lunes, 24 de febrero de 2014

Un pastelero en el cielo

Era jueves santo. Todas las tiendas estaban cerradas. En casa, la nevera tiritando. Ni una mísera magdalena que llevarte a la boca. No sé qué había ocurrido, pero lo cierto es que quizás por no prever lo suficiente, quizás también porque estábamos casi a fin de mes, me encontré en la hora de la merienda con seis niños y nada, nada, que darles. Por un momento me angustié. ¿Y ahora qué hago? Mientras me debatía en estas consideraciones yo seguía trabajando, recogiendo juguetes, arreglando ropa… de repente, llamaron a la puerta. Abrí. Era un vecino con una bolsa grande en la mano.
 -Hola, mire, soy el vecino del segundo. Les he hecho un bizcocho a los niños, para que merienden…dijo mientras me lo entregaba. Era un señor bajito, canoso, delgado, con gafas, con un brillo de niño travieso en los ojos; ya entrado en años.
Yo le di las gracias, varias veces. Me invadió una alegría enorme. No solo porque el problema se había solucionado de una forma inverosímil, sino porque en esta situación había visto la providencia de Dios. Mi vecino, -después supe que se llamaba Juan- había sido un intermediario eficaz en esa ocasión. Me acordé de las palabras de Chesterton, cuando decía que muchas veces llamamos casualidad, a lo que es un milagro. Para mí, aquello fue un milagro.
 Desde entonces, muchas veces me lo encontraba en el portal de casa, y me decía: “Voy a ayudar a mi hija, que vive aquí cerca, y después voy a llevarle unas flores a mi mujer, al cementerio”.
 Y murió mi vecino Juan. Fueron cinco años de bizcochos y cordialidad. Los niños le querían mucho. El día de Reyes, subían a su casa a darle el regalo que Sus Majestades de Oriente le habían dejado en nuestra chimenea. Todos quisieron ir a su funeral. Rezaron por él, cada uno a su manera.
 Me imagino su encuentro con Dios Padre:
-Juan, ¿has amado bien?
-Señor, solo he hecho bizcochos.
-Juan, pero cuánto amor has puesto en ellos… Entra, pues, en el reino preparado para ti, desde la eternidad. Y mira, allí está tu mujer, en aquel prado de flores…