martes, 17 de febrero de 2009

Soy mujer, y tengo una vocación



Anoche dormí un tanto intranquila, y esta mañana me he levantado más temprano
de lo habitual. Hemos rezado José Manuel y yo las Laudes, me he duchado,
he vestido a Victoria (Teresa e Inés están enfermas, y se han quedado en la cama),
y la he llevado al colegio. Antes de salir de casa, le he pedido a los mayores que
recen un poco.

-¿Por qué?

-Por que tengo una entrevista de trabajo.
Es para trabajar en una revista cristiana.
Y me gustaría que saliese...

-Ah, vale.

A mi madre también se lo comenté anoche por teléfono.
Y ella, tan prudente como siempre, me dijo:
-"Rezaré para que pase lo mejor para todos, para ti y para tu familia. Para que
se haga la voluntad de Dios".

-Vale, mamá, reza para eso.

Y con este arsenal de oraciones, he cogido el coche, camino de la sede de esta publicación.
Gracias a Dios no me he perdido. Estaba fácil llegar.

He aparcado y me he dirigido a la cafetería. Al poco tiempo,
ha llegado la directora.

Nos hemos tomado un café y le he contado un poco mi vida
(a grandes rasgos) y mi experiencia profesional.

Esta revista lleva poco tiempo en el mercado,
y es, sin lugar a dudas, una delicia de publicación.

La Iglesia necesita aportaciones de este tipo.

Es una revista que busca a la persona, para sacar de ella lo mejor de sí misma.

¿Cómo hacen esto? Desde la cotidianidad. Desde la vida diaria.
Con los pies en la tierra, y con la mirada en lo alto.

Y pensando un poco si existe o no, una identidad de la mujer,
pues el público al que intenta llegar es femenino sobre todo,
(he llegado a la conclusión de que sí,
la mujer tiene una seña de identidad incuestionable: su matriz.

Alguno habrá que ya haya empezado a revolverse en su asiento.
Pero es que la mujer tiene este don único, el de dar la vida.

Y este dar la vida, implica darse a sí misma, donarse en aquello en lo que cree,
cuidar del bienestar interior (no sólo físico) de sus seres queridos.
Nadie dice que se quede, "en casa con la pata quebrada".NO.
Esta forma de ver las cosas es muy banal.

Lo que digo es que estamos dotadas para algo importantísimo:
Para amar... hasta la dimensión de la cruz, si me apuráis.

Yo sólo sé que la capacidad de entrega que he visto en algunas mujeres,
no la he visto en los hombres. En esto somos distintos. Qué le vamos a hacer.
Lo cual no quiere decir que haya excepciones, faltaría menos.

También me he dado cuenta de otra cosa: Que para mí ha sido importante
quedarme en casa cuidando de mis hijos pequeños. He disfrutado de ellos.
También este tiempo, largo, me ha servido para buscar al Señor, y encontrarlo.
Para sentirme amada por El.
Hay veces que pienso que soy como una monja de clausura, pero con familia.

Si no hubiera sido por estos ratos de silencio confiado, de intimidad en oración,
la vida para mí, en la soledad de la casa, hubiera sido muy dura.
Conozco mujeres que han tenido depresiones por no tener una vida social
un tanto más distraída.

Igual que mantengo que estos años en casa han sido fructíferos, también creo que ahora
el Señor me está pidiendo otra cosa: que salga fuera. Que trabaje por construir, en la
medida de mis posibilidades, un mundo más auténtico, menos idólatra. Más fiel.

Más a su imagen y semejanza.

No sé qué pasará. De momento tengo este blog.
Parece increíble como este pequeño artilugio puede acercar tanto a las personas.
Cómo puede aunar voluntades.

Sin duda, éste también es un instrumento al servicio del hombre
( y de la mujer de hoy).