viernes, 7 de mayo de 2010

Seguimos en Pascua


¿Verdaderamente me doy cuenta de que Cristo está vivo, junto a mí? Hay una historieta que me contaron el otro día que hoy viene al caso de lo que a mí me pasa, parece como que todo es anodino, los días se suceden con una cierta monotonía, y me falta el Espíritu, me falta despertar, que alguien me zarandee y me diga: deja de mirarte a ti misma, deja de mirar al cielo, deja de estar en la inopia, que tu amado vive, y está contigo, y quiere que cojas tu vida en peso, todos los días, con esperanza, y le sigas...

La historieta es la siguiente: Resulta que no sé qué tribu india como rito de iniciación a la edad adulta, coloca al adolescente una venda en los ojos, y lo situa en medio de la selva (con todos los peligros que ello implica: animales, ruidos, oscuridad, frío...etc) y le dice que pase ahí toda la noche, hasta el día siguiente, en que ya, de mañana, se podrá quitar la venda.

Así pasa la noche el joven de la historia, muerto de miedo... y cuando se quita la venda, al día siguiente ¿qué es lo que se encuentra? Pues a su padre sentado frente a él, así ha estado toda la noche, junto a él, vigilando para que ningún animal ni nada pudiese lastimarlo... Esto mismo me pasa a mí, que creo que estoy sola cuando en realidad, mi Padre está cuidándome continuamente...

¡Alégrate! ¡Cristo está resucitado¡
Está a tu lado, ¿no lo notas? Está aquí, junto a ti, ha abandonado el lugar, la losa fría donde habían colocado su cuerpo, y ahora y siempre te dice al oído: No tengas miedo. Yo he vencido a la muerte. Yo soy el principio y el fin. El alfa y la Omega. Y como ocurrió en aquella otra tumba, la de Lázaro, también hoy me dice, nos dice: ¿Por qué dudas? ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?


La piedra del sepulcro de mi vida ha sido corrida… ¿Quién nos moverá la piedra? Iban pensando las mujeres, que muy de mañana se disponían a ungir con aceites y perfumes el cuerpo del Señor, pero la piedra ya estaba corrida… Y dos varones con vestidos deslumbrantes, sentados en la piedra, uno a la cabecera y otro a los pies, las increpan: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

Igual me pasa a mí hoy. ¿Por qué busco entre los muertos al que está vivo? A Cristo resucitado no lo voy a encontrar bajo un alud de razonamientos lógicos, prejuicios, envidiejas o mercadeo de afectos, a Cristo le encuentro cuando le doy mi corazón sin reservas.
Aceptándome como soy, con mis limitaciones.Y aceptando a los demás como son. El Señor me quiere así (te quiere así), con mis deficiencias, con mis deslealtades, con mis altibajos ,porque él ha muerto para que todo esto no me tumbe, ha muerto para que trascienda mi miseria, y le mire a los ojos, y siguiéndole, sin dudar, pueda andar sobre las aguas. Sobre las aguas de la muerte. Igual que Pedro.

Qué descanso, poder descargar las penas, las luchas diarias, los egoísmos, las incomprensiones a los pies de la cruz, a sus pies. A los pies de esa cruz que ahora, tiempo de pascua, se alza gloriosa, en el corazón de cada uno de nosotros; porque Cristo ha vencido a la muerte y nosotros participamos de esa victoria.
Decía el beato Alberione: "El crucifijo es una gran escuela de amor. ¡Así se debe amar, como Jesús! No basta hacer unas cortesías para llegar al amor: se ama sufriendo, sacrificándose, rezando y dando la vida por el amado".

Tenemos a uno que a la derecha de Dios, le dice al Padre, todos los días, mostrándole sus manos y su costado traspasado: "Yo he muerto por éste. Ten misericordia de él". ¿Qué nos queda, sino el agradecimiento?
Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, el Señor de la vida, estaba muerto, mas ahora está vivo y triunfa. Dinos tú, María, si has visto la tumba de Cristo vacía, las vendas, el sudario, y vivo a Cristo... (Y ella, mujer- amiga fiel donde las haya, responde): -Sí, que es cierto, Cristo ha resucitado. Y nos precede en Galilea. Allí le veremos.

Allí, en la Galilea de los necesitados de la Palabra, en la Galilea de la acogida al diferente, en la Galilea de la salida de mí misma, en la Galilea de la entrega sin medida, allí Le veré (le veremos).
Alegrémonos pues, que ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo futuro, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús.