Un pastelero en el cielo
Era jueves santo. Todas las tiendas estaban cerradas. En casa, la nevera tiritando. Ni una mísera magdalena que llevarte a la boca. No sé qué había ocurrido, pero lo cierto es que quizás por no prever lo suficiente, quizás también porque estábamos casi a fin de mes, me encontré en la hora de la merienda con seis niños y nada, nada, que darles. Por un momento me angustié. ¿Y ahora qué hago? Mientras me debatía en estas consideraciones yo seguía trabajando, recogiendo juguetes, arreglando ropa… de repente, llamaron a la puerta. Abrí. Era un vecino con una bolsa grande en la mano. -Hola, mire, soy el vecino del segundo. Les he hecho un bizcocho a los niños, para que merienden…dijo mientras me lo entregaba. Era un señor bajito, canoso, delgado, con gafas, con un brillo de niño travieso en los ojos; ya entrado en años. Yo le di las gracias, varias veces. Me invadió una alegría enorme. No solo porque el problema se había solucionado de una forma inverosímil, sino porque en esta sit...