viernes, 28 de mayo de 2010

"Hace más ruido un árbol que cae, que un bosque que crece" (carta de un misionero católico, sobre la pederastia)

Publico hoy un carta remitida al New York Times por un misionero uruguayo que gasta toda su vida en África por aquellos con los que la mayoría de los seres humanos no querrían estar ni un minuto.

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Abril, 2010

Querido hermano y hermana periodista:

Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero.

Me da un gran dolor por el profundo mal que personas que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en vuestro periódico la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… Ciertamente todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo! Pienso que a vuestro medio de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños... No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina, que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio. Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos… o sobretodo, en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.


No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región…Ninguno pasa los 40 años.

No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada criatura…


Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en la cual me siento ofendido.

Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza. Eso lo hará noble en su profesión.

En Cristo,
P. Martín Lasarte sdb

sábado, 22 de mayo de 2010

Testimonio personal del obispo Munilla: «Otro te ceñirá, y te llevará adonde no... imaginabas»


Empiezo por reconocer que nunca me habían pedido un testimonio vocacional escrito. No sé muy bien el porqué, pero es un hecho que los obispos, generalmente, solemos reservar el género escrito para reflexiones «magisteriales»: la enseñanza de la fe, las invitaciones a participar en la vida de la Iglesia, los discernimientos morales sobre cuestiones de actualidad, etc.


Sin embargo, en el contexto de la sobremesa o tertulia de muchos encuentros de Pastoral Juvenil, he recibido con frecuencia esta misma invitación a dar un testimonio personal: «¿Podría compartir con nosotros la historia de su vocación?». Es verdad que el ponerlo por escrito, da un poco más de «respeto» (y quizás también de pereza)... pero no dudo de que merece la pena hacerlo, porque creo firmemente que Dios nos ha puesto a los unos en el camino de los otros. En realidad, nuestra historia personal no es tan «nuestra», como solemos suponer; no es «propiedad privada». Por ello, cada vez que me han solicitado mi testimonio vocacional, no he dudado en «tirarme a la piscina», venciendo la primera reacción de rubor y timidez, que todos tenemos.



Quizás os haya podido llamar la atención el título elegido («Otro te ceñirá, y te llevará adonde no... imaginabas»). Parto de un pasaje evangélico, que me resulta particularmente conmovedor... El Evangelio de San Juan nos narra cómo tras la pesca milagrosa y el encuentro con el Resucitado, Jesús le formula a Pedro, por tres veces, la misma pregunta: «¿Me amas?». Tras escuchar sus respuestas, también por triplicado, Jesús le encomienda una tarea que comprometerá toda su vida: «Apacienta mis ovejas». Confieso que siempre me he estremecido al leer las palabras que siguen a esta encomienda: «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Jn 21, 18).

Si he tenido el atrevimiento de cambiar en el título de este artículo la última palabra del versículo («querer» por «imaginar»), es porque soy consciente de que nuestra imaginación nos suele jugar algunas malas pasadas, por aquello de la tendencia tan marcada que arrastramos a pretender controlarlo todo, según nuestros propios criterios y modos...

La historia de mi vocación nace en un terreno muy propicio, por el que no me cansaré de dar gracias a Dios: una familia profundamente cristiana. Cada vez soy más consciente del gran privilegio que he tenido por haber crecido en una familia humilde, austera, trabajadora, emocionalmente equilibrada, profundamente creyente... (Hoy es el día en que sigo gozando de ese privilegio, máxime en este momento en que mi madre ha venido a vivir conmigo).
Desde mi perspectiva actual, voy comprendiendo que una de las dificultades principales en las que el Señor tuvo que abrirse paso conmigo, fue el vencimiento de la timidez. Es obvio que la vocación sacerdotal no es incompatible con la timidez y la inseguridad, pero no es menos cierto que la llamada de Dios requiere nuestra determinación de romper con todas nuestras «ataduras».



Recuerdo que allá por los once o doce años, cuando sonaba el teléfono, me escapaba a otra habitación, porque me costaba mucho hablar con un desconocido. Recuerdo también la paciencia y la contundencia con la que mi madre me reprendía: «Pero, ¿qué va a ser de ti el día de mañana? ¡Tienes que plantar cara a la vida!». (No os podéis hacer ni idea de cómo me acuerdo de aquellos apuros, ahora que con tanta frecuencia me toca «dar la cara», especialmente en los medios de comunicación).


El caso es que el Señor tenía su propia estrategia, y se sirvió de un instrumento muy sencillo y eficaz para ayudarme a crecer: la vida pastoral de la Iglesia. En el colegio religioso en el que realizaba mis estudios, regentado por los Hermanos del Sagrado Corazón, nos ofrecieron participar en una reunión semanal, los sábados por la mañana, para profundizar en la liturgia dominical, además de realizar anualmente los ejercicios espirituales. Al mismo tiempo, compaginábamos esta formación espiritual con el apostolado entre los más necesitados, dentro de las llamadas Conferencias de San Vicente de Paúl. Recuerdo como un avance muy importante en mi vida, la visita que semanalmente realizábamos a la prisión de Martutene, donde proyectábamos películas a los presos e incluso teníamos tertulias con ellos.
Eran años muy difíciles (1975-78), y no era fácil definirse ante los compañeros de curso y de colegio. El capellán del centro nos invitó a quienes habíamos asistido a una tanda de ejercicios espirituales (éramos un pequeñísimo grupo, comparado con los que habían declinado la invitación), a pasar por el resto de las clases para dar testimonio de lo vivido... No sé muy bien cómo, ¡¡pero lo hice...!!


Llegó el curso de COU (el actual 2º de Bachillerato), en el que -en aquel tiempo mucho más que ahora- se decantaban las opciones vocacionales. Yo ya estaba inclinado hacia unos estudios universitarios. Nunca me había planteado la posibilidad del sacerdocio, como vocación de vida. Era algo que no entraba en mi horizonte, por lo menos de una forma consciente.
Asistí a los Ejercicios Espirituales organizados por el colegio en aquel último curso. Recuerdo haberlos disfrutado, pero sin sentirme interpelado interiormente por la meditación vocacional que el predicador nos dirigió. Como colofón de aquel encuentro, el sacerdote presidió una Eucaristía en la que nos invitó a que escribiésemos nuestros compromisos de ejercicios, y a que los quemásemos en un brasero que fue colocado delante del altar. Llegado el momento del ofertorio, nos repartieron papel y bolígrafo; y me acuerdo, como si fuese hoy mismo, de que yo miraba cómo todos escribían, mientras a mí no se me ocurría qué poner. Al verme ya el último en entregar el papel, me brotó espontáneamente la idea de firmarlo en blanco, pidiéndole al Señor que Él mismo lo rellenase. ¡Tal fue mi ofrenda en aquella Eucaristía!



El caso es que el papel se debió de quemar enseguida, y supongo que el humo subió muy rápido al cielo... Aquella misma noche, por primera vez en mi vida, con una contundencia extraordinaria, me asaltó la idea de que el Señor me podía estar pidiendo dejar mis planes para seguirle... Era la víspera de mi cumpleaños. Y doy gracias a Dios, porque desde aquellos diecisiete años que cumplía entonces, hasta mis actuales cuarenta y ocho, no he dudado nunca de su llamada.

Víctima de la inexperiencia, uno cuando descubre su vocación, tiende a pensar que ya ha llegado al conocimiento pleno de la voluntad de Dios sobre su vida. Ingenuamente, piensa que ya ha terminado su discernimiento, cuando en realidad, no ha hecho más que empezar...

La experiencia del Seminario fue riquísima para mí... Me llevé una inmensa y gratísima sorpresa. De hecho, todavía hoy sigo diciendo a quien tenga la paciencia de escucharme, que aquéllos fueron los «años de oro» de mi vida. La relación entre los seminaristas era verdaderamente enriquecedora y estimulante. Al mismo tiempo, tuve grandes modelos sacerdotales cerca de mí, y todo ello fue haciendo que, de un modo natural, fuera familiarizándome con lo que en el futuro, habría de ser el ministerio sacerdotal que la Iglesia me iba a confiar... A partir de los modelos que te han rodeado, imaginas tu sacerdocio de una determinada forma, pero luego... ¡¡todo es distinto!! Nos empeñamos en ser como Fulanito o Menganito, pero el Señor quiere que sólo le miremos a Él, y que así vayamos descubriendo ese camino concreto que Él quiere que recorramos a lo largo de nuestra vida. Los referentes que nos rodean son muy importantes, pero lo único definitivo es la voluntad de Dios, que nos es mostrada poco a poco, a su debido momento...



Echando la vista atrás, veo algunos pequeños ejemplos de cómo esto se ha ido cumpliendo en mi vida: Jamás había imaginado que el Señor me pudiese tener reservado el trabajo pastoral con los jóvenes heroinómanos. Y, sin embargo, en la que fue mi parroquia de Zumárraga, durante muchos años, aquélla fue una de las ocupaciones a la que más tiempo tuve que dedicar... Jamás había supuesto que yo tuviese capacidad de liderar la construcción de un complejo parroquial, pero llegó un día en que me sorprendí a mí mismo, viéndome metido «hasta el cuello» en esa tarea... Jamás hubiese pensado que yo tuviera algo que aportar en los medios de comunicación, y ¡quién me iba a decir a mí que terminaría con el micrófono de Radio María en una mano y tecleando en el ordenador con la otra...! Y, ¿qué diré del momento presente? ¡Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que la Iglesia pudiera llamarme algún día al ministerio episcopal!... Siempre supuse equivocadamente que los obispos estarían sostenidos por unos talentos personales excepcionales... Y ahora comprendo que las cosas son mucho más sencillas de como las imaginamos...



Pero hay otro aspecto que es fundamental para entender esta historia en clave de continuidad y de unidad interior. Es verdad que los escenarios pastorales del ministerio sacerdotal pueden cambiar mucho a lo largo de la vida; sin embargo, hay un hilo conductor que me ha permitido vivir en cada momento la misma experiencia de identificación con Cristo, de una manera profunda. Me refiero especialmente a la celebración de la Eucaristía, a la administración del perdón de los pecados, a la predicación de la Palabra... Es algo que configura tanto el alma de un sacerdote, que estoy seguro de que me resultaría igualmente familiar la vivencia del sacerdocio en otras circunstancias totalmente distintas a las que la vida me ha conducido... En este Año Jubilar Sacerdotal quiero dar testimonio de que el sentido de nuestra vida no es otro que la plena identificación con Cristo Sacerdote, Esposo de la Iglesia y Buen Pastor del rebaño. Todo lo demás -las circunstancias, el cómo, el dónde y el cuándo- es ya secundario...



Por encima de todo, creo que la clave de toda vocación está en esa especie de «cheque en blanco» que cada uno le tenemos que firmar a Dios. Nosotros nos empeñamos a veces, en rellenar ese cheque con todo tipo de detalles, para posteriormente pedir a Dios que lo firme. Ponemos la cantidad, la fecha, el lugar... y luego esperamos que Dios ponga su sello de aceptación de nuestros planes. Pero las cosas son exactamente al revés: Dios se encargará de escribir la cantidad, las fechas y los lugares; mientras que de nosotros espera que lo firmemos por adelantado, e incondicionalmente...



La historia de nuestra vida consiste en una lucha por la adecuación de nuestras «expectativas» a los «designios» de Dios. Uno de los errores principales que dificultan este proceso, suele ser el de la desconfianza hacia nuestra Madre Iglesia. Con el paso de los años, he ido comprendiendo que si bien es cierto que la vocación nace de Dios, no lo es menos que sólo la podemos llegar a conocer a través de las llamadas y de las indicaciones de la Iglesia. De lo contrario, nunca acabaremos de diferenciar entre lo que es voluntad de Dios, y lo que son nuestras ocurrencias personales.



Releo las anteriores líneas antes de concluir este escrito testimonial, y me digo a mí mismo que no puedo volver a caer en el error de pensar que, en el momento presente, ya haya concluido la historia de mi vocación. Una vez más, el Señor vuelve a decirme aquello de «Otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras»... Y yo vuelvo a decirle al Señor que no sé lo que querrá en el futuro, pero que sólo quiero querer lo que Él quiera... Y a Santa María le pido que me alcance la gracia de que esta última frase que he pronunciado, sea algo más que un broche hermoso para un artículo.


Revista «Misión Joven»

lunes, 17 de mayo de 2010

Me llamo Pasquale y soy de la 1ªcomunidad de la cárcel de Poggioreale (Nápoles)

Me ha parecido interesante y esperanzadora, esta carta que un preso envía a Kiko Argüello, sobre su conversión dentro de la cárcel, así que la reproduzco, a ver qué os parece a vosotros.

"Querido Kiko: ¡que la Paz del Señor resucitado esté siempre contigo!.

Me llamo
Pasquale y soy de la primera comunidad neocatecumenal de la cárcel de Poggioreale (Nápoles).

Estoy contento de escribirte esta carta porque cuando me mandaron los anuncios de las catequesis fuí a escuchar solo por asuntos personales, porque quería meterme en el bolsillo al sacerdote, porque ya llevaba ocho meses en la cárcel y pensaba que el sacerdote podía hacerme salir de la cárcel. Sin embargo no sabía que el Señor tenía para mí un proyecto bien distinto. Y cuando fuimos a escuchar las catequesis, éramos 80 presos.


Las catequesis hablaban, pero nosotros no las escuchábamos y hablaban de este camino neocatecumenal, hablaban de este español, de este Kiko, hablaban de la Virgen María, pero a mí personalmente no me importaba absolutamente nada, porque solo pensaba en salir de la cárcel.


Pensaba en todos mis problemas de afuera, pensaba en todos los años de cárcel que ya había pasado y nadie me liberó nunca, como podía liberarme Jesucristo, pero los catequistas seguían diciéndonos que el Señor nos libraría de nuestras esclavitudes, aunque yo, sinceramente hablando, no me lo creía, y decía: "no son más que chorradas, ¿qué quieren estos pelmas?..., ellos ahora se van a casa, mientras que nosotros estamos encerrados aquí dentro y nos vienen a decir todas estas chorradas..., pero a mí, ¡qué me importa!".


Pensaba en todo lo que hacía afuera, pensaba que al salir tenía que vender droga, pensaba robar a la gente para sacar dinero, incluso estaba pensando en meterme en algún clan camorrista, porque quería vengarme de todas las maldades que había recibido.


Pero durante las catequesis estaba naciendo algo dentro de mí, cada catequesis que escuchaba me hacía estar clavado en la silla, ya no era capaz de oir la voz de mis amigos, el Señor quería hacer nacer algo dentro de mí, pero todavía no quería aceptar esa realidad.


Porque el Señor sabía como pillarme, porque El sabía que doy asco, pero el Señor no me abandonó, sabía que yo tenía necesidad de El. El Señor me estuvo realmente cerca porque el sabía que yo era débil, ya sabía de mis perseguidores y no me abandonaba nunca.


Porque luego empezaron las persecuciones, mis amigos empezaron a decirme que era idiota, siempre me decían "pero, ¿cómo consigues estar sentado y escuchar estas bobadas?"..., pero el Señor no me dejaba ir. El sabía que yo tenía necesidad de El, porque en la cárcel es difícil escuchar la Palabra de Dios, porque todos piensan que ir a la iglesia es una vergüenza, porque también yo pensaba todo esto y no estaba confirmado, no había hecho la primera Comunión, no me había confesado en mi vida, es más, los curas y las monjas me eran todos antipáticos e incluso llegué a robarles.


Pero el Señor sabía adonde quería llevarme, a esta nueva vida... Durante la celebración penitencial me encerraba en mí mismo porque tenía miedo de confesarme, de ser juzgado, tenía miedo de la vergüenza, pero algo sucedió dentro de mí durante la celebración, no sé ni como explicarlo, me encontré delante del sacerdote sin ni siquiera darme cuenta.


El Señor quiso llevarme allí, hacerme sentir la alegría dentro de mí, hacerme sentir el amor que El tenía por mí, hacerme sentir que El me quería realmente, que El me estaba perdonando todos mis pecados, porque pensaba que mi vida ya no era nada, que estaba acabada, porque a mi siempre me juzgaron los tribunales y siempre fuí condenado, me dieron siempre años de cárcel.


Pero en aquella penitencial ví cómo el Señor, con todas las maldades, con todo el mal que he hecho a la pobre gente, con toda la droga que vendí a los pobres chavales inocentes, ví que el Señor me perdonó, entonces entendí que había un Dios que no me condenaba, sino que me había perdonado todos los pecados.


Pero la alegría y el amor que el Señor quería darme creía que se acabarían después de la penitencial, pero el Señor, una vez más, se me manifestó en la celebración de la Biblia (de la Palabra -se refiere a la celebración de la entrega solemne de la Biblia por parte de la Iglesia, en el marco de una celebración de la Palabra que tiene lugar en el período de catequesis, una vez realizada la penitencial-) porque después de la celebración volvimos a las celdas y abrí la Biblia al azar y la lectura que salió era precisamente la de "Lázaro, sal fuera!". Allí el Señor me hizo entender que aquel Lázaro que estaba en el sepulcro era yo, el Señor poco a poco me estaba haciendo entender que quería devolverme la vida. Quería hacerme vivir una alegría todavía más grande, la celebración de la Eucaristía. Allí realmente el Señor estaba comenzando a abrir este camino, porque todo me llamaba la atención: los salmos, los cantos...


...Pero de repente sucedió algo... y empieza también la persecución y el pitorreo, mis compañeros de celda empezaron a decirme "pero, ¿quién te obliga a hacerlo?"... y mes tras mes el Señor estaba realmente haciendo nacer algo dentro de mí, me estaba haciendo entender, a pesar de que yo hubiera ido a las catequesis para meterme en el bolsillo al sacerdote para salir de la cárcel.


Pero el Señor me hacía sentir cada vez más feliz porque seguía en la cárcel, el Señor me estaba liberando de mis maldades, de mis esclavitudes, de la esclavitud de la droga, de la esclavitud del mal, el Señor me estaba haciendo entender que mi vida no era el dinero, sino mi familia. Porque yo pensaba que el dinero lo era todo para mí, el Señor me hacía entender que tenía que ir a trabajar y que no debía robar ni vender droga. Lo más bonito era cuando mi mujer venía a visitarme y yo le hablaba de la comunidad. Mi mujer me veía cambiado pero también decía que estaba loco porque yo le decía que cuando saliera la llevaría a la Iglesia y me casaría con ella, pero ella no se lo creía, hacía diez años que estábamos casados por lo civil, pero ella seguía diciéndome que estaba loco porque yo le decía que tenía que hacer la primera Comunión, pero ella no se lo creía. Realmente estaba creciendo en Jesucristo porque me daba cuenta de que ya no me importaba salir (de la cárcel), el Señor empezaba a hablar dentro de mí, hablaba a mi corazón, lo sentía cada vez más cerca con el canto "Quién nos separará del amor de Dios", no hacía otra cosa que cantar este canto. ...El tiempo pasaba y yo no me daba cuenta... y el Señor una vez más quería hacerme vivir algo precioso, porque el juez me dió ocho dias de permiso, pero esta vez no era como todas las demás veces, porque sentía algo distinto a todas las demás veces que había salido de la cárcel. Las otras veces pensaba enseguida en conseguir dinero, pero esta vez el Señor estaba cambiando realmente mi vida.


Porque el Señor me había puesto ante el camino del bien y del mal... estaba realmente cerca de mí y realmente era El quien me acompañaba de la mano porque me quería mucho y me estaba haciendo salir de una esclavitud de la que nunca nadie pudo hacerme salir, de la esclavitud de la droga. ...Estaba muy contento porque sentía que el Señor empezaba a hablar a mi corazón, me daba la alegría de volver a la cárcel porque si no hubiera conocido al Señor seguramente no habría vuelto. Los ocho días de permiso pasados en casa con mi mujer y mis dos hijos fueron muy bonitos porque era muy distinto de las otras veces, porque las otras veces no me importaba nada estar en casa, porque salía corriendo a buscar a mis amigos para ver como debía conseguir dinero, hablando claro, adonde tenía que ir a robar.


Pero luego volví a la cárcel con serenidad y tranquilo... Nuestros catequistas vinieron a vernos y estuvimos celebrando la Eucaristía, y en un momento dado entró una brigada con dos guardias y me llamaron para que saliera porque era libre. Pero yo ya no sentía este deseo de salir y les dije que no me iba hasta que terminara la Eucaristía. El capellán y los catequistas me invitaban a irme porque era libre de salir, pero yo insistía en que quería terminar la Eucaristía. Y los guardias me decían que estaba loco porque nunca habían visto a nadie que no quisiera salir de la cárcel, porque normalmente cuando salen, todos lo dejan todo y se van pitando, pero yo sentía que el Señor hablaba a mi vida. Cuando salí de la cárcel, el Señor me había puesto delante el camino del bien y del mal. He elegido la senda de Jesucristo, la estrecha difícil y cuesta arriba, y empecé a continuar el camino en la décima comunidad de San Giacomo, a pesar de que tenía muchas dificultades porque vivía lejos y no conseguía ir hasta allá porque me faltaba dinero para gasolina, pero el Señor siempre ha estado cerca de mí y así he empezado a experimentar la providencia de Dios y a constatar que El es padre de la vida.


Como primera cosa, quise hacer la Confirmación porque me hacía falta para casarme en la Iglesia y me alegró que uno de los catequistas de la cárcel quisiera ser mi padrino y luego le pedí que también fuera mi padrino de boda y él aceptó. Fué bonito el día de mi boda en la Iglesia, porque realmente sentía que Jesucristo venía a atarme con más fuerza a mi mujer, a la que yo había hecho sufrir tanto, cuando me drogaba y vivía en la muerte, y me daba la posibilidad de tener una familia cristiana en el verdadero sentido de la palabra. Tuve problemas con las personas que estaban a mi alrededor, con los parientes que no creían que yo hubiera cambiado, que no era posible porque siempre que había hecho una promesa, después no la había mantenido nunca, con mis amigos con los que iba a robar y a los cuales les decía que era el Señor quien nos salvaba de nuestras esclavitudes, pero ellos me decían que estaba loco, pero veía lo importante que era hablar de Dios porque el Señor me robustecía, a mí, porque sentía que tenía necesidad de él y he visto cómo el Señor proveyó para mí y para mi familia.


Empecé a trabajar recogiendo la basura por la noche con una empresa privada, haciendo grandes sacrificios porque no quería renunciar a las celebraciones de la comunidad. Luego, cuando la empresa perdió la contrata, me quedé en paro, pero después de poco tiempo Dios proveyó y encontré un puesto de albañil que para mi era agobiante porque tenía que levantarme por la mañana muy temprano y sufría mucho por el cansancio, porque yo nunca había trabajado así, y esto yo no lo aceptaba demasiado bien porque veía que cuando vendía droga trabajaba menos y ganaba mucho más. Pero el Señor me hizo entender poco a poco que solo él era importante y que tenía que trabajar para alimentar a mi familia, y que lo más importante era anunciar su amor a mis compañeros. Lo más bonito para mí es hablar de este Jesucristo resucitado, porque él me ha sacado realmente de lo profundo del abismo, de la oscuridad de la muerte, en donde yo no veía la luz, pero el Señor me ha sacado de nuevo a la luz, me ha devuelto la vida, y por todo eso quiero dar gracias al Señor. Quiero dar gracias al Camino Neocatecumenal, porque si no hubiese conocido el Camino estaría todavía vendiendo droga, estaría todavía haciendo daño a la gente, pero el Señor ha sido realmente bueno, realmente me quiere como un padre. Es el único padre que he tenido en la vida, porque crecí sin padre, es el único padre que me ha querido, con todos mis pecados.


Un día me ocurrió que tuve que ir a un proceso por una vieja historia de droga, y a mí no me importaba nada tener que volver a la cárcel, aunque lo sentía por mi familia y mi comunidad. Y el Señor me mostró su gran paternidad también en este hecho, no dejándome solo, porque al proceso vinieron también los hermanos de mi comunidad, que mientras esperaban se pusieron a rezar conmigo, a pesar de toda la gente que había, y gracias a sus oraciones y a la ayuda del Señor, el juez me dijo que estaba libre y que no tenía que volver a la cárcel. Después de estos años de camino a través de las tribulaciones, las persecuciones, el Señor me está haciendo vivir los días más bonitos de mi vida porque en mi barrio antes se sabía que yo robaba y vendía droga, pero lo más bonito es que ahora solo me ven hablar de Jesucristo.


Querido Kiko, no acabaría nunca de contarte las maravillas que el Señor ha hecho conmigo, me ha hecho experimentar la alegría de tener otro hijo (Emanuele = Dios con nosotros) y un poco después otra hija, de sentirme realmente padre y de hacer entender a mis hijos que siempre me equivoqué en la vida, pero que hoy está Jesucristo, que me ha aceptado con todos mis pecados y con todas las dificultades, que siempre está Dios Padre que provee para nosotros. Yo me maravillo de mí mismo, veo como el Señor se sirve de mí para llevar su Palabra aunque yo no sea digno de hablar de El, pero veo que El se sirve de mí para dar testimonio, de hecho algunos de mis amigos de infancia con los que robaba están viniendo ahora a escuchar las catequesis para poder entrar en comunidades.


Al final de esta carta, la hija de Pasquale quiso añadir:


Querido Kiko, soy una niña de nueve años y también yo he tomado el camino del Señor como ha hecho mi padre que era un drogadicto y un ladrón, pero yo he entendido que lo más importante es tener alegría, amor, fraternidad con Dios y con nuestro prójimo.


El Señor ha cambiado a mi familia y estamos siguiendo siempre a Dios y no lo dejaremos nunca, y siempre le seguiremos a El porque el dinero no hace feliz al hombre, al contrario, le hace infeliz, pero si un hombre sigue el camino del Señor y de la paz, es feliz como mi familia y yo, pues nos ha cambiado y nos ha hecho salir de la tribulación y nos ha hecho felices, alegres y llenos de la luz del Señor, que ha entrado en nuestros corazones.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Carmina García Valdés, Presidenta General de Red Madre “No estás sola, te podemos ayudar a tener a tu hijo”


Si algo se puede decir, de primerísima impresión, sobre Carmina García Valdés, es que es una mujer que está “viva”. La vitalidad le brota por los ojos, por las manos, por todo el cuerpo. Es un torbellino andante. Una mujer convencida de lo que hace, lo cual le da una impronta de alegría, de gozo… En esta entrevista nos relata el drama por el que pasan las mujeres que abortan, y cómo desde los Servicios Sociales se silencia la labor de muchas asociaciones que ayudan a la embarazada a tener a su hijo; muchas de ellas, inmigrantes, abortan de la mano de las trabajadoras sociales de su localidad. (foto: victor fuentes. Albadigital)



Hemos quedado a las tres de la tarde, en la sede de Red Madre (una red de asociaciones en defensa de la vida del no nacido), y cuando traspaso la puerta de dicha asociación, palpo una realidad evidente: Se trata de un piso donde se amontonan cochecitos, ropa de recién nacido, cunas, juguetes… todo en un espacio muy reducido, lo cual me lleva a pensar que se puede hacer mucho bien, con medios bastante limitados.

De la Fundación Red Madre, creada hace tres años, ya han surgido treinta asociaciones locales Red Madre, con sus estatutos, sus propios socios, su propia cuenta corriente… Red Madre tiene un nombre muy pegadizo, que se asemeja mucho a la nueva filosofía del movimiento Pro-Vida: ayudar a la madre para salvar al hijo.
__ “En realidad, la estamos salvando también a ella, porque después de 24 años de despenalización del aborto, sabemos que a la mujer no le hace ningún bien el aborto. Ya está admitido científicamente que lo que se aborta es un ser humano, por mucho que Bibiana Aído diga lo contrario, y lo es desde el momento de la concepción, porque del resultado de la unión de las células de un hombre y una mujer no sale ni una lechuga, ni un cachorro de dálmata… ¡sale un ser humano!” comenta Carmina García, quien añade: “Desde Red Madre se pretende que, allí donde haya una mujer que esté pensando abortar, haya alguien a su lado que le diga: “No estás sola, te podemos ayudar a tener a tu hijo”.
A veces con darles la enhorabuena, es suficiente para que pospongan todos los problemas… les informamos de cómo está el hijo que llevan dentro, en qué semana de gestación está y cómo va evolucionando, las acompañamos a las ecografías… a cada embarazada le asignamos una voluntaria (es como un ángel de la guarda, según ellas) que la ayudará y acompañará durante todo el embarazo; por experiencia sabemos que estas voluntarias siguen manteniendo después del parto, durante mucho tiempo, vínculos de amistad con su protegida.
En RedMadre formamos voluntarios; hay quienes dan su tiempo, trabajando aquí gratuitamente, otros buscan recursos (enseres, ropa de bebé…) y aparecen, de vez en cuando por aquí, con la furgoneta llena… hay madres a las hemos ayudado, que nos traen a otras madres en apuros; actualmente, una madre, por agradecimiento, nos limpia la sede todas las semanas… Aquí vemos mujeres que a pesar de estar solas, ser menores de edad o tenerlo todo en contra… incluso asegurándoles que su hijo viene con problemas… han sido madres y son las mujeres más felices del mundo”.


Carmina García Valdés tiene la experiencia personal de un aborto natural, lo cual, dice, le ha servido para comprender en cierta medida, la terrible realidad de la mujer que aborta:

_ “Yo sufrí un aborto espontáneo, el de mi cuarto hijo, y lo viví como algo traumático, la muerte de un hijo en tu seno… los tres días que estuve en el hospital lloré mucho, lo pasé fatal… pero me ha servido para ponerme en la piel de la mujer que aborta… y si esto ocurre con un aborto natural, qué será cuando tienes la convicción de que has hecho algo para que ese hijo muera… eso no te lo perdonas… me pongo en su lugar, y no podría soportarlo.
Nos queda el consuelo de que aquellas que abortan saben, porque se lo decimos, cuales son los síntomas del síndrome postaborto, y pueden pedir ayuda a tiempo. Después del aborto, para que no queden secuelas irreversibles, debe haber todo un proceso de duelo por el hijo… ponerle nombre, “enterrarle” en la mente…  lo  primero que tiene que hacer la mujer es contarlo, sacarlo fuera, y sin embargo, lo que esta sociedad pro-aborto propugna es que guarden silencio; se las castiga, además, con el silencio.
Puedo contar el caso de una mujer de Albacete que abortó hace nueve años, ahora el marido, por razones profesionales, quiere trasladarse a otra provincia, y ella dice que de ahí no se mueve, porque en Albacete “están los restos de su hijo”. Pobrecita, ¿A dónde están los restos de un aborto, por Dios? Pero ella ya necesita ayuda psiquiátrica…, nos decía: “Yo me separo de mi  marido, si es menester, pero de aquí no me voy”.
También tenemos el caso de una colombiana de dieciocho años, rescatada en la misma puerta de la clínica Dator, ella decide no abortar, pero a los dos meses pierde al bebé de forma natural  y entra en una depresión, porque en el fondo se culpa a sí misma de esta pérdida…la mente es tan compleja. Ella nos comentaba: “Yo antes quería abortarlo, para mantener mi libertad, y ahora que lo he perdido, me sobra la libertad”. Está en tratamiento terapéutico.
Carmina me dice que en su asociación cada vez están recibiendo más peticiones de ayuda psicológica y psiquiátrica para mujeres que han abortado, porque…
__“A quien se le hace un daño tremendo, a veces irreversible, es a la mujer”. “También hay varones que están recibiendo terapia… te puedo contar, por ejemplo, el caso de un chico rumano que tras llevar, él mismo, a su novia a abortar, ahora él está hecho polvo… porque el aborto daña… en la Clínica Dator (uno de los abortorios más trabajadores de Madrid; es de  los que más abortos practica, de cualquier semana de gestación) lo que estamos detectando ahora es que intentan posponer el aborto para que sea un aborto quirúrgico y no químico.
Un aborto químico (píldora RU-486) provoca -además de contracciones y dolores tremendos- que el aborto se produzca en casa, lo cual supone un trauma enorme para la mujer porque expulsa al feto muerto en su propia casa, con lo cual no sabe qué hacer con los restos humanos… como esto puede tener repercusiones serias, se está posponiendo el aborto a las chicas embarazadas de menos de ocho semanas, para que lleguen a la décima semana y así practicarles un aborto quirúrgico… esto ya es más caro, el abortorio gana más, y además se aseguran de que los restos son eliminados convenientemente.
Y continúa con la descripción, tremenda, de lo que es un aborto:
__ “Si alguna chica va directamente, sin mediar Servicios Sociales, a una clínica abortista allí no le dicen qué tipo de aborto le van a practicar, no le cuentan lo siguiente: “Te vamos a hacer un aborto por succión, que consiste en introducir un tubo con una cuchilla en un extremo, por tu vagina (el tubo va conectado a un aspirador 26 veces más potente que el aspirador de casa), y una vez introducido, absorberá todo lo que tienes en el útero y lo destrozará con la cuchilla mientras pasa… la cabeza no entra, entonces tendré que meter unos fórceps por tu vagina hasta que… claro, si cuentas esto, la chica sale corriendo… pues no lo cuentan.
Es más, si alguna pregunta: ¿Le va a doler? (porque hay quienes tienen la convicción de que lo que van a abortar es un hijo), le responden: “No, no, pero si es un tejido, si no tiene terminaciones nerviosas…”, además le dicen que a ella no le va a pasar nada, le hacen firmar un consentimiento informado en el que, como en cualquier intervención quirúrgica, le señalan las posibles complicaciones que puede tener, y desde hace unos pocos años, al menos en la Dator, indican que puede tener una “ligera depresión” que pasará con el tiempo.
A “ligera depresión” reducen el transtorno diagnosticado en muchos casos como “síndrome post-aborto”, un transtorno que ha llevado a algunas mujeres al suicidio, a otras, a autolesiones, a transtornos de la alimentación, de la conducta sexual, del sueño (insomnios, pesadillas recurrentes), a ser agresivas con el entorno familiar o de amigos… hay muchísimos síntomas que a veces, pueden confundirse con estrés, ansiedad o “depresión por la crisis”.
El otro día, en una Universidad, les decía a las estudiantes… quizás tengáis alguna compañera a la que estáis notando rara, un día triste, otro eufórica, otro enfadada… quizás no duerme bien o está alicaída… va al psiquiatra y le diagnostica estrés o ansiedad… pero puede que detrás de todo esto haya un aborto. Tampoco hace falta que el aborto sea reciente, conocemos el caso de una mujer que abortó hace 20 años, y ahora está teniendo los síntomas post-aborto”.
El síndrome postaborto tiene varias fases, las dos más inmediatas, la de negación y la de reafirmación, es decir, la primera consistiría en que la mujer  no reconoce la gravedad de lo que ha hecho: “Si no ha pasado nada, no me ha dolido, estoy tan a gusto”, y la segunda, sería cuando la persona se reafirma en la decisión tomada: “tenía que hacerlo, no había más remedio”. Esto, Carmina lo ejemplifica con el siguiente caso real:
__ “A un matrimonio asturiano, bien situado económicamente, le diagnosticaron que su hijo (el primero) venía con síndrome de down… ella quería abortar, él no. Vinieron a Madrid y les presentamos a una familia con cinco hijos, el cuarto de ellos con síndrome de down, que estaría dispuesta a adoptar a otro niño síndrome de down… el marido, ante la posibilidad de darlo en adopción, quería firmar ante notario que no obligaría a su mujer a quedarse con el hijo, pero al menos, le pedía que terminase el embarazo… ella estaba de cinco meses…  y abortó. Ahora él está recibiendo tratamiento psicológico y él me dice que tenían que abortarlo porque “además del síndrome de down, el niño venía con cardiopatías”. Yo le comentaba que todos los síndrome de down tienen una cardiopatía prenatal diagnosticada, pero eso no justifica el aborto, ¿acaso es menos digno de nacer que cualquier otro bebé? El está en una fase de reafirmación que pasará, y cuando pase, se dará cuenta de que ha matado a su hijo, su único hijo; pero allí estaremos nosotros para ayudarle.
Y me cuenta el caso de una inmigrante 23 años, embarazada del séptimo hijo (de los cuales viven tres), con tres abortos provocados en su haber… esta mujer se queda embarazada siempre de la misma pareja, el cual la abandona cada vez que hay un embarazo; al encontrarse sola, sin trabajo, ella decide abortar y  poco tiempo después, vuelve a quedarse embarazada…

__ “Una vez que la mujer pasa por la experiencia de un aborto provocado, lo más probable es que desde ese mismo momento esté sufriendo ya los síntomas del síndrome postaborto, y uno de ellos es querer embarazarse de nuevo de forma compulsiva, por el vacío que se le crea tras el aborto… a esta mujer, que nos la han derivado de Cáritas de Valdemorillo (Madrid), que dice que le encantan los niños y ser madre, cada aborto la crea un vacío más tremendo, y cada vez está más incapacitada para tomar la decisión correcta; de momento, hemos conseguido parar la idea de un nuevo aborto, hace unos días la llevamos a hacerse una ecografía y vio a su hijo”.
Le pregunto a Carmina sobre si las creencias religiosas pueden, de alguna manera, ayudar a estas mujeres a seguir con el embarazo o a encontrar consuelo tras el aborto…
__ “Sí, la fe ayuda muchísimo. De entrada, nosotros no hablamos de ayuda espiritual, pero si durante la conversación la mujer nos manifiesta que es creyente, le proponemos este cauce. En el caso de esta chica de Valdemorillo, el sacerdote, que la conocía, ha hablado con ella y su figura ha sido como la guinda final, le ha proporcionado una tranquilidad enorme… porque además, esta mujer que ya ha abortado en otras ocasiones, al encontrar que un cristiano no la juzga, no la condena por sus abortos anteriores, eso la ha confortado;  en realidad, es lo que los cristianos tenemos que hacer: nosotros no somos quien para juzgar a nadie.

Parte de la entrevista que será publicada próximamente en la revista Buenanueva.

viernes, 7 de mayo de 2010

Seguimos en Pascua


¿Verdaderamente me doy cuenta de que Cristo está vivo, junto a mí? Hay una historieta que me contaron el otro día que hoy viene al caso de lo que a mí me pasa, parece como que todo es anodino, los días se suceden con una cierta monotonía, y me falta el Espíritu, me falta despertar, que alguien me zarandee y me diga: deja de mirarte a ti misma, deja de mirar al cielo, deja de estar en la inopia, que tu amado vive, y está contigo, y quiere que cojas tu vida en peso, todos los días, con esperanza, y le sigas...

La historieta es la siguiente: Resulta que no sé qué tribu india como rito de iniciación a la edad adulta, coloca al adolescente una venda en los ojos, y lo situa en medio de la selva (con todos los peligros que ello implica: animales, ruidos, oscuridad, frío...etc) y le dice que pase ahí toda la noche, hasta el día siguiente, en que ya, de mañana, se podrá quitar la venda.

Así pasa la noche el joven de la historia, muerto de miedo... y cuando se quita la venda, al día siguiente ¿qué es lo que se encuentra? Pues a su padre sentado frente a él, así ha estado toda la noche, junto a él, vigilando para que ningún animal ni nada pudiese lastimarlo... Esto mismo me pasa a mí, que creo que estoy sola cuando en realidad, mi Padre está cuidándome continuamente...

¡Alégrate! ¡Cristo está resucitado¡
Está a tu lado, ¿no lo notas? Está aquí, junto a ti, ha abandonado el lugar, la losa fría donde habían colocado su cuerpo, y ahora y siempre te dice al oído: No tengas miedo. Yo he vencido a la muerte. Yo soy el principio y el fin. El alfa y la Omega. Y como ocurrió en aquella otra tumba, la de Lázaro, también hoy me dice, nos dice: ¿Por qué dudas? ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?


La piedra del sepulcro de mi vida ha sido corrida… ¿Quién nos moverá la piedra? Iban pensando las mujeres, que muy de mañana se disponían a ungir con aceites y perfumes el cuerpo del Señor, pero la piedra ya estaba corrida… Y dos varones con vestidos deslumbrantes, sentados en la piedra, uno a la cabecera y otro a los pies, las increpan: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

Igual me pasa a mí hoy. ¿Por qué busco entre los muertos al que está vivo? A Cristo resucitado no lo voy a encontrar bajo un alud de razonamientos lógicos, prejuicios, envidiejas o mercadeo de afectos, a Cristo le encuentro cuando le doy mi corazón sin reservas.
Aceptándome como soy, con mis limitaciones.Y aceptando a los demás como son. El Señor me quiere así (te quiere así), con mis deficiencias, con mis deslealtades, con mis altibajos ,porque él ha muerto para que todo esto no me tumbe, ha muerto para que trascienda mi miseria, y le mire a los ojos, y siguiéndole, sin dudar, pueda andar sobre las aguas. Sobre las aguas de la muerte. Igual que Pedro.

Qué descanso, poder descargar las penas, las luchas diarias, los egoísmos, las incomprensiones a los pies de la cruz, a sus pies. A los pies de esa cruz que ahora, tiempo de pascua, se alza gloriosa, en el corazón de cada uno de nosotros; porque Cristo ha vencido a la muerte y nosotros participamos de esa victoria.
Decía el beato Alberione: "El crucifijo es una gran escuela de amor. ¡Así se debe amar, como Jesús! No basta hacer unas cortesías para llegar al amor: se ama sufriendo, sacrificándose, rezando y dando la vida por el amado".

Tenemos a uno que a la derecha de Dios, le dice al Padre, todos los días, mostrándole sus manos y su costado traspasado: "Yo he muerto por éste. Ten misericordia de él". ¿Qué nos queda, sino el agradecimiento?
Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, el Señor de la vida, estaba muerto, mas ahora está vivo y triunfa. Dinos tú, María, si has visto la tumba de Cristo vacía, las vendas, el sudario, y vivo a Cristo... (Y ella, mujer- amiga fiel donde las haya, responde): -Sí, que es cierto, Cristo ha resucitado. Y nos precede en Galilea. Allí le veremos.

Allí, en la Galilea de los necesitados de la Palabra, en la Galilea de la acogida al diferente, en la Galilea de la salida de mí misma, en la Galilea de la entrega sin medida, allí Le veré (le veremos).
Alegrémonos pues, que ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo futuro, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús.

jueves, 6 de mayo de 2010

Letanías por la familia


Trasteando por ahí, he encontrado estas Letanías por la familia, que me
han parecido una maravilla. Estamos tan necesitadas las familias que
queremos seguir a Cristo, de algún aliento espiritual, de alguna Palabra, que nos ayude todos los días, que me ha parecido bellísima esta oración, para hacerla mía, cada día, como forma de consagrar mi familia, y ponerla ante
la presencia de María, de Jesús, y de José , que ellos nos acojan en su Familia,
y nos ayuden a vivir con las mismas prioridades (valores) que ellos tuvieron:
sencillez, alegría, donación, servicio, paz interior, trabajo callado... en fin, tantas cosas que hay que aprender de esta familia de Nazareth...

LETANÍAS DE LA SANTA FAMILIA



Señor, ten piedad, Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad, Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad, Señor, ten piedad

Cristo, óyenos, Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos, Cristo, escúchanos

Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros

Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros

Santísima Trinidad, único Dios, ten piedad de nosotros

Jesús, Hijo de Dios vivo, que hecho hombre por nuestro amor has santificado los vínculos familiares, ten piedad de nosotros


Jesús, María y José, a quienes todo el mundo honra bajo el nombre de Santa Familia, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, imagen de la Santísima Trinidad en la tierra, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, modelo perfecto de todas las virtudes, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, no acogida por la gente de Belén, pero glorificada por el canto de los Ángeles, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, que recibiste la visita de los pastores y los dones de los Magos, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, exaltada por el santo anciano Simeón, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, perseguida y obligada a refugiarse en tierra pagana, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, que viviste desconocida y escondida, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, fidelísima a las leyes del Señor, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, modelo de las familias regeneradas en el espíritu cristiano, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, cuya Cabeza es modelo de amor paterno, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, cuya Madre es modelo de amor materno, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, cuyo Hijo es modelo de obediencia y de amor filial, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, patrona y protectora de todas las familias cristianas, ven en nuestra ayuda

Santa Familia, nuestro refugio en la vida y nuestra esperanza en la hora de la muerte, ven en nuestra ayuda


De todo lo que nos puede quitar la paz y la unión de los corazones, Santa Familia, líbranos

De los placeres mundanos, Santa Familia, líbranos

De la desesperación de los corazones, Santa Familia, líbranos

Del apego a los bienes de esta tierra, Santa Familia, líbranos

Del deseo de la vanagloria y de la presunción, Santa Familia, líbranos

De la indiferencia y de la superficialidad en el servicio de Dios, Santa Familia, líbranos

De la muerte imprevista, Santa Familia, líbranos



Por la perfecta unión de los tres corazones, Santa Familia, escúchanos

Por tu pobreza y tu humildad, Santa Familia, escúchanos

Por tu perfecta obediencia, Santa Familia, escúchanos

Por tus aflicciones y dolorosos acontecimientos, Santa Familia, escúchanos

Por tu trabajo y tus dificultades, Santa Familia, escúchanos

Por tus oraciones y tu silencio, Santa Familia, escúchanos

Por la pureza de tus intenciones, Santa Familia, escúchanos

Por la perfección de tus acciones, Santa Familia, escúchanos



Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, perdónanos, Señor

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, escúchanos, Señor

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros



V. Santa Familia venerada, nosotros nos refugiamos en ti con amor y esperanza.

R. Haz que sintamos los efectos de tu saludable protección. Amén.