martes, 13 de enero de 2015

Yo no soy Charlie Hebdó (ni quiero serlo)


En estos días he visto de todo, parece que la cordura se ha ido de vacaciones. Las palabras quedan cortas, huecas, a la hora de reprobar un crimen tan execrable como el ocurrido en París estos días pasados. Dos bestias en nombre de Alá han sesgado las vidas de doce trabajadores del semanario francés satírico, Charlie Hebdó  -y otro musulmán, fanático igualmente-, ha acabado con la vida de cuatro judios  en un supermercado de París-. Nada, repito, nada, puede justificar tamaña masacre.


Dicho esto, lo ocurrido trae mar de fondo. Hay quienes opinan que el origen de este tipo de actos terroristas está en las religiones, por tanto, habría que cortarlas de raíz. Y meten, así, sin más, todas las religiones en el mismo saco. Craso error. Primero, porque todas las religiones no son iguales; segundo, porque la persona auténticamente religiosa es pacífica por definición. Pero vayamos por partes: El Corán sigue anclado en el medioevo, el cristianismo, no. El judaísmo habla del ojo por ojo y diente por diente como forma de establecer la justicia, el cristianismo habla del amor al enemigo. No todo es lo mismo. No todas las religiones son iguales. Nosotros, los cristianos, hemos pasado por una revolución francesa, por una Ilustración, por una separación del poder civil y del poder religioso, por un reconocimiento y defensa de los derechos del hombre, en definitiva, hemos experimentado una renovación interna por la que otras religiones no han pasado. Para más inri, la cultura cristiana ha construido Europa, aunque ahora Europa reniegue de sus raíces. 

En segundo lugar, como ya he dicho, la persona auténticamente religiosa  (la palabra religión proviene de re-ligare, acción o efecto de ligar fuertemente --con Dios--) es pacífica por definición. Y quiero pensar que entre los musulmanes hay muchas personas así, pacíficas, artífices de paz. En mi roca no existe la maldad, dirá el salmista judío. Para corroborar esta idea, bastaría decir que si el Dios judeo-cristiano se impone algún límite, ese es el de la libertad del hombre y el del ejercicio del mal. Y esto es aplicable sin duda, a la persona creyente que ha mamado de la cultura judeo-cristiana.




Por otro lado, y cambiando de tercio, contemplo atónita que a raíz del asesinato de los dibujantes franceses de la revista Charlie Hebdò, muchos consideran a dichos caricaturistas mártires de la democracia, adalides de la libertad de expresión, el no va más del buen hacer periodístico. Pues lo siento, lamentablemente je ne suis Charlie Hebdó, ni quiero serlo. En estos días parece que todos son Charlie Hebdó, como si esta revista representara la crème de la crème de la cultura occidental. Pues no, señores, esta revista es un claro ejemplo de la cultura de la muerte, de la que ya nos previno en su día san Juan Pablo II. Charlie Hebdó representa la podredumbre más absoluta de una cultura, la nuestra, completamente confundida, obcecada por el mal. Cualquiera que investigue un poquito, más bien nada -porque el trabajo de dichos dibujantes está a un clic en internet- verá que los valores que defiende Charlie Hebdó brillan por su ausencia. A no ser que se considere un valor el ultraje, la ofensa, la maledicencia, la calumnia, la burla, etc, etc. Recuerdo, dichoso el hombre que no come en la mesa de 

los impíos, ni en el banco de los burlones se sienta. Charlie Hebdó no deja títere con cabeza. Una de sus últimas portadas es la representación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo copulando entre ellos. Pero eso no importa. Defienden la democracia, la libertad de expresión, los valores de Occidente (?). Todo esto me recuerda a aquellas palabras de Cristo Jesús... quien escandalice a uno de estos pequeños (refiriéndose a los que se hacen como niños por amor a Dios) más les valdría que se colgaran una piedra de molino y se echaran al mar...  habrá que orar también por ellos, porque aunque parezca una injusticia a los ojos de los hombres, Dios Padre no reniega de ninguna de sus criaturas. Ni del fanático musulmán, ni del caricaturista burlón.