viernes, 20 de septiembre de 2013

EL SIGNO

-Yo no veo a Dios en mi vida. Nunca o casi nunca me ha dado nada...
decía Miguel en la cocina, angustiado porque faltaba escasamente un día para que saliera la lista de admitidos en Veterinaria, y él, en lista de espera, desesperaba... porque a la cuarta y última
convocatoria, las posibilidades de ser admitido en Córdoba se diluían enormemente...

-Tienes que aceptar la voluntad de Dios, Miguel. Si eres cristiano, debes hacerlo. ¿Acaso tú sabes más que tu Padre? Si al final, Él no te da la plaza, por algo será. A lo mejor dentro de diez años eres un maravilloso biólogo que hace un estupendo descubrimiento para la Humanidad... ¿tú que sabes? ¿sabes más que Dios? Nosotros no conocemos la realidad completa... Dios sí. Quizás no te convenga estudiar veterinaria en Córdoba. O a lo mejor Dios te pone entre la espada y la pared como al pueblo de Israel cuando salió de Egipto, atrás el mar, delante, los egipcios... a lo mejor el Señor te pone en esta situación para demostrarte su poder, para que veas que Él es el que te lo da... que tú por ti mismo, no puedes...

Así razonaba con mi hijo, quien estaba a punto de renegar de que verdaderamente Dios le amara.
-claro, para ti es muy fácil decirlo... Si Dios te lo concede, es que te conviene, si no, es que no es bueno para mí... así cualquiera. Pero yo quiero hacer veterinaria... y Él no me hace caso. Menuda libertad me da, que no tengo derecho a equivocarme...
En un instante, vino a mi cabeza el pasaje del hijo pródigo, el hijo menor que pide la herencia al padre, cuando éste aún no había muerto, lo cual era un desprecio enorme según la costumbre hebrea... el hijo que quiere hacer su libre albedrío por encima de todo, despreciando a su propio padre.

-Si piensas así... pídele que te dé la plaza, sí o sí. Independientemente de que te estrelles... hágase tu voluntad y no la suya, si eso es lo que quieres, díselo.

Miguel salió de la cocina enfurruñado. Veía que su futuro pendía de un hilo; yo, por mi parte, me percaté de que mi hijo necesitaba un signo, una prueba fehaciente de que Dios existe y de que le quiere como a un hijo. Que busca su bien, y que le ama profundamente. Ahí quedó la conversación... de momento.

Al día siguiente, camino del trabajo, me acordaba de lo que días antes había oído a Sor Enmanuel, en la basílica de la Merced... "hay tres niveles en la oración. El primero, el básico, es el que todos los cristianos hacemos muchas veces: te pido, dame, necesito... un toma y daca con Dios. Yo te pido, quítame o solucióname este problema... Pero hay que aspirar al segundo nivel... a hacer la voluntad de Dios. Para ello, dadle vuestros problemas y preocupaciones a María, a la Señora. Decidle: "ocúpate tú de todo esto, que yo me encargaré de hacer la voluntad de tu Hijo". Tú ocúpate de mis inquietudes y problemas, que yo me dedicaré a amar a Dios y a los que tengo a mi alrededor... y hay otro tercer nivel, que es alabar y dar gloria a Dios siempre, por lo que nos parece bueno y por lo que nos parece malo; cuando estoy contento y cuando estoy triste...". Aquellas palabras habían hecho mella en mí. Decidí ponerlas en práctica, y le dije a María: "ocúpate tú". Ya ves cómo está Miguel, necesita sentirse amado por Dios Padre, necesita constatar que es cierto que Dios le quiere y se preocupa por él. Mira que los testigos de tu Hijo, primero necesitan ser confirmados en la fe...

En esas estaba cuando llegué al trabajo. Subí a la oficina y encendí el ordenador... al poco tiempo, recibo una llamada telefónica...
-mamá, soy yo Miguel... que estoy en la lista de admitidos... que he entrado en Veterinaria... -decía con la voz entrecortada y conteniéndose las lágrimas-.
-¿Sí? ¡Enhorabuena, cuánto me alegro hijo! acerté a decir... Ya puedes darle gracias a Dios...
-Sí. Sí.
-Me alegro un montón Miguel... ¡¡¡qué bien!!!...

Colgué el teléfono y no me lo podía creer. Miguel estaba exultante, y yo contentísima. Pero no quedó ahí la cosa... Por la tarde llamé al matrimonio que iba a acoger a Miguel en su casa, caso de que consiguiese entrar en Veterinaria en Córdoba.

-Hola, soy la madre de Miguel... ¿qué tal estáis? ¡Miguel ha entrado en Veterinaria en la 4ª convocatoria... está contentísimo... llamaba para ver cómo hacemos...
-Vaya, qué bien. Pero... creo que a lo mejor tenemos algunos impedimentos para acogerle...
Y Juan, empezó a relatar una serie de cuestiones por las que, seguramente, Miguel no podría ser acogido en su casa...
-Bueno, pensadlo, habladlo tu mujer y tú, y ya me diréis...
De repente, esa puerta abierta, se estaba cerrando. No podía creer que Dios Padre le diera una oportunidad a Miguel de conocer su amor, y que ahora, la siguiente puerta se cerrara... la consecuencia sería que no podría estudiar en Córdoba, porque nosotros no podíamos pagarle un alquiler...

De nuevo en el filo de la navaja. De nuevo en oración. De nuevo dejando que María resolviese ese tinglado que se había formado casi sin darnos cuenta... Miguel ya daba prácticamente por perdido el estudiar en la casa de estos amigos...
Al día siguiente por la mañana me llama por teléfono Juan... empieza otra vez con una serie de impedimentos al parecer insalvables...
-Te voy a contar nuestra situación....bla, bla, bla...
y de repente, hace un alto y dice: "Pero bueno, que venga... ya nos las apañaremos".
No me lo podía creer. Tuvo que repetirmelo dos veces... "sí, que venga, que venga. Después de mucho combate, mi mujer y yo hemos decidido que venga, ?Y si es voluntad de Dios que nosotros le acojamos? Cómo nos vamos a negar?
Ha sido rizar el rizo. El Señor ha estado grande. Para Miguel ha sido el signo que necesitaba. Bendito sea Dios, sea por siempre Bendito y Alabado.