sábado, 19 de noviembre de 2016

Los dos embriones (evangelio 19 noviembre 2016)

 
En aquel tiempo, se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección y preguntaron a Jesús:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. Por último, también murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer».

Jesús les dijo:
«En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección.
Y que lo muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos»
Intervinieron unos escribas:
«Bien dicho, Maestro»
Y no se atrevían a hacerle más preguntas. Lucas 20, 27-40

 
Si tuviéramos presente -si yo tuviera presente más a menudo esta Palabra- qué distinta sería nuestra vida. Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Esta vida nuestra es sólo un paso, un tiempo, para pasar a esa otra vida, la Verdadera, la del cielo, la que merece la pena. Si esto nos lo creyéramos, qué diferente sería nuestra vida. 

Circula por las redes sociales una narración que a mí personalmente me ha hecho pensar mucho, seguro que más de uno la ha leído… se trata de dos embriones que están en el vientre de su madre, dos hermanos claro, y entre ellos hablan, uno de ellos dice: mira, qué bien estamos aquí, en este lugar, calentitos aunque en la oscuridad, con comida, crecemos… aunque a veces pasamos estrecheces, porque cada vez este lugar es más incómodo… pero bueno, nos hacemos compañía, estamos seguros aquí.
El hermano, embrión también, le responde: Sí, estamos bien, con nuestras limitaciones claro… pero no sé si tú, de vez en cuando oyes una voz que viene de fuera, que nos habla… a veces oigo canciones, sonidos agradables… me siento querido, no sé por qué… .
-Sí, yo también oigo esa voz… pero no sé. Qulizás sea nuestra imaginación. Yo creo que lo que hay, es lo que tenemos, nada más. Y con esto hay que vivir. Si alguna vez salimos de aquí, moriremos.
El hermano le dice: No, yo creo que hay algo más, tengo esta intuición. Si salimos de aquí, debe haber algo mejor, que desconocemos, alqo que nos asombrará. Algo que no podemos ni imaginar..

Es evidente que para uno, salir del útero de su madre será la muerte, el fin. Para el otro, será la vida, el principio.¿Y cual es la realidad? Que nacemos a una vida nueva. Que nuestra vida no acaba en esta tierra. Unos irán a la Vida, otros a la desolación eterna. Los que sean dignos de formar parte de la vida Verdadera, serán transformados, sus cuerpos serán glorificados como dice San Pablo. Los que sean dignos de formar parte de esta vida futura, ya no padecerán, ni sufrirán ni llorarán. El Señor enjugará toda lágrima. De esto es de lo que nos ha hablado Cristo Jesús, esta es nuestra esperanza. Su sangre derramada por cada uno de nosotros nos llevará al cielo, si nosotros le dejamos.