lunes, 1 de abril de 2013

"La verdadera libertad está en el corazón", dice la Hna. Mª Celeste, con 25 años, monja de clausura

La Hna Mª Celeste Gragera, Oblata de Cristo Sacerdote, tiene 25 años, es profesa temporal desde hace unos meses, y, exultante, se presta a hablar con nosotros sobre su opción por Cristo a través de la clausura



¿Por qué estás aquí, en este monasterio de Toledo? Hace relativamente poco ha tenido mucho éxito un libro (Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, Edit. Libros Libres) que habla sobre la experiencia de distintas jóvenes que deciden ingresar en la clausura. La vida en clausura no es una broma, ¿cuál es la perla preciosa que has encontrado por la que merece la pena dejarlo ”todo”?

Muchos piensan que me entrego a un ideal, o simplemente a una forma de vida. Y yo les digo que no; no me entrego a ningún ideal sino a una Realidad, a una Persona que es Jesucristo. Él ha sido la perla preciosa por la cual lo he dejado todo, y ese todo me parece nada, cuando le conocí a Él.

Supongo que para tomar la decisión de renunciar a tu propia libertad física, ha de haber una experiencia muy fuerte de encuentro con  Jesucristo, ¿podrías dar unas pinceladas de cómo ha sido esta llamada del Señor?

Recorrí un camino de conversión creciente hasta que el Señor me llamó a esta vocación, donde aprendí que la verdadera libertad está en el corazón. Aunque participaba mucho en la parroquia no era una chica muy piadosa, llevaba una vida un poco paralela, hasta que llegó un punto en que empecé a cuestionarme qué sentido tenía ser cristiana. El momento crítico fue cuando salí con un chico que era agnóstico; mi fe comenzó a tambalearse. Dios me empujaba a tomar una decisión, y lo elegí a Él.

¿Hasta entonces te habías planteado alguna vez ser religiosa y de clausura?

No, nunca, ni siquiera se me pasó por la mente. De hecho cuando dejé a este chico, aconteció mi primer encuentro con el Señor. A Él le pedí con mucho fervor, que me diera un esposo para siempre; en ese momento sentí que Él me miraba como el Padre de la parábola del Hijo pródigo, como si nunca le hubiese ofendido. Volvía a la casa del Padre, después de haber estado algunos años de mi juventud, tibia y mundana. Y es como sí Él me dijese en el fondo de mi conciencia: ¿”un esposo para la vida de la tierra, o para siempre”? Y enseguida terminé mi petición: Para siempre, para siempre... Meses más tarde comprendería, que el único esposo que duraba para siempre era Jesucristo. Que era Él mismo quién me habla dado la gracia de desear ser su esposa, de pedir dicha gracia y de dármela.
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Entonces ¿Se cumple en ti aquella afirmación de Benedicto XVI, “Dios no quita nada y lo da todo?

Así es, no me quitó los deseos que tenia de casarme y tener hijos, sino que Él todo lo llevó a plenitud. Me dio como hijos a toda la humanidad y a Jesucristo como único y eterno Esposo. Al igual que mis deseos de ayudar a las personas. En un principio quería estudiar medicina, más tardé me decanté por psicología. Y cuando me encontré con Jesús, Él me enseñó más aún: sanar las enfermedades del alma (Dios quita el mal del pecado), que es la raíz de todos los males.

¿Podrías explicarme cómo se concibe la maternidad espiritual en la clausura?
En la vida de oración continua, y uniendo nuestros sacrificios a la cruz del Señor, Él se sirve de ello para dar vida a las almas-hijas que nos ha dado. Es pensar que ese trabajo o esa oración que haces, es un canal donde se derrama la gracia para quien lo esté necesitando. Como nuestro fin es sobrenatural nuestros medios son también sobrenaturales.

¿Veis de alguna manera los frutos de vuestra oración?

Alguna vez, sí. Pero la mayoría de las veces no, porque la oración puede llegar hasta los confines más insospechados que sólo Dios ve y sólo en la eternidad lo sabremos.

¿Tiene la oración poder para cambiar el corazón de los hombres y, en su caso, la voluntad de Dios?

Sí; salvaguardando siempre su libertad, y teniendo en cuenta que la voluntad de Dios en un sentido amplio es inalterable. Dios siempre escucha la oración de intercesión por nuestros hermanos, cuando se hace con fe y perseverancia, aunque no siempre se realiza cuando nosotros queremos, sino como decía la Madre Maravillas de Jesús: “Cuando Dios quiera, como Dios quiera y donde Dios quiera”.

Siempre me ha llamado la atención la alegría que tienen las monjas de clausura. ¿Estamos “los de fuera” equivocados? ¿Quizás buscamos la felicidad donde no está?

Cuando una persona está llena de Dios, es imposible no irradiar esta alegría y amor a los demás. Descubrí que Dios había puesto en mi corazón y en el de todas las personas, unas ansias infinitas de felicidad, que las cosas finitas, transitorias, no la podían saciar. Recuerdo cuando encontré esta felicidad, y fue cuando Él me dio la Fe en la Eucaristía. Cuando descubrí que allí estaba Jesús vivo en Cuerpo y Alma, mi vida comenzó a cambiar por completo. Esa sed que tenía de su amor y de estar con Él, descubrí que, en el fondo, era la sed que Él tenia de mi amor; exactamente igual que en el encuentro de Jesús con la samaritana. “Si conocieras quién es el que te pide de beber, tú le pedirías o Él y Él te daría agua Viva” o aquella preciosa afirmación de san Agustín: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que no descanse en Ti”.

Vosotras oráis especialmente por los sacerdotes y seminaristas, ¿cuándo comenzaste a tomar conciencia de orar por los sacerdotes? ¿Veías que los de fuera eran conscientes también de ello?

A través de unas circunstancias negativas: por ejemplo, viví de cerca que un sacerdote amigo dejara el sacerdocio, veía la importancia de su misión y por tanto la necesidad de rezar por ellos. Algunas veces me iba a quejar al Señor y se me iluminaban estos pensamientos que me daban mucha paz: ¿has orado por él? ¿te has sacrificado por él? Hay poca conciencia de orar por los sacerdotes todavía; si hubiese más fe, se rezaría más para que ellos tuviesen las gracias que necesitan, pues como dice Nuestro Señor: hay demonios que sólo se van con la oración y el ayuno.

¿Cómo es un día en la clausura? ¿Tenéis tanto tiempo libre como algunos piensan?

Todo nuestro día gira alrededor de la Liturgia de las Horas, que va santificando el día: rezando con los mismos salmos que Jesús rezó. Se entremezclan en el horario los trabajos manuales, sencillos, caseros, como la vida de Jesús en Nazaret, lo cual nos facilita el silencio y la soledad. Dejando que Él vuelva a entregarse en nosotras, orando con nuestro corazón y trabajando con nuestras manos. El tiempo es oro para nosotras, como optamos por una vida de pobreza, lo aprovechamos al máximo para trabajar, para rezar y estudiar.



“Descubrí que Dios había puesto en mi corazón y en el de todas las personas un ansia infinita de felicidad, que las cosas finitas, transitorias, no la podían saciar. Encontré esta felicidad cuando Él me dio la fe en la Eucaristía”





¿Han llegado las nuevas tecnologías a los conventos de clausura? ¿De qué manera mantenéis lazos con el mundo, sin estar en él? ¿Cómo concebís el uso de las tecnologías?

Por estar en clausura no despreciamos las nuevas tecnologías; las consideramos un don de Dios, siempre y cuando se usen moderadamente y para fines buenos. Usamos de ellas sólo en la medida de la necesidad, para poder tener la vida de oración constante y de silencio. Nuestro contacto con el mundo lo tenemos por medio de las visitas familiares, correspondencia, a través de personas allegadas que nos piden oraciones. Leemos algún artículo de algún periódico católico.

Muchos, desde fuera, ven esta vida vuestra como “ineficaz” apartada del mundo, con falta de implicación en la vida cotidiana de la gente, que sufre y padece tantas neces
idades. ¿Esto es así? ¿Os replegáis porque el mundo os asusta?

No, más bien al contrario, Recuerdo que nadie se imaginó que yo fuera a optar por la vida de clausura porque era una de las personas más activas de la parroquia. Descubrí que sólo la vida contemplativa colmaba mis grandes deseos de ayudar, porque con el poder de la oración llegas mucho más allá de nuestra limitada naturaleza. Quien ve esta vida como ineficaz es porque le falta fe y porque piensa que todo se puede con esfuerzo humano; pero sin la gracia nada podemos: ”Sin Mí no podéis hacer nada».

Vamos a celebrar en mayo la Jornada pro Orantibus, en la que se toma conciencia de la importancia de que haya cristianos dedicados a la oración. ¿Qué sería de la Iglesia activa si no contara paralelamente con una Iglesia contemplativa?

Sería como un cuerpo sin corazón. De hecho, las personas que se dedican al apostolado, tienen que tener su parte de vida contemplativa, si no resultaría ineficaz, y podría convertirse en una simple ONG. Ahí tenemos el ejemplo de Madre Teresa de Calcuta, la cual pasaba horas enteras en oración antes de salir a atender a los moribundos de las calles. Cuando yo vivía fuera, muchas veces pensaba en esto: “¿Cómo voy a dar a Dios que es Amor, si no estoy llena de Él? Sólo en la oración y en los sacramentos nos llenamos de Él, para después darlo.



“Hay poca conciencia de orar por los sacerdotes todavía; si hubiese más fe, se rezaría más para que ellos tuviesen las gracias que necesitan; como dice Nuestro Señor, hay demonios que sólo se van con la oración y el ayuno”

Entrevista publicada en Cooperador Paulino-España. Abril 2013