jueves, 11 de abril de 2013

¿Quién eres tú? ¿Para qué vives? ¿Cuál es el sentido de tu vida? ¿Eres feliz?


Acabo de leer un artículo en el que se habla de la evangelización que durante los cinco domingos de Pascua se va a realizar en muchas plazas de España (y del resto del mundo) por parte del Camino Neocatecumenal. Vaya por delante que mi familia y yo vivimos la fe desde este andamio de la Iglesia, que es el Camino. Es un andamio, porque hay otras muchas realidades, movimientos y grupos eclesiales completamente válidos para encontrarte con el Señor. Pero nosotros estamos ahí. Y para mí, mi marido y mis hijos, este andamio ha sido una bendición.
Pues como digo, leyendo este artículo, he visto que el próximo domingo 14 de abril hablaremos -o hablarán quienes Dios quiera- sobre el sentido de la vida. Y las preguntas que se abordarán son : ¿Quién eres tú? ¿Para qué vives? ¿Cuál es el sentido de tu vida ? y ¿Eres  feliz?

Pensando en todo esto, quiero responder a estas preguntas por si a alguien le puede ayudar, y también para ayudarme a mí misma, pues muchas veces se me olvida de dónde me ha sacado el Señor, cómo vivía yo antes de reencontrarme con la Iglesia... y también, ¡por si tengo que hablar! No vaya a ser que en casa de herrero, cuchillo de palo. Y me encuentre ahí, delante de la gente, sin poder coordinar un par de ideas (por los nervios más que nada).
Así que me pongo a ello, y respondo:

-¿Quién soy yo? 

-Hoy, puedo decir, que soy o quiero ser hija de mi Padre Dios. Heredera del cielo.
 Pero tengo que remontarme dieciséis años atrás para ver quién era yo antes de que el Señor me tocara. Y para ello, decir que recibí la fe de mis padres, que viví una infancia sin sobresaltos, y que desde pequeña tenia una inquietud, que no sabría bien definir, por amar y sentirme amada -también de Dios-.
 Pero pasan los años y ya en tercero de bachillerato (lo siento, vengo de la EGB), empiezo a dar tumbos en la fe. En COU me mantengo como puedo pero ya en primero de carrera aquello fue la debacle. Primero y segundo de carrera arrasaron mi fe. Los profesores, el ambiente de la facultad, el no tener apoyos firmes... ni testigos creíbles -mis padres, en ese tiempo, no me valían- provocaron el desastre. Decidí hacerme atea. Vivir pensando que esta vida era lo único que tenía. Quería estar en la "verdad" aunque eso me supusiera sufrimiento. Sin embargo, tenía tal cacao mental que también me atraian las religiones orientales, por aquello de la interioridad, la espiritualidad...tampoco hacía ascos al marxismo, eso de la justicia social, el reparto de las riquezas... me empezó a gustar un chico comunista. Veía a la Iglesia como una antigualla, carca, anclada en el pasado.

Y así viví aproximadamente dos años. Los dos años peores de mi vida. Sí, es verdad que se puede vivir sin fe, sin buscar a Dios, sin sentir su presencia, anclada en los acontecimientos cotidianos sin mirar más allá... Pero qué triste y que sola es la vida sin Dios. No se la deseo a nadie. Ahora veo que entonces estaba muerta, era una muerta andante. Vivía para estudiar. A eso dediqué todas mis fuerzas, quizás buscando el reconocimiento de los demás. Pero fue un tiempo de soledad tremenda. Gracias a Dios el Señor me preservó, porque a agua pasada, he visto que pude haberme metido en algún lío, de imprevisibles consecuencias.

-¿Para qué vives?

-Actualmente, vivo para darme a mi marido y a mis hijos. Pero por encima de esto, vivo para dar gloria a Dios a través de las cosas que me pasan cada día. El Señor lo hace todo bien, incluso aquello que me parece que es un sufrimiento para mí, con el tiempo, en perspectiva, he visto que la cruz ha sido buena para mí. Que Él ha estado conmigo en ese sufrimiento, en eso que no entendía...  Porque el Señor no deja a sus hijos. ¡Nos quiere tanto!. Nos lleva grabados en sus manos, somos la niña de sus ojos.

Qué mayor amor el suyo que habernos entregado a Jesucristo para que tengamos Vida, y vida de la buena, de la de verdad. Hoy vivo para amar y ser amada.

En ese otro tiempo del que he hablado antes, vivía para estudiar, para estudiar, y para estudiar. Llegué a estudiar 14 horas diarias. La vida no me daba nada, así que me focalizaba en los estudios. Casi no tenía amigas, no tenía novio -gracias a Dios, porque hubiera sido dramático, dada mi forma "nueva" de entender la vida-. Como ya he dicho, no vivía, sobrevivía.

-¿Cuál es el sentido de tu vida?

-El sentido de mi vida es hacer la voluntad de mi Padre Dios. He descubierto que entregándome al otro ( al que tengo al lado: a mi marido, a mis hijos, a los compañeros de trabajo, a la persona con la que hablo por la calle, en definitiva, al que me necesita) soy feliz.

Dice Cristo: "Quien busca encuentra, y a quien llama se le abre", yo busqué, busqué... y encontré. Me acuerdo que en ese tiempo de crisis de fe, iba a la iglesia y me quedaba sentada atrás, en el último banco, en la última fila, y ahí podía pasarme horas, viendo cómo la gente entraba y salía de las misas. Estaba tan necesitada de un sentido a mi vida, que no sé porqué hacía esto, aunque estando así, aún pensaba en que toda aquella gente era una pobre gente, que se postraba ante un sagrario vacío... Así estaba yo. Perdida. Pero el Señor no me dejó ahí. Me sacó de ahí.

 Y ese primer encuentro con el Señor de la Vida vino a través de mi madre, que me obligó -literalmente- a entrar en un grupo de parroquia (Legión de María). Ahí comencé a ver la luz. Después vinieron los Talleres de Oración del padre Larrañaga, que para mí fueron impactantes...

Recuerdo una ocasión en que yendo como invitados a la celebración de una boda, antes de entrar en la iglesia, había allí, en la puerta, una gitana con su hijo pequeño pidiendo dinero... -yo acababa de hacer los talleres del p. Larrañaga y estaba muy sensiblizada con el dolor de la gente-.Me conmovió tanto la situación de la gitana que entramos en los despachos parroquiales a pedir ayuda. El sacerdote que nos atendió me preguntó  de qué conocía a aquella mujer, yo le dije que de nada, que venía a una boda. Y él, sin mediar otras palabras, me espetó:

-¿Tú te has encontrado ya con Jesucristo?

Aquella pregunta me dejó perpleja. Como pude, le respondí:

"No lo sé. Yo creo que a veces sí, y otras no".

Él sentenció:
"Pues si no te has encontrado con Jesucristo, te encontrarás".

Pasados los años, pensando en aquel suceso, he visto cuánta razón tenía aquel sacerdote. El Señor me había llamado, y estaba esperándome a la vuelta de la esquina.

Poco a poco fui conociendo a la verdadera Iglesia, esa de la que muy poca gente habla, pero que es real, y es donde verdaderamente uno encuentra al amor de Dios a través de los hermanos.

Más adelante vino otra crisis, esta no de fe, sino de matrimonio. Y a raíz de esa crisis fue cuando entramos en el Camino. Pero esto puede ser la entrada de otro domingo de pascua.

-¿Eres feliz?

-Sí, rotundamente sí. El Señor me ha regalado una familia grande, preciosa, donde nos queremos -y nos peleamos-. Pero donde se da el perdón. Tengo un marido que no me lo merezco -tiene un aguante a prueba de bomba; bueno, eso es una gracia que le ha dado el Señor, para que me pueda sobrellevar- y unos hijos que son una bendición, del primero al último. Tengo nueve hijos, y esto es otra victoria de Jesucristo sobre mi egoísmo, porque en mis planes no estaba tener una familia tan, tan, numerosa, yo me contentaba con 5 hijos, como mis padres. Pero a Él en generosidad no le gana nadie.

En estos veintiún años de matrimonio he visto que Jesucristo es el que ha sido garante de nuestro amor. Él es el que ha dado la cara por nosotros cuando nosotros ya tirábamos la toalla. Él nos ha sostenido, a través de la Iglesia, y por eso sé que es posible vivir el sacramento del matrimonio, la entrega mutua, a pesar de las dificultades y los problemas... porque Él es fiel, y si te apoyas en Él, compruebas que puedes con todo. Que no te mueres. Que de la muerte -de tu matrimonio- saca Vida. Y vuelves a empezar, más ilusionada que cuando dijiste el Sí, quiero la primera vez. El Señor nos está dando vino nuevo, ese de las bodas de Caná, que aparece después de muchos años de casados. Ese vino. Y es una delicia.

Por último, sólo quiero decir que estoy muy agradecida al Señor, porque ha redimensionado mi vida.