lunes, 12 de septiembre de 2016

Bendecidos



Hace mucho que no escribo una entrada "personal", de esas que escribo para mí, para que no se me olvide cómo el Señor actúa en mi vida. Este verano hemos ido a Cañete La Real, Málaga, y ha habido un par de cosillas que quisiera tener presente a partir de ahora. Una es que somos una familia muy bendecida por Dios. Hace mucho tiempo que no rumio esta idea... una de las cosas que me llamó enormemente la atención casi al principio de iniciar el Camino fue la frase de Dios a Abraham: "Sé tú una bendición". Aquello se me quedó grabado a fuego. Yo quería ser una bendición para mi marido, para mis hijos, para los que tengo a mi alrededor, pero no sabía cómo hacerlo. Hoy, diecinueve años más tarde, una priora de un convento de clausura, perdido en el Sur de España, me decía, mirando a mi familia: "Sois muy bendecidos por Dios". Y es verdad. Él es el que nos bendice, el mérito es suyo. El Señor ha estado grande con nosotros, lo que pasa es que a veces se me olvida.  Nos ha regalado sin ir más lejos, amor y unidad. 

Nos hemos ido todos juntos de vacaciones, el mayor de nuestros hijos: 23 años, la pequeña, 8 años. Y entre todos nosotros se ha dado el amor y la unidad. Cuando la gente me pregunta qué tal las vacaciones, y les digo que nos hemos ido los once, se asombran. Parece algo extraño que nuestra familia no se haya desperdigado, desmembrado, yendo cada cual a lo suyo. Obra del Señor, sólo de Él. Y además es que, a pesar de todo lo que hemos pasado, que no es poco -enfados, desprecios, portazos, noches sin dormir, incomprensiones, desobediencias...- a pesar de todo este maremagnum que se nos ha venido encima en los últimos años, digo, sé a ciencia cierta que nos queremos. Incomprensiblemente es más fuerte el amor. Nos queremos, nos alegramos por el bien del otro, y nos buscamos. Nos perdonamos. Qué hay más grande que esto? Si el Señor no estuviera en medio, esto no hubiera sido posible. 

Pues en este encuentro que tuvimos con las monjas de clausura de Cañete La Real (vaya nombre) hubo otra cosa que quiero reseñar... las monjas nos dieron su testimonio, nos dijeron dos de ellas cómo había sido ese encuentro tan personal, tan único, con Jesús, en el que ellas habían experimentado en su corazón que Él las quería para sí. Y fue bonito, las dos africanas, las dos jóvenes, las dos dispuestas a dar la vida encerradas entre cuatro paredes, pero libres para abrazar y amar sin límite. Digo, una de ellas dijo, "mi vocación comenzó a los 8 años, entonces fue cuando recibí la llamada de Jesús a seguirle", en ese momento, oigo un susurro a mi lado, una voz pequeñita me decía: "como yo, yo también tengo 8 años". Ahí quedó eso. 



Al salir me dijo Almudena, reclamando mi atención: "mamá, yo quiero ser monja". Al día siguiente  me lo aclaró todo: "mi profesora Delia me preguntó un día, si yo quería ser monja, y yo no supe qué decirle, pero esto me tocó el corazón". Ahora, Almudena ratificaba esta inquietud que había estado rumiando desde tiempo atrás. Quiere ser monja. Quién sabe. El tiempo lo dirá. Dios lo dirá. Pero a mí me ha hecho ilusión ver cómo el Señor sigue removiendo, llamando, buscando personas que quieran escucharle.

Estas monjitas -la mayoría africanas- cantaron para nosotros dos cantos preciosos, en su lengua nativa, el suajili, emplearon instrumentos típicos de allí. Aquellos sonaba a gloria. Después nosotros, los once, con una guitarra prestada, cantamos el Shemá Israel, y "Joselito", de Camarón. Nos regocijamos todos. Ahí también estaba Dios, mimándonos.  Fue un encuentro muy, muy entrañable. Al despedirnos les pedimos que rezaran por nosotros, que buena falta nos hace. Almudena se quiso despedir de ellas el domingo siguiente, antes de volver a Madrid, y las saludó moviendo su mano, y diciéndoles adiós; ellas le dedicaron la mejor de sus sonrisas.