martes, 22 de mayo de 2012

Evangelio del día: La higuera seca


Jesús entró en Jerusalén, en el Templo, y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce para Betania.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Al ver de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella. Se acercó a ella pero no encontró más que hojas. (Es que no era tiempo de higos). Entonces le dijo: “¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti”! Sus discípulos oyeron lo que decía.

Llegaron a Jerusalén, una vez allí entró Jesús en el Templo y comenzó a echar fuera a los vendedores y compradores; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciendo: “¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes?”¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!”. Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas, que buscaban la forma de poder matarle. Y es que le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Al caer la tarde, salió de la ciudad.

Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro se acordó y le dijo: “¡Rabbi, mira!, la higuera que maldijiste está seca”. Jesús les respondió: “Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: «Quitate y arrojate al mar», sin vacilar en su interior y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo que obtendréis todo cuanto pidáis en la oración, si creéis que ya lo habéis recibido. Y si, cuando os pongáis de pie para orar, tenéis algo contra alguno, perdonadle, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas”. (Mc 11, 11-26)


Tenía muchas hojas, estaba frondosa, pero le faltaba lo principal, el fruto. Aparentemente era hermosa, pero en lo profundo de su ser era estéril porque no brotaba de ella aquello que le daba “sentido”, aquello constitutivo de su naturaleza: el fruto, el higo.

Señor, así estoy yo muchas veces, muchos días, estéril. Tú has regado, has abonado, pero yo no te doy el fruto que buscas. Hazme caer en la cuenta de que las apariencias no me dan la verdadera vida, que tú no quieres cristianos “aparentes”, mucho follaje y poca enjundia. Dame la fortaleza de vivir cada día de cara a Ti, contrapesando mi vida y mis acciones, buscando ser auténtica, una contigo, una en Ti. Nutriéndome de la savia de tu Palabra, de tu Cuerpo y de tu Sangre, sólo así podré dar frutos de vida eterna.
¡Que nunca jamás nadie coma fruto de ti!” qué palabras tan duras.... No era tiempo de higos pero aún así tú le pediste el fruto a la higuera, y la maldijiste porque no te lo dio. ¡Que nunca jamás nadie coma fruto de ti!, dijiste. Porque tú cosechas donde no se ha sembrado y recoges donde no se ha esparcido... Tú Señor, esperas mi fruto, el fruto de conversión y de misericordia que yo no doy. Cuántas veces paso de largo ante el dolor de los demás, cuántas veces vuelvo la cara para no ver, para no implicarme, para seguir llevando mi vida ¿cómoda? (cómoda no, porque en el fondo esa dejadez produce tristeza y desesperanza).

Pero tú sigues aguardando, tienes una paciencia grande conmigo (mucha más que con la higuera), y esperas que alguna vez caiga en la cuenta de que tú eres mi Padre y yo soy tu Hija. Que sólo tengo que dejarme hacer por Ti para que el fruto nazca vigoroso de esta higuera hasta entonces estéril.

Señor, que pueda dar fruto y fruto abundante. Concédeme el don de la conversión, que me conozca a mí misma en mis pecados y debilidades, que no me escandalice de mí, para que un día vea que ese fruto maduro que cae de mi árbol (gracias a que te dejé actuar en mi vida) proviene única y exclusivamente de Ti.
A Ti la gloria y el poder por siempre. Amen.

Ayúdame a echar fuera a los vendedores, librecambistas y demás ralea que sólo quieren distraerme de Ti. Tú, el centro de mi vida. Tú, en el templo de mi cuerpo. Yo, en el templo de tu Cuerpo y de tu Sangre. Tú en mi y yo en Ti. Así sí podré mover montañas, así sí podré gustar el amor que tienes al Hombre. Porque así seré un instrumento eficaz: yo en Ti, Tú en mí. Porque todas nuestras empresas nos las realizas Tú.
Entonces veré tu acción a través de mí. Veré milagros. Porque cuanto pida en la oración, Tú en mí, y yo en Ti, se cumplirá. Victoria Luque.