martes, 31 de julio de 2012

En tierra de nadie


Por qué tengo miedo, si nada hay imposible para Ti. Por qué tengo miedo… si nada hay imposible para Ti. Nada hay imposible para ti. Nada hay imposible para ti. Llevo tarareando estos versos toda la mañana. ¿Por qué? Porque veo que algo falla, que algo no va bien, que yo personalmente, y José Manuel conmigo, no acabamos de creernos que hemos encontrado la piedra preciosa. Y que todo lo demás es basura.

Nos falta la gracia. Nos falta Espíritu Santo. Y eso no se puede comprar, no hay ningún sitio donde puedas pedir “cuarto y mitad de Espíritu Santo”. Eso el Señor te lo da gratis, cuando Él quiere y en la medida en que Él quiera. Y sin Espíritu, imposible amar. Imposible entregarse, donarse. Imposible ser feliz. Entonces… qué hacer. Pues sencillamente, pedirlo con humildad. Pedir su santo Espíritu, a quien da la Vida con mayúsculas.

Una vez visto el mal, sólo queda buscar el remedio. Yo sé que algo no va bien, y que de alguna manera se nos están yendo, sin tocarnos si quiera, tantos dones que el Señor tiene reservados para nosotros. Veo que en mi casa no hay alegría, sí hay bullicio, pero falta la esperanza. Ese gozo interior que lo transforma todo. Ahora empiezo a comprender la palabra del Sembrador. Para mí que la Palabra del Señor se nos ha quedado entre las zarzas, o agostada y sin agua en medio de las piedras.  A veces me escandalizo de cómo somos. En esto Satanás también hace su obra, pone delante de mí el desastre de familia que somos, lo poco que nos queremos, lo poco que nos respetamos, los gritos, los insultos, la falta de misericordia… en definitiva, egoístas de tomo y lomo. Soberbios, a más no poder. Indolentes, caprichosos, insensatos. ¿Esto es una familia cristiana? Evidentemente, no. El escándalo que podemos provocar en quienes nos ven…

Esto está mal. Pero, nada hay imposible para Ti.  Que lo sepa el embaucador. Nada hay imposible para mi Señor. Él lo puede hacer, si yo le dejo. Porque lo ha hecho muchas veces en mi vida, ha transformado el infierno en cielo. Ha colocado de nuevo la esperanza en medio de mi casa. Hemos podido pedirnos perdón, hemos podido rezar juntos, hemos podido dar Gracias y bendecir. Donde hubo maldición, habrá bendición. Se lo digo al embaucador y al mentiroso, para que vaya a enredar a otra parte.
Sé que nos ha enredado a José Manuel y a mí misma con el tema de la casa, una casa más grande, dinero para llegar a fin de mes, dinero, dinero, que no tengamos problemas económicos, vacaciones… donde esté tu tesoro, ahí está tu corazón. Y mi tesoro está, o mejor estaba, en estas cosas. No, ya me he dado cuenta. Sé, porque lo he experimentado, que Tú provees incansablemente, que nos cuidas con verdadero amor de Padre, que yo soy tu Hija aunque muchas veces no lo parezca o reniegue con mi boca o con mi corazón, de Ti.

Señor, céntranos a José Manuel y a mí. Danos de tu Espíritu Santo. Danos a degustar tu Amor. Que podamos descansar en Ti. Que nuestra tierra sea fecunda. Que tu Palabra caiga en buena tierra, que podamos acogerla, hazla tú fructificar. Que nos creamos que Tú estás vivo y resucitado y tienes poder para cambiar nuestra vida. Danos de tu agua, de ese agua de tu Espíritu, que podamos soltar las amarras del barco, que dejemos de estar con un pie en tierra y con otro en el mar, porque así, ya lo sé (como dice una amiga mía, a la que estoy empezando a querer especialmente) te “escoñas” ( y perdón por la expresión). Así, nos partimos en dos y no estamos ni con el mundo ni con Dios. En tierra de nadie.