miércoles, 18 de junio de 2014

Abbá, Padre


Dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. Vosotros rezad así: «Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno». Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas» (Mateo 6, 7-15).

Padre, querido papá, abbá... podría estar horas musitando tu nombre, arropándome, acurrucándome en el sonido de estas cuatro letras... abbá. En ti Padre, en tu nombre santo, se condensa todo: la sabiduría, el consuelo, la protección, el amor... cuatro letras, ABBÁ, que lo llenan todo, mi vida, mi presente y mi futuro. También mi pasado, aunque haya habido trechos de vida en que caminé solo... sin embargo, en el fondo, en la distancia, ahí también estabas tú... dejándome hacer, dejándome equivocarme... respetándo mi libertad, incluso más de lo que yo, en el fondo, hubiera querido.
Padre... santo sea proclamado tu Nombre. Venga a nosotros tu reino, venga a mí y a los míos... venga tu paz, tu alegría, tu misericordia a cada uno de los que quiero, también repártela generosamente a aquellos con los que me relacione hoy. Venga a nosotros tu reino. Venga tu Espíritu Santo a toda la Iglesia, a la humanidad entera... que hoy, Padre querido, seamos recreados en lo más profundo de nuestro ser. Que hoy, y todos los días de nuestra vida, se haga tu reino en medio de nosotros, en cada uno de nosotros.

Hágase tu voluntad, -no la mía, sino la tuya-, esa que a veces no entiendo ni atisbo siquiera a comprender. Hágase en mí tu voluntad, porque lo que tu quieras, seguro, es lo mejor para mí. Tu voluntad es lo único que me puede hacer feliz. Yo en Ti, y Tú en mí. De tal modo que los que me vean, te vean... ese es el plan maravilloso que tú has diseñado para mi... un bordado de amor hecho con tanto esmero, que a veces me pierdo entre las puntadas y no consigo ver -ni siquiera de lejos- la grandiosidad de tu obra en mi... Porque he sido creado para darte gloria con mi vida, y sólo llegaré a mi plenitud como persona cuando me abandone completamente entre tus manos de artesano.
Y sí, danos hoy nuestro pan de cada día, ese pan material que necesitamos, pero sobre todo, Padre, no te olvides de darnos nuestra ración de tu Palabra, y de ese Pan de Vida que es tu Hijo Amado. Eso, Padre santo, que no nos falte, que no me falte su cuerpo y su sangre, que vivifican y regeneran cada célula de mi alma... ese Pan vivo bajado del cielo con el que puedo perdonar al que me ha hecho algún mal. Padre, abbá, querido papá, perdona mis ofensas, porque yo, con la ayuda de tu Hijo querido, puedo perdonar al que me ofende. Y no me dejes, no nos dejes caer en tentación... porque sí, la tentación es necesaria para acercarme más a Ti, para fortalecerme en el amor y en la fe... pero no me dejes caer, no permitas que me aparte de ti, y caiga. Ten misericordia de mí, Padre santo, querido, y líbrame, líbranos del Maligno, de ese acusador incansable, al que tú bien conoces, y al que yo, por suerte o por desgracia -según se mire- también.
Victoria Luque.