lunes, 25 de abril de 2011

Cincuenta días de gozo

"En este momento se abren cincuenta días de fiesta, de gozo en el Señor", decía Gerardo, el presbítero que nos presidió anoche en la celebración de la Pascua."Cristo ha resucitado", concluyó. Verdaderamente ha resucitado, respondimos todos.

Qué maravilla. Qué tiempo de gracia tan enorme para dejarse amar por Él. Y para intentar amar a los que tengo alrededor.

Ha sido una Pascua espectacular. Como todas. Llegamos maltrechos, y salimos exultantes, reconfortados, llenos de Espíritu Santo. Falto un ápice para que nos quedaramos en casa. Parece mentira, pero siempre caemos en lo mismo. Satanás se encarga de arrebatarnos la esperanza, y nosotros, memos, vamos en pos de él como unos becerros llevados por la argolla. Otra vez, quince minutos antes de salir, empezamos a darnos cuenta de nuestras carencias, de que somos unos pecadores de aquí te espero. "Esto no es una familia. Esto es un desastre" decía José Manuel perdiendo los nervios y refugiándose delante del ordenador (del que no se había apartado en toda la tarde, salvo por breves momentos). Yo, claro, le echaba en cara su falta de atención a las necesidades de la familia, y si yo atacaba, él contraatacaba.

Faltaba el zapato de Judith, Rocío se había atrincherado  en el cuarto de baño y no salía, y el de más allá pasaba de todo y se ponía a tocar la guitarra... los sacos de dormir sin buscar, y las niñas sin peinar y sin abrigos... A tal punto llegó el enfado que José Manuel dijo que no iba a la pascua, que nos fueramos nosotros solos, que total, para el caso que le hacíamos... nos costó bastante reconducir la situación. Al final, conseguimos subirnos al coche y emprender la marcha hacia El Escorial, donde celebramos la pascua. Ya casi a punto de llegar, me di cuenta de que había olvidado en casa el pan ácimo que había hecho dos horas antes; no dimos la vuelta porque sabiamos que había otros seis panes más esperándonos.

Ha sido una noche larga, intensa... empezamos la celebración a las 23,00 h. del sábado  y hemos entrado por la puerta de casa a las ocho de la mañana de hoy, domingo de resurrección. Me ha gustado la hoguera y el lucernario, esta vez no se veía la luna llena, porque la tapaban unos nubarrones que amenazaban lluvia. Hoy me he enterado de que la Pascua se celebra la primera luna llena de primavera. Allí, alrededor del fuego, se encendió el cirio pascual y unos a otros nos pasamos la luz de Cristo, esa que ha de iluminar nuestras vidas. Impresionante el pregón pascual y las lecturas: "por un instante me aparté de ti, pero con inmenso amor te recojo. Te quiero" (que esto lo diga Dios mismo, mi Padre, es algo que no deja de sorprenderme y conmoverme), "venid a mí  sedientos todos,  comed  y bebed  leche de balde...", "como un joven se casa con su novia, así me desposaré yo contigo... ya no te llamarán más abandonada.. a ti te llamarán desposada, y tu tierra tendrá marido..."

De toda la celebración, lo que me llevo a casa es la esperanza. Cristo ha vuelto a coger mi brújula, y ha vuelto a centrar la aguja, que estaba dando bandazos. Ha vuelto a recordarme que me quiere, que Él es el Señor de mi historia, que ha dado su vida por mí, por mis miserias; que no tenga miedo. Que Él está resucitado. "Tus hijos tendrán paz. Tendrán gran paz tus hijos"... Ahora, que estamos pasando por un tiempo difícil con dos de nuestras adolescentes,  en el que parece que no has sembrado nada... mi Padre me dice que espere en Él, que sea paciente,  y me conforta.

Después veo a José, el mayor, monitando una de las lecturas, y diciendo que el Señor tiene unos planes mucho más interesantes y trascendentes que los nuestros, que sus planes saltan hasta la Vida con mayúsculas, mientras que los nuestros, son cortitos, cortitos... y veo a Miguel, 16 años, sentado con sus hermanos de comunidad... y a Rocío cuidando de Judith,  y a Nazareth, que parece triste, pero que al final de la eucaristía viene a mí y me coge del brazo para que nos vayamos juntas...y a Teresa, que a pesar de estar muerta de sueño, aguanta como una jabata... y a Victoria, que le pregunta el presbitero y no sabe por dónde salir... los veo a todos, y se me esponja el corazón.

El Señor ha pasado esta noche renovando, fortaleciendo, amando. Y he visto claro que es importante que no olvide, que recuerde de dónde nos  ha sacado el Señor, que somos unos pobres con pies de barro, a los que sólo el amor de Dios salva. Y que vea la historia que está tejiendo en nuestra familia. El pueblo de Israel recuerda, está asentado en Dios porque rememora continuamente las hazañas de Dios en su historia... Yo, que enseguida me olvido del pasado, y miro al futuro exclusivamente, he de echar la vista atrás, para que no sea una hoja a merced del viento, sino que esté enraizada en el árbol de la Vida. El Señor no está durmiendo... actúa y nada sucede por casualidad.

 En las peticiones, volví a hacerte presentes a nuestros hijos: "Señor, que ninguno se pierda. Dales de tu Espiritu Santo, que puedan amarte y seguirte".

PD. Hay varias cosas que hacen a esta pascua distinta de las anteriores, la primera es que me he dado cuenta de lo importante que es vivir el triduo pascual, en concreto, el jueves santo ha marcado (creo) a mis hijos mayores; para mí ha sido una alegría enorme saber que el uno al otro, y viceversa, se han lavado los pies, en la celebración con su comunidad. Este signo es impresionante, y ha servido para que los dos mayores se pidan perdón y se reconcilien. El Señor es grande.
Lo segundo, el viernes santo pude "abrazar" mi cruz, en el rito de la adoración de la cruz. Justamente cuando estaba delante de la cruz, postrada ante ella, cantaban los salmistas: "stabat mater dolorosa, justa crucem lacrimosa, spendebat filium" y, salvando las enormes diferencias que existen, así me sentía yo, como la madre dolorosa que sufre por su hijo amado, a los pies de la cruz. Que el Señor me dé la fortaleza que le dio a su madre, para llevar con dignidad mi cruz.Y que la alegría, el gozo interior, sea un signo para nuestros hijos.

Y hay otra cosa, importantísima, esta pascua el Señor me ha dado luz suficiente para ver que nuestro matrimonio necesita vino nuevo, se estaba deteriorando por nuestro egoísmo, cada uno en su muralla fortificada, sin abrir las puertas al otro. Por el miedo a otro embarazo, nos perdíamos la alegría del encuentro. El primer paso ya lo hemos dado, gracias a la fuerza del Espíritu, que el Señor nos ayude en la tarea de darnos el uno al otro, con generosidad.