martes, 9 de septiembre de 2014

QUÉ DIFICIL Y QUÉ HERMOSO




Hay una verdad que no sabía, pero que poco a poco se va haciendo carne en mí, y es que ser madre –o padre- es “para toda la vida”. Cuando mi marido y yo nos embarcamos en esta aventura de acoger y amar a los hijos que el Señor nos diera, la cosa no parecía tan complicada; al menos, para mí –desde mi inocencia- parecía sencillo: hacer Su voluntad, estar abiertos a la vida, amar y ser amados. Guay. Ahora, con unos cuantos hijos a mitad de camino entre la adolescencia y la juventud, el panorama se complica bastante. Llevamos dos años “regulares” en los que hemos tocado, José Manuel y yo, realmente, nuestro pecado, nuestra debilidad… nuestra poca cosa. De padres “guays” nada de nada, hemos tenido experiencias muy duras de las que gracias a la oración de muchas personas, y a la acción real de Cristo, que está vivo y resucitado, empezamos a ver la luz.

“Si quieres seguir a Cristo, prepárate para la prueba”, se dice en la Liturgia de las Horas. Sí. Hemos sido probados al crisol y lo único cierto es que Él es el que sostiene y fortalece en la tribulación. También sé, porque el maligno me lo ha dejado patente muchas veces, que lo que éste enemigo real persigue de cada cristiano es robarle la esperanza. Sin esperanza, la batalla está ganada. Por eso ahora, si alguien se encuentra tentado, a punto de tirar la toalla, en este momento le digo: Ánimo, ten fe, no desesperes. Espera en Dios que volverás a alabarlo. El Señor es el único que tiene poder para sanar los corazones, para devolver la esperanza, para inundarte con su paz.

Pero lo que quisiera resaltar en este post es la enorme oportunidad que tenemos los padres de mostrar a los hijos el amor sin medida que Jesucristo les tiene (ha dado la vida por cada uno de ellos, ¿quién da más?). Lo que pasa, lo que a mí me pasa, es que muchas veces yo, con mi comportamiento egoísta, desconsiderado, etc. no muestro nada, sólo mi pobreza. Pero ellos buscan, y buscan, no son tontos, buscan la verdad, la entrega, el amor con mayúsculas, quieren enraizar su vida en grandes ideales, y depende de nosotros, de ti y de mí, que encuentren el camino, que no seamos un estorbo. 

Esta mañana, sin ir más lejos, uno de mis hijos (19 años) que está en otra ciudad estudiando la carrera, me decía en un wasap… “sí, mucho hablar de Dios, pero tengo un 80% de probabilidades de que mi novia me deje, seguramente no aprobaré la asignatura que me he estado preparando en verano, no me darán la beca, y tendré que volver a Madrid y yo no quiero esto”. Ahí queda eso. Pero al rato, me llamaba al móvil, porque empecé a hablar con él sobre el sentido de su vida, sobre hacer la voluntad de Dios, sobre cómo discernir qué hacer con tu vida, etc… y en un momento dado, tuve que dejarlo para ir al colegio a recoger a las pequeñas. Y él estaba necesitado. Necesitaba seguir la conversación. Y me llamó dos veces al móvil… quiero decir con esto que como padres y madres podemos, y debemos, dar esperanza a los hijos, mostrarles la belleza de la fe, que el Señor está ahí, que no es una patraña, que les quiere, que no les deja solos. Y rezar por ellos. Mucho. Constantemente. A veces urge más -y seguramente es más efectivo- hablar de nuestros hijos a Dios, que de Dios a nuestros hijos. Por si a alguien le sirve, a mí me reconforta mucho, en el momento de oración, después de la eucaristía, presentar a cada uno de mis hijos ante el Señor, y ahí, en su presencia, pedir para ellos su bendición. También María, en esto, tiene mucha tarea. Quien va a llegar a donde nosotras, madres, no podemos, sino Ella... ahí, en las manos de María, en el hueco de su manto.


Me estoy acordando ahora de una de mis pequeñas, que con seis años, me dice que ella tiene una capa invisible que la protege de todos los peligros, la de María. Casi nada. Esta hija es la que en los momentos de tribulación, dibuja en mí una sonrisa. Hace un rato ha venido aquí, a mi lado, junto al ordenador, para decirme: “mamá, ¿sabes que te quiero mucho?”. Es verdad que las flechas del guerrero son los hijos de la juventud, esos que te defienden del enemigo. Los que defienden tu fe.