lunes, 9 de febrero de 2009

Mamá, no te mueras


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La otra noche, en ese ratito en que rezo con las pequeñas, Victoria, medio llorando, me dijo:
“Mamá, tengo miedo de que te mueras. Si te mueres, yo me muero.”
Inés, por mimetismo, lloraba también. Y en ese desconsuelo, yo trataba de poner un poco de sentido común.
-Yo no me voy a morir. Pero si por casualidad me muero, no pasa nada. Yo desde el cielo cuidaré de vosotras. Y de todos. Sólo cambiaré de lugar. Yo estaré con Dios, mi Padre, y seré muy feliz, y vosotras podéis hablar conmigo, y pedirme lo que necesitéis. Que yo le digo a María: “María, mis hijas necesitan esto, y ella, se lo pide a Jesús…
-Yo no quiero que te mueras. ¿Qué haremos nosotras? ¿Quién nos llevará al colegio? Papá no sabe hacer la comida.
-A ver. Papá podría buscar a alguien que le ayudase a cuidaros, a daros la comida, a llevaros al colegio…
-Pero, aunque no te mueras ahora, te morirás antes que nosotras –decía Victoria-, y yo no quiero que te mueras…
-Mirad, todas las personas hemos sido creadas para la vida, no para la muerte.
Este deseo que tenemos de vivir siempre, es porque Dios nos lo ha puesto en el corazón.

-¿Y por qué nos tenemos que morir?, espetó Victoria.
¿Por qué, a Adán y Eva se les ocurrió comer de una manzana? … No es justo.

-A ver. Lo de Adán y Eva es una historia que quiere decir algo. Es un cuentecito.
El hombre y la mujer han sido creados para amar, y sólo amando somos felices.


Dios nos creó para ser felices. Pero también nos creó libres. Dios no quiere esclavos.
Quiere personas que le amen libremente. Porque El es bueno, y todo lo ha hecho
hermoso.
-Lo que pasa es que Adán y Eva hicieron caso a la serpiente… dijo Inés.
-Sí. Por causa de Satanás entró la muerte en el mundo.
Cuando hacemos el mal, y no el bien, morimos por dentro. El mal nos aleja de Dios, por
esto tuvo que venir Jesús, a la tierra. Para abrirnos las puertas del
cielo que estaban
cerradas para nosotros.
Cristo Jesús venció a la muerte. Clavó todas nuestras debilidades en la cruz.
Así que ya no hay que tener miedo a morir.
Jesucristo nos ha preparado un lugar,
aquí estamos un ratito,
pero nuestra verdadera casa está allí… con El.

-¿Y habrá comida? ¿Y estaremos todos juntos?
-No sabemos muy bien cómo será. Nuestro cuerpo será glorioso,
mantendremos nuestra identidad, pero desarrollaremos capacidades nuevas…dice Julián Marías, un señor que sabe mucho, que cuando estemos junto a Dios, podremos, por ejemplo, descubrir facetas desconocidas hasta ahora en nosotros, por ejemplo, el don de la música, o de la pintura... y que al no haber "tiempo", podríamos conocer a la vez a la persona en su presente, pasado y futuro... en fín, un lío.
Mirad, Jesús, cuando resucitó… una de las veces que se apareció a sus amigos,
comió con ellos pescado…otra vez, dice el evangelio que “estando las puertas cerradas
por miedo a los judíos,
Jesús se presentó en medio de ellos”.

Es decir, que atravesó las paredes… comió… pero era Él mismo,
porque les enseñó sus manos, y tenía el “agujero” de los clavos…
A uno de ellos, no recuerdo ahora cómo se llamaba, le mostró sus manos y el costado,
y el dijo “mete tu dedo”, y “no seas incrédulo, sino creyente”.
Y éste mismo, Tomás se llamaba, cuando vio que era verdad, que había resucitado,
lo reconoció diciendo: “Señor mío, y Dios mío”.
-Pues yo me quiero morir ya para ir con Jesús… concluyó Inés.

Creí que me iba a dar algo. Aquello se estaba desbordando.
Como pude les expliqué que había que esperar a que Dios nos llamara.
Que no valían las prisas…
Al final, conseguí que se durmieran sin más preguntas.
Pero, al margen de la anécdota,
creo que es importante hablarles a los hijos de la muerte con naturalidad.
Porque tenemos una esperanza,
y esta esperanza hay que transmitirla .
Es urgente acabar con el tabú de la muerte.
Los niños necesitan saber que van a morir, pero que ese no es el final,
que este es un autobús, cuya última parada es el cielo.

Es curioso observar cómo la gente vive, come, duerme, trabaja, ríe y sufre
sin plantearse la mayor parte del tiempo qué hace aquí. Qué sentido tiene su vida. Por qué vive.
Es curioso observar cómo unos suben y otros bajan del autobús (la vida) sin plantearse,
hacia dónde va ese autobús. Cuál es su parada final, quién le ha dado el billete,
y qué tiene que hacer durante el trayecto.
Quiero que mis hijos sepan que tienen un Padre que les quiere aunque hagan cosas malas,
y que les perdona y les acoge si ellos le buscan sinceramente.
Quiero que tengan discernimiento. Que sepan dónde está el bien, y dónde el mal. Y que cuando caigan, sepan de dónde les viene el perdón, y el amor. Y se levanten.
Los niños necesitan ver un sentido a la vida.
Urge mostrarles el amor de Dios.
Educar en la Esperanza es primordial para que nuestros hijos,
mis hijos, crezcan sanos por fuera y por dentro.