viernes, 12 de diciembre de 2014

Una aproximación a Teresa de Jesús





Tengo una hija que se llama Teresa. Y si he de ser sincera, en la elección de su nombre pesó -y mucho- la figura de la Madre Teresa de Calcuta, aunque también tuvieron algo que decir Teresa de Jesús y Teresita de Lisieux. Quería que mi hija estuviera bien arropada desde el cielo, y qué mejor cosa que encomendarla a estas santas Teresas... ahora, en el quinto centenario del nacimiento de la santa de Ávila, he buceado un poco en su vida y en su obra. Y me he quedado sorprendida de tanta hermosura... parecería que los santos ya no tienen nada que aportarnos. Y no es así, ni muchísimo menos. Teresa de Cepeda y Ahumada tiene una vida aventurera, recorre España fundando conventos, pero no sólo eso, tiene una vida interior desbordante, y lo mejor, es que lo cuenta. Ella, por obediencia a sus confesores, va narrando su relación personal, íntima, con su Señor. Y es una delicia. También se desnuda -literariamente hablando- en su Libro de la Vida, esta mujer, nacida hace cinco siglos, parece un testigo actual del amor de Cristo Jesús. Y es que cuando uno está lleno, rebosa, y desborda y empapa todo lo que toca.

Pero Teresa de Ávila no fue santa desde el día uno de su nacimiento, no. Teresa tenía buen fondo, como lo tenemos todos, porque eso Dios nos lo ha grabado a fuego en el corazón... Teresa buscaba, pero también se dejó llevar por las veleidades del mundo. Ya de niña se sintió impulsada a hacer grandes cosas, a dar la vida por Jesús yendo al encuentro de los moros -se escapó con su hermano Rodrigo, alimentando la idea del martirio-; pero, después, pasados los años, también tuvo sus vanidades, sus romanticismos ñoños -ella confiesa que le hicieron mucho daño los libros de caballerías- e incluso su padre la lleva a un convento interna para que serene un poco el espíritu -también había quedado huérfana de madre, y el padre lo vio conveniente-.

Resulta interesante observar cómo Teresa, ya monja carmelita con 20 años, necesitará otros veinte para escoger realmente el camino de Dios. Teresa de Jesús, ya en el convento de la Encarnación, en Ávila, experimentará la sequedad del espíritu durante muchos años; entraba y salía del convento para pedir ayuda económica a las señoras pudientes de Ávila, confraternizaba con unos y otras, y todo esto le robaba la paz... por fin, experimenta ese encuentro personal con Cristo un día, ante un cuadro de Jesús llagado. Un encuentro que le cambia la vida. A partir de ahí, ella decide optar seriamente por Cristo y se aleja de todo aquello que la perturba interiormente. A partir de entonces Teresa experimenta las delicias del Amor de Cristo Jesús a través de encuentros místicos que han quedado reflejados de alguna manera en sus escritos (Las Moradas o Castillo Interior).

A Teresa de Jesús le debemos la reforma del Carmelo. Ella, con un pequeño grupo de monjas -cuatro, que más adelante llegará hasta 13-, decide fundar en pobreza. Se traslada a una casa pobre, a la que pone bajo la protección de San José y comienza un nuevo estilo de vida, donde la oración toma una nueva perspectiva, se hace misionera. Este punto me ha llamado mucho la atención. Las carmelitas descalzas que más adelante se localizarán en distintos puntos de España -hasta 16 conventos llegó a crear- y del  mundo, usan la oración con un talante misionero. No olvidemos que en el tiempo de Teresa de Jesús (siglo XVI) eran frecuentes las idas y venidas de misioneros al nuevo continente descubierto por Cristóbal Colón. Tampoco olvidemos que santa Teresita de Lisieux, patrona de las Misiones, era carmelita, y nunca abandonó el convento.

El tiempo que le tocó vivir a santa Teresa de Jesús, por otra parte, fue muy convulso, estaba en plena efervescencia la rebelión de los protestantes y la separación de éstos respecto de la Iglesia católica.Y Teresa y sus monjas aúnan el discernimiento de los signos de los tiempos, la oración, y la misión. Santa Teresa no se evade, conoce la realidad y la pone a los pies de Cristo Jesús. Esa realidad llevada a la oración, se convierte en impulso misionero; y Teresa funda conventos con una alegría y una paz arrolladoras, a la vez que con un cuerpo -el suyo- debilitado por la enfermedad, que, por otro lado, será una constante en su vida.

Doctora de la Iglesia, escritora y mística, Teresa de Jesús nos ha dejado un legado impresionante que conviene desempolvar. Acabo con unas palabras del arzobispo Ricardo Blázquez, con motivo de la apertura del V Centenario: "Teresa de Jesús fue una mujer de humanidad arrolladora, de excelente
pluma, de desbordante actividad, de una capacidad admirable para descubrir la presencia del Señor, entre los “pucheros” (cf. Fundaciones 5, 118), para adentrarse en los itinerarios más íntimos del hombre con un instinto penetrante en el análisis y certero en la valoración, para recorrer los caminos en carromatos y pasar malas noches en malas posadas. Estaba tan presente en el mundo como embebida en la conversación con Dios. No se desentendía de las cosas ni secularizaba su corazón. Ella nos enseña que cuando las palabras se secularizan es señal de secularización del espíritu y de la vida, cerrando de esta forma la vía a la evangelización".


"En la cruz está la gloria, Y el honor,
Y en el padecer dolor, Vida y consuelo,
Y el camino más seguro para el cielo." (Teresa de Jesús)