martes, 23 de agosto de 2011

Lluvia de bendiciones

Acabo de despedir a Patri (Patricia) y a Julia, dos ecuatorianas que han venido a la JMJ y a las que hemos acogido en casa durante dos días (anteriormente han estado durmiendo en un colegio de Móstoles). La verdad es que ha sido una experiencia estupenda. Y nos ha sabido a poco. Inés (ocho años) anoche, me decía: "mamá, por qué no se quedan más, una semana, o dos... o todo lo que quieran. Por qué Patri
 no es mi prima, o mi hermana... Es que las he cogido cariño, no quiero que se vayan". Y entraba en la habitación donde ellas duermen, y las abrazaba.

La hospitalidad ha sido siempre una prioridad para el pueblo hebreo, y por algo será. El que abre sus puertas al extranjero o al peregrino, recibe una lluvia de bendiciones. ¿Por qué. Porque se le esponja el corazón. Porque sale de sí mismo, y piensa en el otro.

Me acordaba del pasaje bíblico de la viuda aquella que ofreció al profeta lo único que tenía (un poco de aceite, y de harina) y pensó, "después moriremos, mi hijo y yo"). Y cómo no sólo no murieron, sino que por haber puesto a disposición de aquel enviado de Dios, todo lo que tenían, a partir de entonces su alcuza estuvo siempre rebosante.
Al Señor no le gana nadie en generosidad.

Me ha asombrado la disposición con que Teresa (doce años) se metía en la cocina, a mi lado, para ayudarme a hacer la cena, cómo se entusiasmaba pensando en hacerles una tortilla de patatas, o un gazpacho, o un pollo al horno... todo lo que las pudiera sorprender, agradar.
Cómo las pequeñas han puesto la mesa... cómo se han acostado a su hora, sin gritos, sin protestas, "para que Patri y Julia descansen".

Rocío y Nazareth les dejaron su dormitorio, y se trasladaron al sofa-cama del salón sin una queja...
 (y esto, de por sí, ya es un milagro, porque parece que la adolescencia lleva implícita la rebeldía y la protesta). Ayer se fueron con ellas de compras, y les enseñaron las tiendas de ropa que conocen ("ahora está todo superbarato, te puedes comprar una camiseta por dos euros", les decían). Volvieron con un bolso, una camiseta y cantidad ingente de baratijas, tipo pulseras, collares, etc, etc, todo, por doce euros. Lo pusieron  sobre la mesa de la cocina, y me lo fueron enseñando, uno a uno.
Lo gozaron, como dicen por allí.

 Y hay una cosa que me ha llamado poderosamente la atención: tenían siempre dispuesta la sonrisa. Y los besos. Cada vez que entraban o salían de casa, te plantaban dos besos. Esto lo hemos perdido en España, esta capacidad de ternura, de agradecimiento, de acogida. Este hacer que el otro se sienta querido es algo que nos cuesta, por lo menos a mí.

Postdata: Tengo pendiente subir alguna foto de estos días. Me las tienen que enviar desde Ecuador, porque
las que yo he hecho, han salido turbias. (Soy un desastre con la cámara en la mano).