martes, 27 de diciembre de 2016

Teresa de Calcuta y la Misericordia




Los desahuciados, los abandonados, los leprosos, los moribundos, los niños solos, los enfermos de sida, las madres maltratadas, los refugiados, son objeto de los desvelos de las hermanas del sari blanco, repartidas en la actualidad por 123 países, en 610 misiones en todo el mundo.


Apenas han pasado tres meses desde la canonización de la Madre Teresa de Calcuta -4 de septiembre de 2016-, y sin embargo es tiempo suficiente para hacer un breve análisis sobre lo que la figura de esta pequeña-gran mujer ha supuesto para la Iglesia y por ende, para toda la humanidad. Ya en la misa de Beatificación, celebrada por Juan Pablo II el 19 de octubre de 2013, el papa recordaba que Teresa de Calcuta “fue un signo del amor de Dios, de la presencia de Dios y de la compasión de Dios que recordaba la dignidad de cada hijo de Dios, creado para amar y ser amado”. Palabras sin duda, que nos llevan a ver al mismo Dios presente en cada gesto, caricia, esfuerzo o sacrificio realizados por Madre Teresa y sus Hijas en favor de los más pobres de la Tierra. Por otro lado, quisiera hacer una breve mención a las palabras del capellán de las Misioneras de la Caridad en Madrid, José Mª Calderón, quien ha subrayado que “para la Madre Teresa mucho más pobre que el que no tiene pan, es el que ha perdido el amor, y por lo tanto la misericordia es devolverle esa dignidad”. 

Es decir, todo nuestro mundo occidental, derrochador, opulento, entraría dentro de esta coordenada de “falto de amor” y por lo tanto, las personas solas, angustiadas, desamparadas, sin sentido de la vida -que tenemos en nuestro entorno- serían también objeto del cuidado de las Hermanas de la Caridad. “No ser nada para nadie –dirá madre Teresa- es la peor de las pobrezas”.


Consciente de que su obra no le pertenecía, Madre Teresa animaba a sus Hijas a buscar el reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendría por añadidura.
 
Tengo sed. Como es sabido, después de 20 años ejerciendo su vocación como religiosa de la Orden de Loreto, siendo profesora de chicas en el colegio St. Mary, en India, la madre Teresa recibe una inspiración de parte de Dios –en un tren, camino de Darjeeling, el 10 de septiembre de 1946-; es lo que ella denominará “la llamada dentro de la llamada”. A Teresa se le marcará a fuego en el corazón dos palabras pronunciadas por Jesús en la cruz: “Tengo sed”, de ellas surgirá toda la espiritualidad de las Hermanas de la Caridad. Tengo sed, sed del amor del ser humano. La labor de las hermanas de Calcuta será saciar esta sed de Jesús amando y entregándose al que sufre.

En la misa de Acción de Gracias por la canonización de Madre Teresa, celebrada en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, monseñor Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, recordaba que Madre Teresa fue “portavoz del grito más necesario para los hombres de parte de Dios: Amáos los unos a los otros. Según ha incidido el prelado, la santa se convirtió en “profeta del siglo XXI” al advertir que las fronteras, la división, los motivos de enfrentamiento no son más que la consecuencia de que el hombre ha abandonado a Dios”.

Abundando en esto último, quisiera señalar que una de las grandes ideas que Madre Teresa deseó transmitirnos fue que “todo ser humano tiene anhelo de Dios”, o dicho de otra manera, que todo hombre es por naturaleza una sed encarnada. Recordemos como san Agustín, expresaría también esta gran verdad con otras palabras: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Como en el pasaje del pozo de la samaritana, Teresa y sus Hijas quieren ser ese lugar de encuentro entre el alma humana que tiene sed de Dios y Jesucristo, que sacia esta sed. Por tanto, nuestra sed está llamada a encontrarse con la sed de Dios. Esto lo expresa bellamente Benedicto XVI cuando dice que la oración es “el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed”. 




“La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con una sonrisa”.








Es decir, Teresa de Calcuta quiso no sólo alimentar el cuerpo, sino también dar de comer al espíritu. Es por esto que los numerosos premios y reconocimientos que recibió en vida, fueron para ella una ocasión de anunciar a Dios a aquellas personas que quizás no hubieran tenido oportunidad de escuchar esta palabra de Vida. Sin ir más lejos, cuando en 1979 recibe por parte de la Academia Sueca el Premio Nobel de la Paz, Madre Teresa reza con el numeroso público asistente la conocida oración de san Francisco: Señor, hazme instrumento de tu paz…, y anima a los allí presentes a saber amar, compartir lo que tienen, y sonreír. “La verdadera santidad consiste en hacer la voluntad de Dios con una sonrisa”, decía, y añadía que la santidad era “un muy alto grado de amor”. La sonrisa, efectivamente, formaba parte esencial de esa donación al otro que ella y sus Hijas realizaban cotidianamente. Y fue este deseo de acercar al hombre a Dios lo que extendería la obra de Madre Teresa, primero por el resto de la India, y después por el resto del mundo.

Guiada por la Providencia. El papa Francisco ha dedicado a Madre Teresa un calificativo que la define espléndidamente: “Incansable trabajadora de la misericordia”. Es cierto. A Madre Teresa le urge dar el amor que ha recibido. Y lo explica muy bien a sus alumnas de St. Mary, en India, cuando aún no ha tomado el sari blanco y sigue perteneciendo a la Orden de Loreto; a ellas les recordaba el pasaje de la visita de María a su prima Isabel, les explicaba que “Nuestra Señora tuvo prisa, porque la caridad no puede esperar”. Así, cuando por fin obtiene el visto bueno de la Santa Sede, sin dinero, sin apoyos de ningún tipo, lanzada a una Calcuta devastada por la guerra y llena de miseria y de muerte, Madre Teresa va dirigiendo sus pasos según la Providencia le dicta. La oración es su báculo. Madre Teresa vivía en absoluta dependencia de Dios. Y es impresionante ver cómo se abren las aguas para que pueda construir la casa Madre en el centro de Calcuta –un remanso de paz-, Nirmal Hriday, la Casa del Corazón Puro, en el barrio de Kalighat –primera casa de acogida para los moribundos-, o el hogar “Shishu Bhavan”, un hogar infantil para niños huérfanos, abandonados, enfermos, discapacitados o no deseados. Después en 1969 vendría la Ciudad de la paz, Shanti Nagar, donde a modo de pueblo, los afectados por la lepra podían desarrollarse como personas, mientras se recuperaban de la enfermedad. 
 
Consciente de que su obra no le pertenecía, Madre Teresa animaba a sus Hijas a buscar el reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás vendría por añadidura. Y así ha sido. Baste un ejemplo: en cierta ocasión, Madre Teresa recibió la llamada de una de sus misioneras destinada en Agra (India). La hermana le comunicaba la urgente necesidad de un asilo para niños en aquella localidad, para lo cual se requerían cincuenta mil rupias. Ante la ausencia de dicha cantidad, la Madre Teresa se vio obligada a responderle que el proyecto era imposible de afrontar. Al cabo de un rato sonó de nuevo el teléfono, pero esta vez para comunicarle que en Filipinas acababa de serle otorgado el premio Magsaysay dotado con cincuenta mil rupias. Inmediatamente Madre Teresa llamó a la hermana para decirle que Dios deseaba que en Agra hubiera un asilo para niños.
Victoria Luque. Publicado en Cooperador Paulino. Diciembre 2016