marido y yo nos embarcamos en esta aventura de acoger y amar a los hijos que el Señor nos diera, la cosa no parecía tan complicada; al menos, para mí –desde mi inocencia- parecía sencillo: hacer Su voluntad, estar abiertos a la vida, amar y ser amados. Guay. Ahora, con unos cuantos hijos a mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, el panorama se complica bastante. Llevamos dos años “regulares” en los que hemos tocado, José Manuel y yo, realmente, nuestro pecado, nuestra debilidad… nuestra poca cosa. De padres “guays” nada de nada, hemos tenido experiencias muy duras de las que gracias a la oración de muchas personas, y a la acción real de Cristo, que está vivo y resucitado, empezamos a ver la luz. “Si quieres seguir a Cristo, prepárate para la prueba”, se dice en la Liturgia de las Horas. Sí. Hemos sido probados al cr...