miércoles, 4 de agosto de 2010

Sé tú mi huerto regado




¿Por qué será tan complicado educar cuando los hijos ya están de lleno en la adolescencia? ¿Por qué tanta zozobra? ¿Por qué me empeño y me violento a mí misma, queriendo que las cosas sean así, y no de otra manera?
¿Por qué a veces –muchas- provoco sufrimiento y malestar a mis hijos? Yo creo que en el fondo es un problema de inseguridad. NO estoy anclada en la roca, y las olas me pueden. La tempestad se me echa encima, y yo trato de nadar contra olas que son muy superiores a mis fuerzas.
Y todo por no dejarme guiar. Me falta paciencia, mansedumbre, fe.



Últimamente estoy viendo que debo buscar la actitud de María, si quiero que mi vida de familia no se convierta en un infierno. Tengo que estar en silencio a los pies de la cruz. A esto me está llamando el Señor. A que pase la tormenta a los pies de su cruz. Y verdaderamente esta es la actitud que salva. Lo tengo más que comprobado. Cuando alguno de nuestros hijos (ahora, uno en concreto) se pone bravo, toca callar. Si el Señor me concede poder hablar con tranquilidad, estupendo, entonces estoy andando sobre las aguas de la muerte… como Pedro; si esto no es posible, entonces toca callar. Ya vendrá la ocasión, más tarde, de colocar las cosas en su justo lugar. Pero es difícil, complicado, mucho, si el Señor no nos sostiene (a José Manuel y a mí). Y cuando no nos sostiene, es porque no nos dejamos sostener.


A mí en concreto, me falta oración, escucha de Su Palabra, intimidad con Él. Hoy, cosa rara, he rezado las Laudes, y cuando he abierto los evangelios al azar, me ha dicho al oído:


“Yo soy el pastor de las ovejas. Mis ovejas reconocen mi voz, y me siguen”.


“Yo soy la puerta, el que escucha mi voz entrará por ella y tendrá pasto abundante”.


Cómo me conoces, Señor. Cómo sabes de mis necesidades. Cómo me sostienes.


Sé tú mi puerta, mi huerto, mi solaz.


Sé tú mi guía, mi cayado, mi roca.


Hazme escuchar tu voz.


Quítame esta libertad que me destroza y dame la actitud del siervo de Yahvé;


quiero estar a los pies de tu cruz, como María.


Sé tú nuestra puerta, que podamos entrar en tu huerto regado y beber de tus ubres abundantes.


Señor, que nos falte todo, menos Tú.