viernes, 27 de febrero de 2009

En medio de las llamas





Ayer fue un día fantástico. Desde el principio al fin.



Pocos días recuerdo yo que hayan sido tan intensos.



Para bien.





Y todo, porque fue un día pleno de alabanza. Pleno de relaciones humanas en las que,

de una u otra forma, aparecías Tú.

Lo primero, una entrevista de trabajo, de la que salí bastante contenta. Y en la que

pude hablar de Ti, sin ese pudor que siento algunas veces al mostrar mi intimidad.


Después, (obviando la comida..., etc), por la tarde,

conocí a una familia que sufre, como tantas por otra parte.

Pero ésta es de las que es tan evidente su dolor, que no es posible disimularlo...

el padre, con un cáncer, el hijo con una esclerosis múltiple (más problemas mentales),

la madre, con los dolores propios de la edad...

y padre y madre, con una fuerza interior considerable.


Ellos nos abrieron su casa y su corazón.

El chico, un joven un tanto desaliñado por aquello de la depresión,

me decía que ya no puede leer, que no se concentra, que no tiene ánimos

para nada, ni para nadie...


Le animé a que le gritara al Señor,

que El tiene poder para sacar de la muerte, vida.



"Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí".

"Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí".




-"Así, hasta que ya no puedas más.

Te aseguro que el Señor escucha. Y salva".



Esta oración del corazón, la rezan en Oriente, y es una llave para reconocerse

débil ante Dios, y necesitado de perdón y sanación.

Todos, yo la primera, queremos huir del sufrimiento, no entendemos nada.


El dolor del alma nos resquebraja por dentro.


Pero se puede llevar con paz.


Se puede llevar de otra manera. Incluso, si me apuráis, con alegría.


"Espera en el Señor, que volverás a alabarlo".



Este salmo para mí ha sido de gran consuelo en los momentos
de sufrimiento.

Esos en los que no ves nada, salvo el abismo.


Recuerdo cuando uno de mis hijos tuvo una alteración del comportamiento...


que no sabíamos cómo tratar...

la desazón que eso nos supuso. Yo lloraba por las esquinas.


Lloraba en las eucaristías. Lloraba en el hospital.


Y ese salmo me consolaba:



"Espera en Dios, que volverás a alabarlo".






En aquel tiempo me fijé en la figura de Abraham, del que dice la Escritura,

que "creyó contra toda esperanza,

y el Señor se lo reputó como justicia".


Dios le pide a Abraham que le entregue a su único hijo,

y que se lo ofrezca en sacrificio. Ese hijo, en el que él había puesto toda su vida.



Y Abraham no duda.



Incluso le dice a Isaac, cuando éste le pregunta,

"Padre, llevamos la leña, el fuego,

pero ¿dónde está la víctima para el sacrificio?


Y Abraham, completamente fiado de que en su Dios

no existe la maldad, responde:

"No te preocupes. Yahvé, proveerá el cordero".


Y así fue. El Señor no le dejó levantar su mano

contra el fruto de sus entrañas.

Y proveyó un cordero, de entre los matorrales.


Ese cordero, que es Cristo Jesús.



"Abraham creyó contra toda esperanza,

y el Señor se lo reputó como justicia".

Cuando nos pasó todo esto, también me ayudó muchísimo María,

a quien continuamente imploraba:

"Señora, tú que sabes lo que es sufrir por un hijo,

intercede por el mío ante el Tuyo".


Y aquello pasó. Incomprensiblemente, pasó.


Ha habido unos cuantos episodios más en los que he notado
que la tierra se abría bajo mis pies.


Cuando Nazareth se encaramó a lo alto del frigorífico, y se bebió un bote entero

de un medicamento que tenía codeína ... y se pasó una noche en la UCI

Unidad de Cuidados Intensivos).


O cuando Jose se cayó de la litera y le llevé a Urgencias porque no se despertaba..
Pero en medio de todos estos avatares, el Señor nos regaló paz.

Que no es poco.

"En medio de las llamas, los tres jóvenes

unánimes cantaban: Gloria."

(Libro de Daniel 3,57-88)



El día terminó de la mejor forma posible.

Con la escucha de Tu Palabra en comunidad.



Cuando volví a casa, estaba agradecida y contenta.