martes, 3 de enero de 2017

Jeanny o la paz del corazón


Jeanny está llena de vitalidad. Transmite alegría. Es feliz hasta decir basta. Con Jeanny me ha pasado que primero he recibido su testimonio por escrito, y bastantes meses más tarde, la he llegado a conocer en persona. Es arrolladora. El Señor la ha tenido que pulir, y mucho, para sacar de esta piedra preciosa un diamante único, espectacular. La he conocido durante un Retiro de oración para jóvenes en Navacerrada (Madrid). Ella y a su marido José llevan algo más de un año casados y tienen un precioso bebé de 5 meses. 
Se casaron sin tener trabajo ninguno de los dos, confiados en que casarse era la voluntad de su Padre Dios, y enseguida Jeanny se quedó embarazada. Aquello les desconcertó un poco, pero como dice Jeanny, “el bebé viene con un pan debajo del brazo. Empezamos a trabajar los dos el mismo día, el 18 de enero de 2016, y el Señor lo hizo así para que comprendiéramos que nuestra vida la lleva Él; era como si nos dijese: no os inquietéis, Yo soy, estoy aquí con vosotros”. "Nuestro hijo se llama Abrahám y será sacerdote", comenta Jeanny plenamente convencida de que el Señor les concederá esta gracia. 



Me llamo Jeanny




Solo necesitaba paz…Paz y tranquilidad.

Mi infancia y mi adolescencia fueron difíciles debido a problemas familiares, soy hija única con lo cual sufría en soledad todos los conflictos entre mis padres. Dichos conflictos ocurrían desde que tenía uso de razón, en mis recuerdos tantos, que pareciera sucedieran todos los días…

Esto marcó profundamente mi sensibilidad y mi carácter.


En mi adolescencia me rebelé contra mis padres y contra el mundo. Pasaba mucho tiempo en la calle, consumía drogas y las vendía, frecuentaba malas compañías, tenía un carácter agresivo, ni estudiaba ni trabajaba y buscaba en el fondo el amor a través de tantas relaciones con chicos. En mi búsqueda del “amor”, y lo digo entre comillas porque realmente ni yo sabía lo que era amar, tuve varias relaciones duraderas con las que comencé a cambiar mis malas costumbres, pero mi corazón seguía herido y con mucho rechazo; y mi carácter todavía rebelde y brusco. Era soberbia y vanidosa, manipuladora y líder, llena de miedos y complejos, toda yo era un caos y un torbellino.


En esta etapa se separaron mis padres, para mí todo fue muy violento y doloroso. Me quedé con mi madre, y a los dos años, cuando por primera vez había paz en mi casa, brotó en mí ansiedad y depresión, que sufrí durante 12 años hasta su definitiva desaparición. Nadie supo de ella, la sufrí en silencio, ya que si hablaba de ella, ésta crecía.


Durante mi última relación de pareja estable -con esta ansiedad y todo lo que acarreaba- tuve una crisis de lumbalgia y ciática -tengo problemas de columna- que me tuvo en cama y en casa durante un año. Yo, que era tan vanidosa y me encantaba el deporte me vi inhabilitada entre cuatro paredes, durante casi todo el día sola. Mi pareja trabajaba y mi madre también. No solo sufría físicamente sino también interiormente, pero gracias a ésto se salvó mi alma…

Esta crisis fue mi salvación y de lo que se valió el Señor para llegar a mí. Yo siempre creí en Dios aunque no practicaba ni sabía nada de Él. De pequeña algunas veces me habían llevado mis padres los domingos a misa, y mi abuela me enseñó a rezar el Padre nuestro. Esto era todo lo que sabía de Dios.

LA DIVINA MISERICORDIA. Cuando casi había transcurrido un año de enfermedad, encontré por mi casa un folleto de la Divina Misericordia que había dejado mi madre. Lo leí una sola vez y aquellas palabras me impactaron, resonaron en mi corazón y lo creí realmente.

Comencé a rezar cada día a las tres de la tarde la Coronilla de la Divina Misericordia, pensando que si hacía eso me curaría. Después comencé a ir a misa cada día, también pensando que ello me curaría. Un poco después empecé con el rosario y ya por último me confesé -no lo hacía desde la comunión-. Yo hacia todo eso porque pensaba que con todo aquello me curaría, pero mi estado iba empeorando hasta el punto de que comenzaron a hacerme infiltraciones en el cráneo para desbloquear la musculatura cervical.

Al día siguiente de las infiltraciones me vi en cama apenas sin poderme mover; abatida porque el tratamiento no hacía efecto, harta de ver a distintos médicos y probar muchas terapias, me desahogué como nunca con Dios, y le reclamé. Al siguiente día la crisis desapareció, cancelé las futuras citas que tenía con el médico y todo terminó. Aquello terminó y había comenzado sin darme cuenta mi conversión.


EL AMOR VERDADERO EXISTE. Una vez comenzada esa conversión más profunda, me di cuenta de que no sólo vivía en pecado con mi novio, sino que además él no era el que Dios tenía preparado para mí, así que lo dejé y me involucré más en la Iglesia. Al poco tiempo mi director espiritual “me presentó” a Louis y Celia Martín. Para mí su historia fue un flechazo, de repente contemplé que el amor verdadero era posible . Yo, que estaba desencantada por todo lo que había visto y vivido hasta entonces, volví a creer en el amor en un instante, ellos me devolvieron la esperanza; no solo lo creí, sino que desde entonces nació en mi corazón el deseo de tener un matrimonio santo. Desde aquel día comencé a rezar por mi futuro marido, también a guardarme para él y serle fiel. Yo sabía que cuando él llegara, Jesús me lo haría saber en mi corazón como hizo con Celia. Y así comenzaron los cuatro años y medio de oración por mi futuro marido. Durante ese tiempo ofrecía cada rosario, misa, comunión diaria, ayunos, adoraciones, vigilias de oración… y cada bendición que recibía la ofrecía para él. A todo el mundo le pedía su intercesión por mi futuro marido, y todo esto lo hacía convencida de su eficacia. Cada día pensaba en él y pedía al Señor y a la Virgen que me lo regalaran cuanto antes. Durante ese tiempo hubo muchas subidas y bajadas, estaba ansiosa por que llegara, el tiempo se me hacía eterno.


Esa búsqueda errónea del amor en los hombres, fruto de mis carencias, sólo me había llevado al precipicio interior. Estaba equivocada en mi búsqueda, y eso Dios lo sabía, sólo El podía sanar y llenar ese vacío, y hasta entonces debía estar sola. Fue durante esos largos años donde El fue sanando mi corazón de heridas y rencores a través de su Palabra, de sacerdotes que me instruyeron, y de retiros. Empecé a comprender que Dios tenía que ser el CENTRO de mi vida para ser feliz, feliz desde el fondo de mi corazón. Comencé a tener paz en el alma, algo que llevaba buscando tanto tiempo… eran tantos años de tormento interior, recuerdos dolorosos, traumas, depresión, ansiedad…

Sin tener a Jesús en el centro de mi vida, sin tener felicidad interior ni paz, difícilmente podía aspirar a un matrimonio santo.


SU VOLUNTAD. Así, poco a poco, fui poniendo cada cosa en su sitio en el caos de mi vida y de mi corazón. Puedo decir que Jesús fue muy delicado en su “curación” e instrucción de la niña de sus ojos, así me considero. En esos difíciles años de transformación Jesús me enamoró con sus dulces consuelos, sus infinitas señales de amor y signos de su presencia en mi vida. Guiaba mis pasos claramente y yo me dejaba llevar.

Toda mi vida tomó un rumbo diferente el día que fui al festival de jóvenes de Medugorje. Allí conocí al que sería mi futuro esposo Jose Francisco y a mi amiga Patricia. Desde que nos conocimos Jose y yo surgió una relación muy especial, una conexión de almas más allá de la atracción física. Yo no daba crédito a lo que sucedía en mi interior puesto que todavía no había logrado progresar en mi superficialidad con los chicos. No me fijaba en su exterior, sino que me comencé a enamorar de su alma y esto me tenía desconcertada…

A pesar de la profunda relación que forjábamos durante la peregrinación, no había un avance sustancial puesto que él tenía pareja. Ella no estaba en la peregrinación ya que no era creyente y esto era algo que siempre impidió a Jose un avance con ella. También conocí a Patri, otra persona muy importante en mi vida. Con ella también hubo mucha conexión desde el principio y con ella fue con la que surgió más adelante la idea de entregar parte de nuestra vida para evangelizar a los jóvenes.

Volvimos a casa después del festival y finalmente no llegó a cuajar nada entre Jose y yo. Eso supuso un terrible golpe para mí. Yo iba convencida de que la Virgen allí me lo regalaría, había pedido durante meses ese regalo cada día. Eso sumado a la gran conexión que tuvimos me hizo sufrir una profunda tristeza y desesperanza… Todo ese sufrimiento me hizo refugiarme aún más en Jesús y María, hasta que un día sentí que me pedía mi voluntad a través del diario de Sor Faustina, y así lo hice… Seguía caminando donde sentía que Jesús me llamaba.

Me sentí realmente liberada del dolor y de mis ataduras. Llegó el momento en mi vida en el que tenía claro que Dios era lo más importante y que sólo a Él quería servir. Había interiorizado que solo su Voluntad me haría feliz. Tanto fue así, que el tema del marido pasó a un segundo plano en mi corazón y me involucré en un proyecto con mi amiga Patricia para evangelizar jóvenes, llamada que sentimos durante un viaje a Roma al que fuimos invitadas por unas monjas el mismo día que regalé mi voluntad al Señor.

En este proyecto pusimos mucho esfuerzo, nos costó un año de carrera a mi amiga y el trabajo a mí, estábamos dispuestas a todo… pero Dios tenía otros planes nuevamente para mí. El proyecto no llego finalmente a ningún puerto y la Iglesia nos cerró algunas puertas. Esto provocó nuevamente turbación en mi corazón, no comprendía… Ni me dio el marido, ni me permitió entregarme a la evangelización, estaba desolada…

Pero Jesús tenía TODO lo que anhelaba mi corazón preparado para mí.

Pocos meses después, en la semana de la Misericordia, me reencontré con Jose y comenzamos nuestra relación, nunca nos olvidamos y nos tuvimos presente en el corazón. Hoy en día llevamos 6 meses de noviazgo y estamos felizmente recién casados. Punto al que nos ha costado llegar tras algún que otro dolor de cabeza y sufrimiento debido a las múltiples oposiciones que tuvimos al matrimonio. Pero sabemos que Jesús y María nos han impulsado a dar este paso para nuestra misión y que estos obstáculos no han hecho más que fortalecer nuestro amor.

Hoy veo el tapiz de mi vida del derecho y me admiro de la belleza, meticulosidad y perfección de los planes de Dios; durante años yo solo fui capaz de ver el reverso del tapiz: multitud de nudos, hilos cruzados, diferentes colores, un sin sentido, una maraña… Pero la REALIDAD era otra bien distinta, muy distinta. Si confiamos en Dios nos daremos cuenta de que TODO en nuestras vidas esta orquestado meticulosamente con un fin, para una misión, donde ninguno de los sucesos y sufrimientos son en balde, donde TODO tiene un sentido; y si sabemos confiar en ello y no decaemos saldremos triunfantes.

Hoy no he perdido las ganas de evangelizar a los jóvenes, pero ahora a través de mi matrimonio y en conjunto con él. Solo quiero hacerles saber que no hay nada perdido, que el sufrimiento y el dolor no son eternos, que podemos ser felices, pero no superficialmente, sino desde el fondo de nuestro corazón y sin que nada lo subordine; y lo más importante, existe el amor verdadero, la santidad en el matrimonio, que no es ni más ni menos que vivir con Jesús en el centro de la pareja. Que sepan que quien confía en Jesús lo tiene TODO ganado y que nunca hay que perder la esperanza.

(Testimonio de Jeanny Sánchez. Jeanny y su marido fueron recibidos en una Audiencia privada durante su viaje de novios por el Papa Francisco,  y Jeanny leyó al Papa su testimonio. Él les dio su bendición apostólica). Este testimonio forma parte de un libro en gestación, que si Dios quiere llevará por título La perla escondida.

Victoria Luque.