domingo, 15 de noviembre de 2015

El Único que puede parar la violencia

Ante cualquier acontecimiento fuerte, de esos que te desestructuran las entrañas, el único capaz de poner paz en el corazón... es Jesucristo. Aquí ya no
valen ni los psicólogos que envía la institución pública de turno, ni los amigos, ni las personas de buena voluntad. Cuando te matan a un hijo, a un marido, a una esposa, a un padre... el único que puede dar bálsamo de amor, el único que puede entrar en lo más profundo de ti y consolarte, es Cristo Jesús.

Y esto es una verdad que muchos desconocen. Por eso conviene decirla. Él es el que de la muerte, saca vida. Él y solo Él. Nuestro Dios es tan grande, que tomó condición de esclavo -dice la Escritura- y se encarnó en un ser humano... Dios abajado hasta la nimiedad más absoluta. Yo algunas veces, cuando pienso en esto, me lo represento como si un hombre, con su dignidad de ser humano libre, se metiera en un gusano, o mejor, se hiciera gusano... ese es nuestro Dios. Y por qué hizo esto? Entre otras cosas, para darle un sentido al sufrimiento del hombre. Para enseñarle el camino hacia la Vida.

Lo que ha pasado en París, este ataque yihaidista execrable, ha provocado mucho dolor, y mucho sinsentido. Porque el sentido sólo lo encontrará el que ha conocido a Cristo Jesús.
Jesús, el Señor, murió desangrándose, retorcido de dolor en una cruz, voluntariamente, para que el que sufre, hoy, todas esas personas a las que les han arrebatado el deseo de vivir, puedan mirar al crucificado y hacerse uno con él. Puedan mirarle y ver más allá. Puedan mirarle y ver la resurrección. La vida nueva, esa que permanece para siempre, esa que sacia, porque es plena, donde ya no hay dolor, muerte, desesperación, maldad...


Y otra cosa, aún más difícil, si cabe: Para que esos inocentes, víctimas inocentes, que han perdido a sus seres queridos porque sí, puedan, con la ayuda del Espíritu del crucificado, perdonar. Ama a tu enemigo, nos dice Cristo Jesús, y esto no es una utopía. Con el poder del Señor, con su fuerza liberadora, con su cuerpo y con su sangre derramada, se puede entrar en esa dimensión del perdón. Esto va más allá de nuestras fuerzas, Esto proviene directamente de Dios. Y sucede. Ha habido muchos casos en la historia de la humanidad en los que el hombre ha perdonado a su agresor, a su ejecutor. Ahí es donde se ve la fuerza del amor de Dios. Ahí... en esto que parece imposible a nuestros ojos. Ahí, el Señor actúa. Así que mantengamos firme la esperanza, Cristo Jesús es el que para la ola de violencia. Sólo apoyados en Cristo Jesús la vida del ser humano se dignifica. No estamos solos, las víctimas no están solas. Hay muchos hombres y mujeres de buena voluntad orando por ellas. Para que puedan enfrentar el dolor y transformarlo en amor, amor al enemigo, al que te odia, al que, pobrecillo, vive en el engaño permanente, y sólo ha conocido el odio.


Por último, sólo un apunte más: nuestro Dios, Padre que reparte a manos llenas misericordia, no es Alá, no es un Dios que está en su inmensidad y no se enfanga en el dolor del hombre. Nuestro Dios, Abbá, es un Dios que se hace pequeño y vive entre sus criaturas. Y muere por el hombre. Y resucita y nos abre las puertas del cielo. Ese Dios hoy, llora con la humanidad doliente.