jueves, 17 de mayo de 2012




QUE EL SEÑOR ILUMINE SU ROSTRO SOBRE NOSOTROS


Antes de ayer estuvimos celebrando José Manuel y yo nuestros veinte años de casados. "Quedamos" para ir a comer, cada uno desde su trabajo, y nos encontramos a las tres y media de la tarde en la placita de Opera. Previamente, a lo largo de la mañana, nos habíamos estado enviando mensajes de móvil como dos críos... "te quiero mucho, ayúdame a quererte más" "hay que darle muchas gracias a Dios" "¿no me mandas una carita sonriente?"... entramos en un restaurante típico de la zona decorado con muy buen gusto (me chiflan las lámparas antiguas y los angelitos de época colgados en la pared), comimos el menú dentro (ensalada de gambas, filete en salsa de roquefort, y tarta de manzana) porque fuera, en la terraza, hacía calor... fue un acierto estar bajo el amparo del aire acondicionado. Después, sin pensarlo mucho, entramos en la cripta de la Catedral de la Almudena (haciendo un inciso, diré que aquí pensamos casarnos hace 20 años ya, incluso cogimos día y hora, pero después se impusieron otros motivos familiares y reconducimos nuestros pasos hasta la Castrense. Pues aquí, en esta belleza de iglesita, entre columnas de corte románico y acompañados en el altar por un Cristo (Corazón de Jesús) y una talla de la Almudena, rezamos un rosario en agradecimiento por tanto bueno que el Señor nos ha regalado.

Después subimos, nos confesamos en la catedral (Jose tuvo que buscar un sacerdote... ¿por qué no se  pondrán directamente, sin tener que ir a la caza y captura?) y celebramos la eucaristía a las seis de la tarde (ahora que lo pienso, a la misma hora que nuestra boda). Éramos unos pocos, muy pocos para ser víspera de fiesta, al día siguiente era san Isidro. Y me gustó pensar que el 14 de mayo, día de nuestro "Sí, quiero" está "empanado" entre el día dedicado a la Virgen de Fátima, y el día de san Isidro. Caí en la cuenta de que María nos precedia (nos ha precedido siempre, en estos 20 años) y de que san Isidro y santa María de la Cabeza fueron un matrimonio santo, de los pocos laicos subidos a los altares, gente sencilla, que vivió y murió con el corazón puesto en hacer la voluntad de Dios. Por cierto, no sabía que su hijo, san ¿Millán? también fue declarado santo por la Iglesia. Una familia santa. Curioso, cuanto menos; gratificante, sin duda.

El evangelio me volvió a recordar algo que el Señor me dice siempre, a veces machaconamente, "unidos a la vid", "permaneced en mi amor", "sin mí no podéis hacer nada". Si hiciera una estadística que nunca he hecho, seguramente esta Palabra se llevaría la palma, porque en momentos puntuales de mi vida, surge para removerme y decirme ¿dónde estás? ¿quién es tu Dios? ¿adónde tienes puesto el corazón? Sin mí, no podéis hacer nada.

Y es verdad. El Señor ha sido fiel con nosotros. Sin él, ya haría mucho que José Manuel y yo habríamos ido dando bandazos, sin encontrar un sitio tranquilo y fresco donde descansar. Donde acurrucarnos y reposar. Han sido veinte años de encuentros y desencuentros, pero siempre, de eso puedo dar fe, cuando he gritado al Señor pidiéndole auxilio, Él ha calmado las aguas. Entonces me ha dicho, ¿de qué tienes miedo, no ves que estoy contigo? Cuando nuestro matrimonio estaba muerto (y ha habido unas cuantas veces en que yo al menos, lo he visto así, muerto) el Señor lo ha resucitado, y lo sigue resucitando. Es verdad que él es la roca. Por eso comprendo que muchas parejas se vayan al garete, porque falta lo fundamental, contar con él. Buscarle a Él. Querer construir sobre roca. Y fiarse de Él. Dejarse empapar por la Palabra y vivir íntimamente ligados a la eucaristía es la clave para dejarse modelar por Él, para que nazca ese nuevo ser en cada uno de nosotros. Ese Hijo de Dios en mí,  que puede llamarle Padre, con todas las letras.

Hay una oración en el rito del matrimonio esponsal que es preciosa, está llena de sabiduría, dice algo así:

Que el Señor os bendiga
ilumine su rostro sobre vosotros,
acojais a los hijos con amor, y a todos, que vuestra casa esté abierta a las necesidades del prójimo,
que el Señor os dé salud para ver a los hijos de vuestros hijos, y os regale su paz.

Hoy hago mía de nuevo esta oración, y pido de nuevo la gracia necesaria para poder cumplirla.

Postdata: (En los laudes de ese día, 14, rezando juntos José Manuel y yo, el Señor nos regaló una Palabra, ¿cuál? el evangelio de Lázaro (un amigo muerto al que volvió a la vida... una promesa, "si crees, verás la gloria de Dios"). Casi nada.