martes, 20 de septiembre de 2011

A la niña de mis ojos


Desde hace un par de días vengo dandole vueltas en la cabeza a algo que seguramente es fruto del amor que Dios nos tiene a ti y a mí.

No sé si tienes la certeza patente, real, de lo mucho que te quiero. Yo soy poco afectuosa, lo reconozco, y bastante dada al juicio (y condena) como lo has
podido comprobar en tu propia piel. Últimamente ademas, he dejado a un lado
la prudencia, y me veo como un elefante en una cacharrería; dándome de bruces con todo, sin una idea clara de adónde quiero llegar, sin una luz al fondo de la estancia. Instalada en la necedad, soy una insensata que no pone trabas a su lengua descontrolada. Y así nos va. Esto nos hace mucho daño, lo sé. A ti y a mí. Porque tú tampoco te reprimes.

Pues en medio de toda esta situación tensa, caótica, el Señor me está dando un poco de su luz, de esa que me falta. Y ahora veo que estos choques continuos,

desmedidos, sin tregua, son una oportunidad única, grandiosa, para amarte. Para amarnos. Porque yo, que era la perfección absoluta, que quería construir mi familia ideal, maravillosa, santa, en perfecta comunión... soy incapaz de conducirme con serenidad.

Toda está incomprensión acumulada me muestra lo pobre que soy, lo débil de mi naturaleza; a fin de cuentas,  el Señor está descubriendo el barro de mi existencia. Sólo Dios, padre tuyo y mío, puede sacar de todo esto algo bueno, nuevo, santo.

Eres mi oportunidad, la oportunidad que me da mi Padre para amar. Y tu eres preciosa a Sus ojos, y a los míos.

Tienes un corazón grande, eres como el árbol aquel, al lado del rio, en el que se cobijan las criaturillas del campo; esa eres tú, incapaz de negarle a nadie el amor que Dios les tiene. Y esto es una perla preciosa, aunque envuelta, a veces, en el lodo del camino. Ojalá podamos las dos buscarnos, encontrarnos, perdonarnos, y lavarnos en ese agua que nos da, a las dos, la vida.

Ánimo. Que el Señor está haciendo una historia  aún desconocida, con nosotras, con nuestra familia. Que lo que vemos ahora son los nudos, los tropezones de una alfombra vista del revés. Habrá que darle la vuelta dentro de unos años, para ver la maravilla del dibujo, la intensidad de los colores, lo perfecto de la trama... el Señor también se vale del sufrimiento, del dolor, y de los errores, para desplegar su obra. Sólo necesitamos abajar la cabeza (un pelín de humildad), paciencia, y de su Espíritu santo.