lunes, 5 de septiembre de 2016

Santa Teresa de Calcuta



Estamos de enhorabuena. La Iglesia está de enhorabuena.  Agnes Gonxha Bojaxhiu, albanesa (1910-1997), fundadora de las Misioneras de la Caridad -y de los Hermanos Misioneros de la Caridad, y de los Padres Misioneros de la Caridad- ha sido declarada Santa por la Iglesia Católica. Madre Teresa, por lo demás, es todo un referente para nuestros contemporáneos, cristianos y no cristianos. Llamada en Calcuta la “madre de los desamparados”, esta mujer de ojos vivos y sonrisa entregada, de cuerpo envejecido por los años -arqueado por el peso del dolor de tantos-, esta mujer, digo, se ha convertido en todo un icono del amor al otro. Tanto es así que se recuerda su funeral en Calcuta como un hecho sin precedentes. Millones de personas acompañaron el cortejo fúnebre por las calles de esta ciudad india a la que Kipling calificaría como “la ciudad de la noche espantosa”. Numerosas personalidades y jefes de Estado presentes en el funeral, reconocían con su presencia, en esa pequeña mujer la fuerza y la impronta de Dios. Allí estaban también sus queridas Hijas, y sus queridísimos pobres, en primera fila, esos a los que nadie consideraba, esos a los que dedicó hasta el último aliento de su vida. 


Los milagros. Declarada beata el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II, ahora, trece años más tarde, el papa Francisco la declara santa, es decir, perteneciente a Dios, “propiedad personal de Dios”, hecha una con Aquel al que amó. Y han tenido que ocurrir dos sucesos extraordinarios para que la Iglesia dé el paso de declarar la santidad de Madre Teresa, el primero ocurría en 1998, Mónica Besra, madre de cinco hijos, animista, acogida por las misioneras de la Caridad en Roma tras haber sido desahuciada por los médicos, se curó inexplicablemente después de que una de las monjas le colocara sobre el pecho una imagen de Madre Teresa. El segundo milagro acaecía en 2008, cuando un brasileño -en fase terminal por graves tumores cerebrales- entró en coma y los médicos decidieron operarlo a vida o muerte. Pero la intervención quirúrgica se suspendió por problemas técnicos. Media hora después, al regresar a la sala de operaciones, “el médico se encontró al paciente sentado, asintomático, despierto, perfectamente consciente y preguntándose qué hacía allí” -señala el diario italiano Avvenire-; después se supo que la mujer de este enfermo le había encomendado a Madre Teresa.


Estos dos milagros la catapultarán al reconocimiento de su santidad, pero el mayor milagro que realizó Dios en Madre Teresa fue, sin duda, vivir como vivió. “Ama hasta que te duela -decía a sus Hijas-, si te duele es la mejor señal”. Pero ¿de dónde le venía a Madre Teresa esta urgencia de dar la vida por el otro, de amar en la dimensión de la cruz? Sin duda, de su unión íntima y personal con Dios en la oración. Sin embargo, habría que remontarse a su infancia para comprobar como ya su madre, Drana, mujer de profunda fe, inculcó en Teresa y en sus dos hermanos este deseo de sostener al desamparado. Drana, joven viuda, invitaba a su mesa -a pesar de su austera situación económica- a los más necesitados del lugar, y decía a sus hijos: “no comáis un solo bocado sin compartirlo con los pobres”. Drana, podría ser, efectivamente, si diéramos un salto atrás en el tiempo, la primera de las Misioneras de la Caridad de su hija Teresa. Por otro lado, también los misioneros jesuitas que llegaban desde India, a su pueblo natal Skopje, tuvieron mucho que ver en esta incipiente vocación de Teresa. Así, a los 12 años recibe una primera llamada, y a los 18 años ingresa en la Orden de las Hermanas de Loreto, en Dublín (Irlanda) quienes tenían una misión en India. Es así como Teresa -adopta este nombre como religiosa, dada su admiración por santa Teresa de Lisieux- dará el salto a Bengala, y allí durante veinte años se dedicará a la enseñanza, en el colegio St. Mary. 


Su “inspiración”. Después, el 10 de septiembre de 1946, en un tren con destino a Darjeeling, Teresa se sentirá profundamente amada por Dios, y le será revelado el significado de dos palabras que concentran todo el carisma de las Misioneras de la Caridad: “Tengo sed”. De esta experiencia mística no sabremos nada hasta cuatro años antes de su muerte, gracias a una carta cuaresmal escrita por Juan Pablo II sobre la sed de Jesús. Madre Teresa se sentirá movida a explicar su “encuentro” en la llamada Carta de Varanasi (25 de marzo de 1993): “Mis queridísimos hijos: Jesús quiere que os diga una vez más cuánto es el amor que Él tiene para cada uno de vosotros —más allá de todo lo que podáis imaginar— (…). No solo os ama; aún más, Él os anhela. Él tiene sed de vosotros.” Y continúa diciendo: “Hasta que no sepáis profundamente en vuestro interior que Jesús tiene sed de vosotros, no podéis empezar a saber quién quiere ser Él para vosotros. O quién quiere que seáis vosotros para Él ”. 




Por tanto, nuestra sed -nuestro anhelo de Él- está llamada a encontrarse con la sed de Dios por nosotros. Y si ponemos en concordancia el capítulo 25 de san Mateo (“Venid, benditos de mi Padre (...)porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis (…). “En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos, a mí me lo hicisteis.”) con la Palabra recibida por Madre Teresa: “Tengo sed”, hallaremos la respuesta a la labor realizada por las Hijas de la Caridad: saciar la sed de amor de Cristo a través de su reconocimiento en los más pobres de entre los pobres. 

Como decía, en ese tren Teresa siente que debe entregarse a los más pobres de entre los pobres y crear una nueva congregación. Será lo que se conoce como “la llamada dentro de la llamada”. A partir de ahí, surgirán las hermanas del sari blanco, y el hogar de los moribundos, y el hogar para los niños abandonados, y el de los leprosos. Y la ciudad de la paz. Hoy su obra se ha extendido por 123 países, y abarca 610 misiones; también en nuestro mundo desarrollado tiene cabida la obra de Madre Teresa. Precisamente entre nosotros existe una pobreza aún más fuerte que la material, y es la pobreza humana y afectiva: la soledad, el abandono, la angustia, el egoísmo... ¿existe una pobreza más profunda que esta?. Dirá Madre Teresa: “La pobreza no solo consiste en tener hambre de pan, sino que más bien es un hambre tremenda de dignidad humana. Necesitamos amar y ser alguien para otra persona.” 


Su noche oscura. Se ha hablado mucho de las cartas personales que Madre Teresa escribió a varios amigos íntimos y en las que se desvela un desierto espiritual que la hizo sufrir durante mucho tiempo. Sin embargo, según el postulador de su causa, el p. Kolodiejchuk, lo que hizo “heroica” su vida fue precisamente su fidelidad a Dios a pesar de esta falta de consuelo. Madre Teresa debía experimentar este “no sentirse amado”, que es según ella misma, “la pobreza más grande en el mundo de hoy”, por ello comprendió y asumió en su propio ser ese abandono de su Amado como algo real que le acercaba a sus pobres y la identificaba con el sufrimiento de Jesucristo en Getsemaní y en la cruz, cuando pregunta al Padre: ¿Por qué me has abandonado?. Según el padre Kolodiejchuk, Madre Teresa pasó -como otros tantos santos- no por una crisis de fe, sino por una “prueba de fe”, hasta alcanzar como dijo uno de sus confesores, “una fe pura y desnuda, sin sentir nada”. Los misioneros y misioneras de la Caridad tienen ese carisma, no sólo el de compartir la pobreza material, sino también la espiritual. Ser el último, con los últimos de la sociedad.

(Victoria Luque. Cooperador Paulino. Septiembre 2016)