lunes, 23 de febrero de 2009

Zaqueo, baja



En principio, no pensaba ir a la Palabra, porque la cuidadora no podía quedarse con los niños.
Pensaba que iría José Manuel. Pero él estaba cansado. Así que fui yo.

¡Qué regalo tan tremendo!
¡Salí conmocionada!


"Zaqueo, baja pronto.
Conviene que hoy entre en tu casa".


Fue una catequesis espectacular. Espectacular, por lo que me tocó.

Ayer descubrí que esa soledad tan enorme que yo he tenido tantos años,

no es otra cosa que el no ver la obra de Dios en mi vida.

La raíz de mi soledad es el pecado.


El "pecado", esta palabra tabú,

no es otra cosa que el rompimiento de mi ser interno.

El resquebrajamiento de la armonía interior. La ruptura de los lazos de amor

entre Creador y creatura.


Tantas veces me he visto incapaz de querer a nadie, de amar,

de preocuparme por esa o aquella persona...

Ahora sé cuál es la raíz de toda esa frialdad. De toda esa despreocupación.

De toda esa inhumanidad, que me ha hecho sufrir tanto.

El germen de toda mi soledad es el pecado. La muerte óntica.


Es por esto que cuando estoy en gracia puedo amar sin barreras,

puedo entregar plenamente mi tiempo, mis fuerzas, mi alegría.


Porque en soledad, sufres. Y mucho.

El pecado no hace feliz a nadie. En todo caso, hay pecados que

pueden darte una satisfacción momentánea.


Pero después queda el lodazal en el espíritu.

Y yo creo que todas las personas tenemos experiencia de esto.


"Zaqueo, baja pronto.
Conviene que hoy entre en tu casa".


Zaqueo, era un jefecillo de publicanos, rico, y de "pequeña estatura".

La "estatura" hace referencia al calibre humano y espiritual

de esa persona. Zaqueo era un pecador.


Ese Zaqueo, zarandeado por la vida y por las debilidades, soy yo.

Ese pobre, que se subió a un sicomoro, para ver pasar a Cristo, soy yo.

Que también me he subido a un árbol (la Iglesia) para verle pasar.


Ayer el catequista nos animaba a que bajemos ya del árbol,

ya tenemos experiencia de que está vivo y resucitado. Ya le hemos visto.


Al catequista le conozco bien. Le aprecio. Le admiro.

Me parece una persona auténtica que ha buscado a Jesucristo

con todas sus fuerzas, y le ha encontrado.

Me parece que, realmente, es uno de los escogidos por el Señor.

Y eso que a él no le duelen prendas, a la hora de reconocer sus miserias.


Sin embargo, precisamente esto es lo que marca la diferencia.

Si repaso a quienes escoge Dios para darle a conocer, observo que

siempre ha elegido lo peorcito.


David... un adúltero y un asesino. Sin embargo, Dios dice de él:

"Éste es un hombre, según mi corazón". ¿Por qué?

Porque no tapó su delito, sino que lo admitió y se arrepintió.

Francisco de Asís, un vividor, que despilfarraba el dinero de su padre en juergas ...

san Agustín, un licencioso, que estuvo cohabitando con una mujer

de la que tuvo un hijo... Lo que sufrió santa Mónica por él.

Podría seguir, y seguir.

Por todo esto, ayer me cuestionaba seriamente cómo soy yo.

De qué me tengo que convertir. Me da miedo... por lo que pueda encontrar.

El catequista nos decía:

"Ábrele tu casa. Déjale entrar. Reconócete débil y pequeño.

Repasa tu vida. A quién hiciste daño... ¿de qué te tiene que curar el Señor?".


Realmente a mí me cuesta muchísimo reconocerme pecadora.


Estoy repasando, con quietud, a ratos.

Espero que el Señor me ayude a ver lo que hay dentro de mí cuando él no está.


Una cosa es clara: Cuando no tengo a Dios en mi vida.

Cuando no veo su amor por ninguna parte.

Cuando vivo en esa soledad interna que me mata,

y mata todo cuanto toco.

Entonces, enseguida me doy cuenta

de que estoy muerta por dentro.


Es entonces cuando el pecado habita en mí.


"Baja. Conviene que hoy entre en tu casa"


-Bájate ya de ahí. Ya me has visto. Déjame entrar y sanarte.

Señor, dame humildad para reconocerme débil y necesitada de Ti,

porque sólo entonces comprenderé las atrocidades de los demás.

No les juzgaré. Como tú no me juzgaste.

Señor, que no me escandalice de mí misma.

Te pido que cures mi ceguera.

Tú has clavado mis debilidades en tu cruz. ¿De qué tengo miedo?

Que pueda reconocer mi pobreza.

Porque tú viniste a por lo que estaba perdido.

Y si yo me creo perfecta...

¿A qué has venido?, ¿De qué me has liberado?


Señor, ayúdame a caminar por la senda de la verdad.