LA SEGUNDA VIRGINIDAD
Testimonio personal de Gracia: “Dios, hazlo tú, porque yo no sé”
En la vida de la Iglesia hay un número indeterminado de jóvenes cristianos que después de tener relaciones sexuales prematrimoniales con sus parejas deciden vivir la castidad como una forma de dejar espacio a Dios, para que Él hable en sus vidas.
San Pablo, en su carta a los Corintios —una ciudad que, como la España de hoy, estaba obsesionada con el sexo—, nos recuerda algo vital: "¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?" (1 Cor 6, 19).
Así, si tu cuerpo es templo, cada decisión que tomas sobre él es un acto sagrado. No se trata de "reprimir" el deseo, sino de orientarlo. Jesús mismo nos pide en el Evangelio que cuidemos la mirada: "El que mira para desear ya cometió adulterio en su corazón". No se trata -desde la Iglesia- de ejercer un juicio moralista sobre el otro, sino de entender que quien se queda en la superficie, se pierde el conocimiento profundo de la otra persona. Con otras palabras: Respetar el cuerpo del otro es reconocer que en él habita Dios.
Os dejo el testimonio de Gracia, una joven de 25 años que ha abierto su corazón y nos ha contado cómo ha vivido y vive su noviazgo, y cómo la relación con su novio se ha renovado y revitalizado a raíz de vivir en castidad:
“Llevo siete años con mi novio. Nosotros empezamos la relación sin castidad, porque no la entendíamos. Yo pensaba: “Si me equivoco, quiero equivocarme yo; y luego, que Dios me dé a entender por qué me he equivocado”. Manuel, por su parte, no concebía de ninguna manera lo de vivir en castidad.
Yo pensaba, durante esos primeros tres años de noviazgo, que la mayor muestra de amor posible era compartir esa intimidad con mi pareja. A mí me han criado en una familia católica, vivo la fe en el Camino Neocatecumenal, y esta situación suponía, de hecho, una doble vida para mí: Por un lado, desde la Iglesia me predicaban una manera de vivir, y por otro, yo hacía todo lo contrario.
Y sí que es verdad que había algo en mi subconsciente, algo ahí dentro que me decía que no lo estaba haciendo bien, no me encontraba en paz del todo, yo preguntaba a curas, investigaba un poco, pero no lo entendía. Llegué a la conclusión de que Dios me tenía que dar algún signo si realmente estaba equivocada.
Atada a una sexualidad mal encauzada
Y empezaron las primeras crisis, grandes, con muchas discusiones, malentendidos, etc. Y fue a partir de los tres años cuando vi claramente que no era libre del todo para discernir y dejar, si quería, a mi pareja. Porque al final, me sentía muy atada a Manuel. Tener sexo con mi novio me ataba a él muchísimo; las mujeres somos más emocionales… Piensa, es el primer hombre de tu vida, es con quien lo has compartido todo, obviamente eso deja huella.
Yo veía que me costaba muchísimo, muchísimo dejar a un lado el sexo, y recuerdo que le decía a Dios: “Hazlo tú porque yo no sé”. Por su parte, mi novio, un amor, estaba dispuesto a vivir de otra manera: “Mira Gracia, si quieres hacemos la castidad, pero decídete”, “venga, lo hacemos”, pero luego no, pero luego sí.
En ese tiempo yo era un mar de dudas constante; la situación se volvió bastante asfixiante, la verdad. Manuel, lo respetaba, pero quería que me decidiese de una vez. Además, no vivir en castidad nos trajo muchas discusiones, malentendidos, porque a veces piensas que la otra persona no muestra todo el cariño que tú desearías, y crees que a lo mejor te ha usado en su beneficio, aunque no sea verdad.
En ese momento yo ya veía que no entraba dentro del plan de Dios lo que estábamos haciendo, y un día Dios me dio el entendimiento para darme cuenta y decir no soy libre realmente.
Ahí fue cuando di el paso: “Me fio de ti, Señor, si es Manuel le harás entrar en razón, se lo pondrás en el corazón y ya está. Y si no es, pues lo dejamos, y punto. Y será otra persona, no hay que aferrarse tanto a lo que uno cree que es sino a lo que Dios quiere”.
Lo entendía todo
Yo estuve rezando muchísimo tiempo; sí, empezamos la castidad, pero a Manuel le costaba muchísimo. Al principio fue bastante complicado, porque veníamos de tres años de noviazgo en los que no había habido castidad, habíamos viajado, habíamos hecho muchas cosas… y ahora era otro noviazgo diferente. De un extremo a otro, tanto que nos costó mucho adaptarnos a esa nueva situación. Y en ese tiempo de adaptación en el que Manuel seguía luchando, en el que quería hacerlo por mí, pero le costaba mucho, en ese tiempo mi novio fue a Jerusalén con su parroquia, y le pidió al Señor que en ese viaje le diese entendimiento.
Y ahí fue cuando, el primer día de viaje, un cura habló de san José y Manuel se vio súper reflejado, era como si Dios le hablase a él, básicamente él tenía que ser como san José, tenía que cuidar a María y ser casto por amor a ella. Fue en ese momento cuando lo comprendió totalmente. Yo, de verdad, veía imposible que Manuel llegase a entender esto, porque él es muy racional y es algo muy complicado.
Y me llamó llorando, que ya lo entendía todo, que lo sentía por no haberlo entendido antes y que quería ser como san José. Cuando me lo explicó despacio, me puse a llorar como una Magdalena, porque me dije: “Dios me ha escuchado”, esa fue la primera vez, fuerte, que vi que la oración es real, que Dios te escucha, que te cuida, y te da las cosas en su momento.
Yo estuve muchos meses rezando, esperando a que Manuel lo entendiese, porque estábamos haciendo una castidad en la que yo era la única que luchaba, por así decirlo. Y el ver que después de tanto tiempo de espera, así como de desierto, en la que solo soy yo la que rema para un lado, ver que Dios me escuchó y se lo concedió, fue como un milagro para mí.
Viendo los frutos
Esto supuso una conversión muy fuerte para los dos. A partir de ahí, empezamos ya bien la castidad, pudimos ver todos los frutos que tiene, obviamente, los vimos con el paso del tiempo, sobre todo el de la libertad; yo ahora me siento muchísimo más libre para dejar a Manuel si llegara el caso, o para decirle cualquier cosa, para hablar con él todo (que ya lo hacía, pero de otra manera).
También he visto cómo ha cambiado este amor, antes era un amor más físico… Ver que esa persona sigue ahí a pesar de tanto tiempo, dejando de lado todo lo físico - porque al final no te puedes dar x besos porque te enciendes, o no puedes estar en ciertas circunstancias a solas, no puedes viajar, esto es algo que me costó mucho porque me encanta viajar con Manuel… Pero, a pesar de todo eso que nos vendía el mundo, hemos podido experimentar que nuestro amor ahora es mucho más maduro y más fuerte.
La verdad es que fue un antes y un después. Todo esto que hemos vivido nos ha ayudado muchísimo a acercarnos a Dios, la verdad. Nos ayudó a rezar juntos, a pedírselo, todavía se lo pedimos porque a pesar de todo es muy difícil. Cuando no rezamos es muy difícil mantenerse, cuanto más rezamos, más bien estamos.
Pero hemos podido ver, realmente eso, la practicidad que tenía lo que decía la Iglesia sobre la castidad; esa libertad que uno tiene para discernir sobre la decisión más importante de nuestra vida y comprobar cómo algo tan simple y tan complejo a la vez (el sexo fuera del matrimonio) nos estaba dificultando la decisión. La verdad es que la oración, la Palabra, los sacramentos fueron un apoyo muy fuerte. La comunidad también nos ha ayudado muchísimo, porque al final es gente que vive la fe como tú, y sobre todo el hecho de vivir el noviazgo con paz y tranquilidad, y decir “Dios, tú lo llevas”.
Abiertos a la vida que quieras darnos
Al final, muy contentos de habernos encontrado de esta manera con Dios y de haber entendido esto que tanto nos costó y también poder valorar la noche de Bodas, porque yo lo pensaba y decía: “La noche de bodas va a ser como una noche más”, y darle esa importancia también me parece muy bueno, porque en esa noche es cuando recibes el sacramento del Matrimonio y además, poder estar abierto a la vida le da otro sentido a la espera - porque cuando tienes relaciones antes del matrimonio no lo estás- y decir: Mira, Dios, yo me entrego a esta persona, y la quiero con toda mi alma, y me abro a ti, a la vida que quieras darnos, me parece precioso.
Y nada, todas esas cosas son las que nos han hecho cambiar, mejorar. A pesar de todo sigue siendo un combate, es muy complicado, muy difícil, te lo tiene que dar Dios, por nuestras fuerzas es imposible”.

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