martes, 23 de noviembre de 2010

Dies natalis

Hace un par de semanas murió Bruno, el hijo de unos vecinos. Tenía seis o siete años. Ha muerto de cáncer y la verdad es que ha sido un mazazo; desde que nos enteramos mis hijas las pequeñas piden a Dios por él todos los días, en el coche, camino del colegio.Victoria de vez en cuando, por los pasillos de casa, sin venir a cuento, susurra: "Pobrecito, Bruno". Inés está empeñada en que cuando vea a Mario, su hermano, le va a decir: "Siento mucho que se haya muerto Bruno, y que te hayas quedado solo". Creo que la dejaré, porque ella también necesita manifestar sus sentimientos, y la verdad no hace daño a nadie si se dice con cariño.

Bruno volvió a su casa diez días antes de su muerte, después de una larga estancia en el hospital, y parecía que por fin, iba a curarse. Pero unos cuantos virus echaron por tierra cualquier esperanza. Esto último me lo ha comentado su madre, bastante entera, dadas las circunstancias.

Me ha dado mucho que pensar todo esto, porque yo apenas tengo trato ni con esta familia, ni con tantas otras que viven en mi bloque, casi puerta con puerta... me encierro en mi cascarón, saludo educadamente, y poco más. Me cuesta mucho darme, romper barreras, acoger de corazón... estoy demasiado enrocada en mi familia y pasan alrededor mía muchas cosas de las que apenas me entero. Quizás por esto todavia seguimos en este piso (en el que ya casi ni cabemos). Es posible que el Señor esté esperando un fruto que no estoy dando. Un fruto de misericordia. De acogida. De humanidad.

Sin embargo, me encantó un detalle que viví  hace poco. Me acababa de enterar de que había muerto Bruno, y en las peticiones de la eucaristía, públicamente, pedí al Señor por él y por su familia... en el momento de la paz, se me acercó el asistente del sacerdote, y me preguntó: "el niño que ha muerto... se llama Bruno, ¿verdad?". -Sí, le dije asintiendo con la cabeza. Y cual no sería mi sorpresa cuando en la oración inmediatamente antes de la consagración, el sacerdote nombró a dos personas fallecidas, y a Bruno, para que el Señor las acogiera en su Gloria.

Así que me imagino al chaval, de la mano de Cristo, presentándose delante del Padre. Qué descanso saber que el mismo Jesús se hace cargo de este chavalín... del que no sé si quiera si está bautizado. También me alegra pensar que de alguna manera he podido ayudar a Bruno; que aunque no me haya entregado en vida, he podido interceder por él junto a la asamblea, cosa que me anima, porque los cristianos somos sacerdotes, profetas y reyes. Y como sacerdotes, mediadores ante el Padre, en favor de los hombres.

Y enlazo este hecho, tan duro, con unas palabras que he oido este fin de semana a una catequista. Nos decía: "Para Dios, no hay edad. El Padre te puede llamar en cualquier momento". Y es verdad. La muerte esta ahí, latente, desde el momento en que naces. (Y aún antes, si pensamos en el aborto). El Padre llama cuando lo cree oportuno. Y quizás para Bruno era éste su mejor momento. El Padre lo estimó así. Y lo llamó.

Ni un cabello de nuestra cabeza cae sin que el Señor lo permita, decía Cristo Jesús. Si esto es así, ¿a qué tanto miedo?  Es curioso que el día de la muerte, para los cristianos, es el Dies natalis, el día del Nacimiento. Porque es cuando la persona nace a la Vida plena. Los primeros cristianos no estaban tristes cuando un hermano moría, sino que celebraban una gran fiesta,  porque había pasado a la Casa del Padre. Esto hoy día también se da en las comunidades cristianas. Y es una bendición, sin duda.

Comprendo que es duro, durísimo para los padres... yo no sé cómo sobrellevaría esta separación... pero sé que el Padre está ahí, y que no es un justiciero, ni un maltratador, ni quiere nuestro mal. Es un Padre bueno que acoge al que sufre y le protege bajo su manto. Y sé que el Espíritu Santo viene a habitar en quien lo acoge. Y sin duda, asistirá a estos padres si hay cristianos que oran por ellos.