lunes, 16 de noviembre de 2009

Bájate de la cruz


Hace ya tiempo, una amiga mía, me comentaba un tanto sorprendida,
cómo su hija de seis años se había quedado impresionada al ver un Cristo,
de tamaño natural, que colgado del madero, presidía la iglesia en la que entraron.
Clara, que así se llama la niña, increpó a su madre:

-mamá, qué hace ahí ese hombre... porqué está clavado...

que le bajen de ahí.

La madre, según me comentó, aprovechó la oportunidad para hablarle casi
por primera vez, de quien era Jesús, cómo había muerto, porqué había muerto,
qué hacía una figura de madera, - no real-, allí clavada.

Me he acordado de esta anécdota, a raíz de la polémica que se ha montado entorno
a la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, dando la razón a una madre de origen
finlandés, que denunció a un colegio público italiano,
por tener en las paredes de sus aulas, crucifijos.

Y es que, es verdad, la cruz impresiona. Impresiona siempre.
Por eso tratamos de huir de ella continuamente.
A nadie le gusta abrazar su cruz.
No es un plato apetecible.
No está en nuestras fuerzas subirnos
a la cruz.
Sólo Cristo subió a la cruz voluntariamente:

"Nadie me quita la vida. Soy yo quien la doy".

Nunca se me olvidará cuando tocando la roca, donde estuvo
clavada esa cruz,
en Jerusalem,
en la basílica,
le dije, con toda la humildad de la que fui capaz,
"Señor mío, y Dios mío".

Para mí fue un momento único. Entonces se paró el tiempo. La cruz
ahí adquirió todo su sentido.

Quizás todos estos que quieren quitar la cruz de las aulas, desconocen
el significado profundo que tiene la cruz -con Cristo en ella-,
porque una cruz vacía, sin El, no tiene sentido.

Yo abrazo mi cruz cuando me niego a mí misma,
cuando cargo con las debilidades de los otros,
cuando no me quejo.

Cuando llevo con paz mi soledad,
o mis miedos, o mis frustraciones...
cuando llevo con paz las salidas de tono de mi marido,
o sus gritos cuando me salto una desviación
-que había que coger, para ir a tal o cual sitio-
en carretera...
o cuando sufro con buen ánimo las injusticias,
las murmuraciones, de algún familiar cercano,
o cuando aupada por el Espíritu santo,
soy capaz de no contestar de mala manera a alguno de mis hijos
mayores, inmersos de pleno en la adolescencia,
y logro "mantener el tipo"
y solventar el problema, con sosiego y sin perder los papeles.

Esto, para mí, es abrazar la cruz, mi cruz,
la que me llevará al cielo. La que me dará la llave para
estar en su Presencia. Alabándole y amándole eternamente.

Esa cruz que para mucha gente quizá ha perdido su significado,
o quizá
nunca lo ha tenido, porque nadie les ha explicado
que la Persona
que murió en esa cruz, dio su vida voluntariamente
por cada uno de los que formamos la humanidad,
religiosos y ateos,
abortistas, o terroristas,
cristianos, musulmanes, budistas,
homosexuales, drogadictos, pederastas
da igual...
Jesucristo ha dado la vida por cada uno de nosotros.
Para que todos tengamos
Vida, y Vida abundante.

"Nadie me quita la vida, soy yo quien la doy".

Y si me apuráis, llegado el caso, también cada uno de nosotros,
los que Le seguimos,
habremos de dar la vida, cuando nuestro vecino,
plenamente convencido de hacer algo bueno, nos denuncie
por homófobos (decir que las relaciones sexuales entre
personas del mismo sexo son contrarias a lo que Dios
ha previsto, como lo mejor, para cada uno de nosotros, eso,
es ser "homófobo"),
o por insolidarios y egoístas,
por tener nueve hijos
(estando el mundo al límite de sus posibilidades económicas -mentira-)
o por defender que a mis hijos los educo yo,
y no el Estado,
o por negarme a dispensar la píldora del día después,
o por negarme a participar en la consecución de un aborto...
o vete a saber porqué,
porque a fin de cuentas, de lo que se trata es de que Uno,
que te ama más que nadie,
ha dado su vida por ti...

y en vez de aceptar el regalo, el inmenso regalo de vernos
reconstituidos en nuestra condición de
hijos de Dios, nos dedicamos a despreciarle de nuevo,
y a decir, igual que en otro tiempo:
"bájate de la cruz, si eres el Hijo de Dios".