viernes, 11 de septiembre de 2015

De lo que rebosa el corazón habla la boca (Evangelio 12 Sept.)



En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: -«No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo? El que se acerca a mi, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone por obra se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y en seguida se derrumbó y quedó hecha una gran ruina.» (Lc 6, 43-49)




"De lo que rebosa el corazón, habla la boca", gran verdad, y estupendo termómetro espiritual para conocer por qué derroteros discurre la vida de cada uno. No hay más que escucharse a uno mismo, y... si el tema de conversación es dinero, dinero y dinero en sus múltiples variables (coche, casa, ropa, sueldo), la cosa podría ser preocupante. ¿Por qué? Porque Dios y nuestro prójimo -tanto monta, monta tanto-, habrán quedado en un ultimísimo plano. 

"El que es bueno, de la bondad de su corazón saca el bien", pero... también hay de qué preocuparse si de nuestra boca salen sapos y culebras y, a nuestro modo de ver, las personas con las que nos relacionamos cotidianamente tienen muchos y variados defectos. Lo más seguro es que la lente con la que miramos las cosas esté empañada y en ese caso, conviene pedir perdón. Quizás la envidia, la vanidad, las preocupaciones del mundo, las fatigas y agobios nos hayan alejado de lo verdaderamente importante: reconocer el amor de Dios en todo lo que nos rodea.

En ese caso, cuando  nuestro termómetro espiritual nos dice que tenemos fiebre de 38º, conviene hacerse dos preguntas muy sencillas. La primera: "yo, ¿para qué vivo?".La respuesta nos pondrá en nuestra realidad: "para trabajar", "para conseguir dinero", "para aparentar", "para divertirme", etc, en esa situación, sólo queda inclinar la cabeza y reconocer que somos muy pobres, y necesitamos la fuerza y la ayuda del Señor para colocar nuestra vida sobre la Roca -Dios-. La segunda pregunta es todavía más profunda: ¿Yo amo de verdad? Si respondemos con sinceridad, veremos que no, que raramente amamos como Dios nos pide. Dios mira el corazón, no la apariencia, y esa es la forma en que cada uno debería amar al otro. Esta segunda pregunta es clave para estar asentados sobre la roca, porque en definitiva, el Señor nos hará un único "examen", y será sobre cuánto y cómo hemos amado.

Pero ánimo, cuando Él lo empape todo, toda nuestra existencia, entonces ya no habrá fiebre, ya no habrá sapos y culebras que salen de nuestra boca, ya no habrá barniz cristiano. Cuando Él refresque todas las parcelas de nuestra existencia, entonces, y solo entonces, podremos amar al que tenemos al lado.