sábado, 14 de febrero de 2009

Tus amores



Oh Dios, tú eres mi Dios,
por ti madrugo.
Mi alma está sedienta de ti,
mi carne suspira por ti
como tierra reseca, agostada, sin agua.

Cómo te contemplaba en el santuario,
viendo tu grandeza y tu fuerza.
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti,
y velando medito en ti
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Esta oración la sé de memoria. La rezo muchas veces,
porque muchas veces me encuentro así, agostada y sin agua.
Me pasa sobre todo cuando corto los lazos Contigo.
Cuando me puede el hombre viejo (ahora se diría "la mujer" vieja),
esa que tira de mí, para que todo siga igual,
un día y otro día.
Esa que me ata a la tierra, y me hace ver lo egoísta que soy,
lo iracunda, lo despreciativa, lo imperfecta...
Ahora es uno de esos momentos en que sé que tengo que ir a reconciliarme
contigo,+
lo sé.
Sé que estoy hasta las cejas de soledad,
de buscarme a mí misma.
De encerrarme en mi caparazón.
Incapaz de amar.
Incapaz de darme a mis hijos, y menos, a mi marido.
Juzgadora.
Pero te quiero, Señor...
no me dejes nunca.
No permitas que me aparte de ti.

Oh, Señor, tú eres mi Dios,
por ti madrugo.
Ten misericordia de mí,
que soy una pecadora.

Devuélveme el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista.
Borra en mí toda culpa.

Crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.

No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación...

Señor, tú sabes como soy...
pero tú sabes que te quiero.

Que yo sin ti, no soy nada.

La nada, más el pecado, que diría no sé qué santo.

Devuélveme la frescura primera. Esa que echo tanto de menos...
aquel tiempo de intimidad
donde me mostraste tus amores.

Señor, dame de beber de ese agua...

que yo pueda exultar de gozo en tu presencia.

Que pueda romper las cadenas
que impiden que salga tu creatura.

Señor, que me conmueva,

quítame este corazón de piedra,

y dame un corazón de carne.


Y después pide lo que quieras...


Y dame la gracia para poder hacerlo.

Habla, Señor, que tu sierva escucha...


Señor mío, y Dios mío.