martes, 3 de febrero de 2009

Vidas paralelas




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Belén y Javier viven en Madrid y trabajan como funcionarios del Estado. Se casaron hace 24 años, ilusionados. Pero un cúmulo de errores hizo que su matrimonio, poco a poco, se fuera deteriorando. Hoy lo pueden contar, con tranquilidad. Porque lo han superado. Esta es su historia.


“Sobrevivíamos”, dice Belén. “Yo tenía mi vida laboral, y me volqué en ella. Dejé a mi marido a un lado, yo era el centro de mi familia, y todo giraba en torno a mí”. Esta actitud de Belén, aderezada con un fuerte carácter (“mis arranques eran tremendos. No dejaba títere con cabeza”) y una educación sexual mal enfocada, empujó a Javier a una doble vida. Por un lado, tenía su familia, por otro, sus escarceos amorosos.


Sin sexo


Javier lo explica así: “Yo soy una persona muy afectiva, y ella me rechazaba en la cama, así que yo dejé de molestarla. Yo siempre he sido un poco golfo; de joven, ya iba con mis amigos a buscar a estas chicas, para charlar, o lo que se presentase... Me mantuve fiel los primeros años de matrimonio, pero luego, me fui acostumbrando a ir dos o tres días a la semana a clubes nocturnos”.


Belén señala que le extrañaba que su marido no le reclamara relaciones sexuales, pero “nunca hablamos de ello. A un nivel inconsciente, me parecía muy bien que no tuviéramos sexo. Yo no necesitaba relacionarme sexualmente, y además, no quería quedarme embarazada”. Cuenta que su madre la educó para que se protegiera de los hombres, la educó en la estrategia del no me toques, y del todos van a lo mismo. “Recuerdo que mi abuela nos hacía, a mis hermanas y a mí, ropa interior de ganchillo, y mi madre se quejaba, diciendo: “no se la hagas de ganchillo, que la van a querer enseñar”. Después, ya de casada, yo seguía protegiéndome de Javier”.


Ocio desenfrenado


Así, vivieron dos vidas paralelas. “Nuestro matrimonio era una fachada. No nos hacíamos caso ninguno de los dos…los fines de semana, yo quedaba con mis amigas, y él se iba, casi siempre, según me decía, al Museo del Prado (claro, unas veces iría, y otras no…)”.


Aparentemente eran felices. Javier, aparte de su trabajo, pintaba al óleo, e iba al taller tres veces por semana, exponía sus cuadros, estaba mucho tiempo fuera de casa, llegaba de noche… Belén aprendió a usar el torno, a esmaltar, se apuntó en la Escuela de Idiomas.


Todo esto ocurría, sin que ellos se percatasen de que, este ocio desenfrenado, tapaba muchas carencias afectivas.


Pero aún hay más. Otro elemento a tener en cuenta en este puzle, ha sido el hecho de que Javier -hace de esto diez años-, pasara por una crisis mental muy fuerte, y le pusiesen tratamiento psiquiátrico: “Perdía, algunas veces, la noción de la realidad. Recuerdo que tomaba media pastilla, y dormía, de un tirón, treinta y seis horas. Tenía tal desasosiego interior, que montaba broncas en casa para justificar, ante mí mismo, mi búsqueda de placer sexual”.




Él lo recrea todo


Sin embargo, algo ocurrió en la vida de esta pareja. Todo dio un giro de 360 grados: “Fuimos a unas catequesis para adultos del Camino Neocatecumenal –señala Belén- y allí se nos dijo algo que yo no había oído hasta entonces: Que el Señor saca de la muerte, vida. Que puede hacerte una persona nueva, que Él lo recrea todo.


Efectivamente, con el tiempo he comprobado que es cierto. Cuando uno se pone bajo la Palabra de Dios, y se empapa, dejando el paraguas en casa, es imposible permanecer en el engaño”.


Me llamó la atención –cuenta Javier- la fuerza con la que me transmitieron su experiencia las personas que allí hablaban. Me animaron a coger mi vida en peso, así que, entramos en una comunidad. La comunidad es como un laboratorio de la vida, en la convivencia con las demás personas, te das cuenta de cómo eres en realidad, salen las envidias, las rencillas, los egos…también el perdón”.


Cambio de rumbo


Y cuenta cómo cambió su vida, a raíz de esta experiencia: “Hace muchos años que no necesito medicamentos; ya no tengo ansiedad por la pintura, antes sufría muchísimo por exponer, buscar salas… ( ahora , si puedo pintar en casa, bien; si no, también), ya no pongo la vida en que se reconozcan mis méritos, en la fama… con los cuentos infantiles, lo mismo. Antes iba por las editoriales, a ver si los publicaban… ahora no. El no buscarte a ti mismo, te hace descansar”.


Llevamos una vida mucho más sencilla-prosigue Javier-: familia, trabajo, comunidad. Han desaparecido las salidas nocturnas, las vidas paralelas, el querer ser, el aparentar… antes, hablábamos con los amigos de nuestros viajes: “hemos ido a Jaca, a París, y a la Expo… en un mismo verano”, ahora, todo eso nos parece banal”.


Javier subraya que para él, su mujer, es su ayuda adecuada, algo de lo que se ha dado cuenta, estando en la Iglesia: “Durante muchos años vi a mi mujer, como a mi enemigo. Después, escuché aquello de: “Ama a tu enemigo”, y dije, caramba, si lo tengo en casa. Tengo la posibilidad de amarla, y vivir esta Palabra. Más tarde, he visto que ella no está a mi lado por casualidad, sino que Dios me la ha regalado: ella me conoce, me dice cómo soy, me ayuda a salir de mí mismo, de mis autocomplacencias”.


Fuera engaños


Cuando le pregunto sobre cómo le contó a su mujer su doble vida, Javier me mira a los ojos: “Yo sentí la necesidad de contarle mis infidelidades a Belén, en una convivencia de fin de semana, llevando ya varios años en comunidad. Porque me parecía que jugar con Dios era peligroso. No debía engañar ni a Dios, ni a mi mujer, ni a la comunidad. Desde entonces, no he vuelto a pisar un club. Rezamos todos los días juntos, y cuando tengo alguna tentación, me confieso de esa tentación, aunque no haya caído… Cristo me da fuerza para resistir las tentaciones; yo lo combato así”.


Y Belén tercia: Al principio, me interesó perdonarle, por nuestra hija. Así que le perdoné con los labios, más tarde, pude perdonarle con la razón, y por último, cuando Dios quiso, pude perdonarle con el corazón. Entonces fue cuando empezamos a vivir una vida nueva. Ya es tu marido, no aquel de quien te tienes que defender, o a quien tienes que llevarle tres horas de delantera en la lucha diaria. Siento que Javier haya malgastado lo mejor de nuestra vida matrimonial con prostitutas, pero también entiendo que yo se lo puse muy difícil… Ahora tenemos una sola vida juntos. Ya no hay mentiras. Ya no hay rencores”.




Sobre las infidelidades de Javier


Cuando me enteré, por él mismo, de que me había sido infiel, me entró una pena increíble –señala Belén-. Él sufrió muchísimo también. Sin embargo, me pasé los primeros seis meses hurgando en la herida (Pero pagabas… y qué días ibas…), hasta que comprendí que yo no podía tirar la primera piedra, que no le podía pedir cuentas a mi marido, porque yo tenía mucho de qué pedir perdón… (incluso, llegué a fijarme en un compañero de trabajo…) Él tiene unas debilidades, y yo otras. Lo importante es saber combatirlas.




Aprendiendo de los errores


1. Casi siempre, las infidelidades sólo son la punta del iceberg. Problemas con la sexualidad, o con el dinero, están detrás de muchas crisis matrimoniales.


2. Analizad el porqué se ha llegado a esa situación anómala. Normalmente, los errores son de ambos, y el sincerarse con el otro/a sin pasarle factura, prioritario.


3. A veces, el estar fuera de casa mucho tiempo, es síntoma de que las cosas no funcionan bien. Hay que hablar. Que no se enquisten los rencores. Conviene airearlos, buscando el momento más idóneo para ello.


4. Discutir (intercambiar puntos de vista) no es malo, siempre y cuando se pretendan solucionar las cosas.